lunes, 10 de mayo de 2010

Ramirez el domador


Hasta el pago de Durazno
cierta vez llegó un jinete,
cuyo soberano flete
era de prendas crisol;
freno, riendas y presillas,
cabezada y estriberas,
con otras galas camperas
eran juguetes del sol.

Tirador chapeado en plata
bajo la blusa lucía
y el fino rebenque hacía
buen juego con su puñal;
poncho de vicuña al brazo
y el ala de su sombrero
como inclinada al pampero,
cuerpiándole al temporal.

Cuentan como una leyenda
que al borde de una laguna
en cierta noche de luna
Mandinga se le ofreció,
y dándole rienda al vicio
jugó cuanto tuvo, en calma,
hasta que jugando su alma
por siempre se condenó.

Sepultado en aquel sitio
Ramirez quedó en el pago
sin recibir el halago
de una flor o de un cantar;
y cuenta la paisanada
que en donde cayó el jinete
se aparece siempre un flete
que los hace santiguar.

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