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sábado, 30 de julio de 2011

Los milagros


Hablar mal de Ufemia en tuito el pago
era entrar en negosios con Mandinga;
porq'eya se vengaba hasiendo un "daño"
qu'era capás di arriar con la familia.

Tenía el rancho ande tuitos acudían
-rancho viejo agachao y medio largo-,
con su sala'e recibo, la cosina,
y la piesa ande hasía los milagros...

No'bía sensia que ya eya juera mucho;
con la ayuda'e Dios y con sus dones,
lo soltaba tranquiando lo más trucho
a cualquier desausiao por los dotores.

¿Acaso no contaba que a Elso Mena,
qu'era manco a l'altura del nudizo,
l'hiso un día creser la mano entera
y hasta tráiba los dedos con aniyos?

¿Y otra vez, cuando dijo don Crisanto
qu'él no cráiba ni en viejas ni en pavadas
no l'echó los espíritus al campo
y le serdiaron tuita la manada?

En demás tenía un hijo; el negro Roque
que heredaba el "poder", sigún desía,
y ronsiaba los ranchos por las noches
pa correr tuito intento'e brujería...

Y aunque algunos lo vieron que a la güelta
tráiba en ancas un bulto medio blanco,
de miedo a las vengansas de la vieja
no quisieron andar averiguando.

Hasta que uno cansao d'echar de menos
güelta a güelta una oveja conosida,
cortó el pasmo al asunto yendo al pueblo
dando cuenta a la mesma polesía.

¡Y cayeron d'espaldas las comadres
cuando oyeron desir al comesario
que'había serda y sien cueros lanares
en el cuarto ande hasía los "milagros".

viernes, 29 de julio de 2011

La luz mala


-Parate, ¿no me ves? ¿qué diantres pasa
que parecés ñandú pa las cuerpiadas?
-Es... sabe, tata... ayí atrás'e las casas...
¡yo vide la luz mala!

-Arrimate, escuchá, y si mi palabra
no tiene el "enchapao" que da la sensia,
lo que te viá brindar es esperensia
qu'he comprao con la plata de mis canas:
El hombre qu'es'e lay, ¡siempre es luz mala!
Arrosinate, m'hijo, a los primeros,
pero a los otros... mesquiná la cara.

Los "sobones" que de noche a la lomada
van con sus perros a buscar quirquinchos
y se tráin un ajeno que de "visio"
se metió'e cabesa entre l'armada...
los que al no trabajar les hace cuenta
ganarse su tabaco a puñaladas...
a ésos sí, m'hijo, dales cara'e güelta.
¡Esas son luces malas!

Los qu'en los balquinasos de la taba
van dejando las latas de la esquila,
y sobr'el mostrador de las "esquinas"
se chupan el dinero'e la "juntada"...
mientras que la mujer, flaca y hambrienta,
va rastriyar un "achura" en la "carniada"...
a ésos sí, m'hijo, dales cara'e güelta.
¡Esos son luces malas!

Que cuando el crioyo odie las jugadas,
no cambée su mujer por la giñebra,
cuando mande sus hijos a l'escuela
pa'que aprendan a ser como Dios manda...
sepa "clavar" la reja del arao
en lugar de la "calsa" de la taba...
entonces, en los campos'e la patria,
¡Ya no habrá luces malas!

viernes, 1 de julio de 2011

El cuento de Aparición

(Pintura: Carlos Montefusco)
Una pava renegrida
de veinte mil calentadas
concentró a la paisanada
en dispués de la comida.
Es que’ra cosa sabida
que’n la rueda del fogón
el girar del cimarrón
entre medio encandilao
daba ese clima buscao
pa’ cuentos de aparición.

El más viejo y más ladino
de los que ayí se amucharon
ni en cuanto se acomodaron
tosió imitando al zorrino,
y frenó al yegar un vino
apurándolo a contar
que tan solo el respirar
del ovejero dormido
era l’único sonido
que se oía n’el lugar.

Con una voz muy rascada
de arena por la garganta
como víbora qu’encanta
enganchó a la paisanada:
“mandinga” en el campo andaba
y una mujer con su crío
por los uncos en el río
iba clamándole a Dios
que los rescate a los dos
de las garras del impío.

Centellas y rejusilos
y causes de inundación
despertaban la emoción
yevando a todos en vilo,
y el Viejo manso y tranquilo
pa’ darle magia a su cuento
hacía un poco de espamento
y las cejas levantaba
como tanteando una taba
o afilando un estrumento.

Montando un tordiyo entero
el tal Clemente Luján
ensartaba a ese Satán
con una lanza de acero,
y en una bolsa de cuero
rejuntó los cuajarones
que sin más contemplaciones
los arrojó n’una hoguera
y todo volvió a lo qu’era
antes d’esas maldiciones…

Sin decir que había’cabao
echó mano n’el bolsiyo
y un pucho de cigarriyo
sacó bastante arrugao,
lo prendió para el costao
y esperó como durmido
que’l último se haya ido
pa’ juntar de abajo‘el taco
un boyito de tabaco
que otro pión había perdido.

miércoles, 8 de junio de 2011

Crease o no


Nuestra gente hace lugar
a numerosas creencias
que ni el tiempo ni las cencias
las pueden desestimar.
Por ejemplo: pa'curar
el reumatismo, es senciyo,
use de cobre un aniyo
o pulsera, si es posible
y es pa'l calambre infalible
un corcho dentro el bolsiyo.

Si el perro en un revolcón
se queda patas pa'arriba,
es una certeza viva
que se vendrá el chaparrón.
En cualesquier ucasión,
si el tero volando grita
anuncia una visita
y el calor ha de apretar
si se la escucha arruyar
temprano a la torcacita.

Tengaló por cosa cierta:
si un visitante molesta,
si irá si se deja puesta
una escoba tras la puerta.
Si durmiendo lo dispierta
de la lechuza el chistido
o el espejo se ha partido,
la disgracia está al caer,
cuidesé, no vaya a ser
qu'estea desprevenido.

Si al escurecer se siente
al chingolito cantando,
tiempo güeno ta'nunciando
pa'la jornada siguiente;
y si escucha de ripente
al gayo en noche cerrada,
comenzará la jornada
con una densa ñeblina,
mire bien ande camina
que no ha de ver cuasi nada.

La yuvia, si está cayendo
con gotones parejitos
y en el piso hace "sapitos",
seguirá nomás yoviendo.
Si una tormenta, viniendo
presagia un triste final,
se evita pronto ese mal
clavando un hacha en el suelo
o si se tiran pa'l cielo
dos o tres puñaos de sal.

Costumbres tradicionales
que son cual legao divino
se arraigan al argentino
como leyes naturales.
En los ámbitos rurales
siempre de moda estarán
y junto al paisano irán
impulsándolo a esperar:
"Hay que crer o riventar",
ansí lo reza el refrán.

martes, 31 de mayo de 2011

El lobizón


Ya van pa'seis meses que gané los montes,
desde aquél mal día que me desgracié...
La pucha que es fiera la vida'e matrero,
lo que se padece, solo yo lo sé.

Si habré pasao'soles, heladas y lluvias,
con las pocas pilchas que de casa alcé...
No tengo tabaco... La yerba que truje,
hace mucho tiempo que la terminé.

Angustias a bochas pa'conseguir carne,
agüaitando siempre la oportunidad,
de hallar un carpincho apartao'del agua,
o bombiar con tiempo un güasuvirá.

La cosa jué ansina: Yo andaba tropiando,
allá por las puntas del Mocoretá,
con unos patrones que arrendaban campos
a los Goichochea, de Puerta Yeruá.

Y saliendo un día, con trescientas reses
compradas al corte, en lo de un inglés,
como a boca'e noche, llegamos a un campo,
que era pastoreo de un tal Juan Cortés.

Rodeamos la tropa... Mudamos caballos;
y encendimos fuego pa'cimarronear...
Y yo con mis chifles, toqué pa'las casas,
a ver si hallaba algo pa'hacer de cenar.

En el medio'el patio, toda la familia,
estaba reunida, agüaitándome...
Si cuando me acuerdo de ésa pobre gente,
siento dentro el pecho, como un no se qué.

Entraron a hablarme... y flor de atenciones
tuvieron conmigo, cuando me abajé...
Colejí enseguida que algo les pasaba,
pero, por supuesto nada pregunté.

Era una señora con tres guricitos;
y el marido, un indio de bastante edad;
que en un catre'e tientos, parecía tullido,
vaya uno a saberlo de qué enfermedád.

Un medio borrego iba acomodando
sobre el cirigote, pa'marcharme ya...
Cuando la patrona, que andaba atrás mío,
comenzó a decirme, con gran ansiedad...

"Fíjese paisano lo que nos sucede...
ésto ya no es vida, a mi modo'e ver...
pasan aquí cosas tan demás tremendas;
que yo le aseguro, no sé lo que hacer...

De un tiempo a ésta parte, toditas las noches,
un lobizón suele llegar hasta acá...
Le pido paisano... no nos deje solos...
ésta noche es viernes... y aparecerá".

Qué quiere que hiciera... No pude negarme;
y en mi china vieja, al tiempo pensé...
Y ni bien llegaba mi cuarto de ronda,
de nuevo en el rancho me les presenté.

En el medio el patio, bajo un espinillo,
tendí unas pilchas para descansar...
Ni bien me dormía; y en un redepente,
sentí que los perros, entraron a aullar.

Escuché unos lloros que venían del rancho...
Con unas palabras, medio los calmé...
Y con las potreras listas en la mano,
con un par de saltos, pa'juera gané.

Obscura la noche... Mientras yo bombiaba
pa'tuitos lugares con prolijidad...
Vide que los perros reculando aullaban,
ante algo que véian en la obscuridad.

Tuca, tuca, tuca, les grité a los perros,
pa'ver si podía hacerlo aflojar...
Y pelando el fierro, ya me puse en guardia,
porque el caso no era de facilitar.

En cuanto me vido, se vino a toparme,
con un trote ansina como el agüará...
Si cuando me acuerdo, es cuando más pienso,
que hice la pata ancha de casualidad.

Mi Dios... Bicho fiero había sido aquello...
En cuanto lo vide, ya me persigné...
Era un bulto grande con laya'e ternero;
y el ocico largo como el yacaré.

La Virgen te ampare... me acuerdo le dije...
Serás o no ánimoa... y ya revolié...
Luciéndome tanto con las tres marías,
que del primer tiro me lo aseguré.

Como trenza de ocho, rodamos po'el suelo...
Yo a las puñaladas... y el por hacer pié...
Cuando una voz débil sentí que decía:
"No me mate amigo... por Dios, déjeme".

Fué tal la sorpresa que perdí el resuello...
Trémulo y confuso, sujete, ahi nomás...
Viendo que aquel bicho se me iba escurriendo;
y salía un cristiano, por el lao' de atrás.

Dió unos sacudones, queriendo pararse...
Y yo, de ayudarlo, al punto traté...
Y él, pegando un grito, se cayó de espaldas...
Del mundo'e los vivos, pa siempre se jué.

... Ya van pa'sies meses que gané los montes,
desde aquél mal día que me desgracié...
La pucha que es fiera la vida'e matrero...
Lo que se padece, solo yo lo sé.

viernes, 18 de febrero de 2011

El diablo se confesó

(Dibujo: Pablo Solo Díaz)
http://pablosolo-payador.blogspot.com/
Glosa:
EL DIABLO SE CONFESÓ,
HOY ESTÁ HACIENDO ORACIÓN,
SUMAMENTE ARREPENTIDO
PIDE A DIOS LA SALVACIÓN.

El Diablo al verse ya anciano
Pensó que era conveniente
El hacerse penitente
Y católico romano.
En efecto, al Vaticano
Llorando se presentó,
Y triste al Papa rogó
Que sus culpas perdonara
Y de esta forma tan rara
EL DIABLO SE CONFESÓ.

Con mucho gusto -le dijo
El Papa- yo te confieso,
Y el Diablo haciéndose el leso
Se le humilló como hijo;
El Santo Padre bendijo
Al penitente en cuestión,
Y según una versión
Para tener más ejemplo
Dicen que el Diablo en el templo
HOY ESTÁ HACIENDO ORACIÓN.

De manera que el Infierno
Ha quedado por su cuenta,
Porque ya abrazar intenta
La cruz el rey del Averno;
Hoy clamando al Padre Eterno
Está el Demonio afligido,
Y por haber cometido
Tan grandísimos pecados
Liberó a los condenados
SUMAMENTE ARREPENTIDO.

En un convento de Roma
Se ha encerrado enhorabuena,
Jurando que no condena
Ni al mismísimo Mahoma.
Hoy sus narices no asoma
Ya por ninguna nación,
Por eso condenación
No hay, y vamos bailando
Porque el Demonio llorando
PIDE A DIOS LA SALVACIÓN.

Por fin que todos estamos
Libres de ser condenados,
Los diablos se han desertado
E infierno abierto no hallamos;
Por eso aunque nos muramos
Y aunque mal hayamos hecho,
Quedemos muy satisfechos
Pues no hay pecado ni muerte,
Y aunque muramos, por suerte,
Vamos al Cielo derecho!

jueves, 20 de enero de 2011

Cruz de palo



Juntito al arroyo, besao por los sauces
y poblao de flores, de esmalte y de luz,
sin letras, crespones ni nombres tallados
se alzan junto a un sauce dos palos en cruz.
Una sepultura que "entuavía" el cardo
no pudo cercarla, y en donde el "chus-chus"
de alguna lechuza se escucha, agorera,
sobre la cimera de esa vieja cruz.

El sauce le llora un Ave María;
el boyero, en cada chiflido que da,
acaso le quiere rezar un bendito
junto con las quejas que entona el sabia...
Dicen los más viejos, haciéndose cruces,
que al pasar de noche por ese lugar
oyen que se quejan los ñacurutuces
de un modo tan fiero que hasta hace temblar...

Y en las noches malas,
cuando enrieda el viento
su vago lamento en el saucedal,
por la cruz de palo una luz camina,
que corre y que vuela por el pastizal.

Pa' un "Día de Dijuntos" de hace varios años
se llegó una moza juntito a la cruz;
la cabeza envuelta en negro rebozo,
los ojos llorosos, tristes y sin luz.
¡Qué frío, canejo, sentirán los muertos...!
Pues la moza aquella se le arrodilló,
lloró cuanto quiso, besuqueó la tumba,
le dijo "hasta pronto", pero no volvió.


(Dibujo: Carlos Montefusco)

lunes, 10 de mayo de 2010

Ramirez el domador


Hasta el pago de Durazno
cierta vez llegó un jinete,
cuyo soberano flete
era de prendas crisol;
freno, riendas y presillas,
cabezada y estriberas,
con otras galas camperas
eran juguetes del sol.

Tirador chapeado en plata
bajo la blusa lucía
y el fino rebenque hacía
buen juego con su puñal;
poncho de vicuña al brazo
y el ala de su sombrero
como inclinada al pampero,
cuerpiándole al temporal.

Cuentan como una leyenda
que al borde de una laguna
en cierta noche de luna
Mandinga se le ofreció,
y dándole rienda al vicio
jugó cuanto tuvo, en calma,
hasta que jugando su alma
por siempre se condenó.

Sepultado en aquel sitio
Ramirez quedó en el pago
sin recibir el halago
de una flor o de un cantar;
y cuenta la paisanada
que en donde cayó el jinete
se aparece siempre un flete
que los hace santiguar.

martes, 30 de marzo de 2010

La aparecida




La retrataban despacio
los peones de aquellos días:
nerviosas las manos frías,
retinto el cabello lacio.

Trajo su esbelta belleza
de garza huraña a la estancia
cuando todo era distancia,
desolación y tristeza.

Siempre de blanco vestida
y más blanca que su traje
parecía un ángel de encaje
paseando por la avenida

y temblaba el horizonte
de las noches de verano
cuando la voz de su piano
quebraba la paz del monte.

Herida por mano aleve
poco después de casada,
murió de una puñalada
en 1909,

y al tiempo de fallecida,
como suele suceder,
se comenzó a aparecer
mucho más linda que en vida.

Nunca sabré si fue a ella
a quien vi una noche clara
pasar como si volara
por el manchón de la huella.

La rodeaba una aureola
de lumbre fosforecente
y arrastraba en el relente
el albo traje de cola.

(Otro que había conseguido
mirarla durante un trecho,
dijo que en medio del pecho
llevaba el puñal hundido).

Inquietando la vislumbre
del galpón, junto a su antiguo
piano flotaba un exiguo
brillo de piedra de alumbre,

y un mensual que no era blando
ante un potro o un cuchillo,
se tiró desde el altillo
cuando la encontró tocando.

Al despuntar los retoños
en los árboles partía;
como la melancolía
tornaba con los otoños.

Primero igual que una esencia
vaga en las habitaciones,
después con apariciones
de líquida transparencia.

A veces correr de espuma
donde el monte era más hondo,
otras descenso redondo
tan leve como de pluma,

parecía que se acercara
de atrás, y en la media vuelta,
uno rozara de suelta
cabellera con la cara.

Cuando nos fuimos seguro
que al girar la última llave,
su incierta presencia suave
debió plasmarse en lo oscuro.

Lejos de todo testigo
pasearía su alado porte
sin tocar un picaporte
ni desprender un postigo,

y saliendo por los rojos
corredores del pasado,
a solas habrá llorado
todo el dolor de sus ojos,

porque un perro que no quiso
seguirnos detrás del coche
y se quedó aquella noche
sufrió un maléfico hechizo,

y aunque llegó al día siguiente
despavorido y jadeante,
allí nomás adelante
nuestro, murió de repente.

jueves, 15 de octubre de 2009

Alma en pena



Con el sombrero gacho puesto sobre los ojos,
por el campo, en la noche, sin saber hacia donde
voy andando, andando,
detrás de la estrellita roja de mi cigarro.

He pasado tres veces por el mismo sendero,
y tres veces me he herido en las mismas espinas,
andando, andando,
detrás de la estrellita roja de mi cigarro.

Mañana los vecinos dirán y con razón,
-prendiéndole a la Virgen un cabito de vela-
anoche por el campo anduvo una luz mala;
anoche por el campo anduvo un alma en pena!

Leyenda de la flor de ceibo


Me lo dijo un indio viejo y medio brujo
que se santiguaba y adoraba al sol:
los ceibos del tiempo en que yo era niño
no lucían flores rojas como hoy.

Pero una mañana sucedió un milagro,
-es algo tan bello que cuesta creer-
con la aurora vimos al ceibal de grana,
cual si por dos lados fuera a amanecer;

Y era que la moza más linda del pago,
esperando al novio, toda la velada,
por entretenerse se había pasado
la hoja de un ceibo por entre los labios.

Entonces los ceibos, como por encanto,
se fueron tiñendo de rojo color...

Tal lo que me dijo aquél indio viejo
que se santiguaba y adoraba al sol.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Cinco son los cuatro rumbos...


Cinco son los cuatro rumbos,
cuatro, las tres Marías,
cinco, los cuatro elementos,
y ocho, los siete días.

Para su andar peregrino,
pueden saber los mortales
con los puntos cardinales
pa'dónde va su camino...
Busca el hombre su destino
para no ser errabundo...
marcha firme por el mundo
tras la huella de Jesús,
y con el rumbo'e la Cruz,
cinco son los cuatro rumbos.

Tiene la Pampa Argentina
una lindísima estrella
Santa María, que en ella
derrama gracia divina...
Es la Virgen peregrina
que quedarse allí quería,
pues así nos cuidaría
con su maternal afán
y con la virgen de Luján
cuatro son las Tres Marías.

Dios hizo el mundo criado
sin depender de nadie:
agua, tierra, fuego y aire
llevan todo lo formado...
Por salvarnos del pecado
padeció mortal tormento
y con sangre de un momento
agua de su ser destila
y con el agua de Pila
cinco son los cuatro elementos.

La Magdalena lloraba,
de Jesús la triste suerte,
pero venciendo a la muerte
ya Cristo la consolaba...
un nuevo día asomaba
en el que Jesús lucía
como sol de la alegría,
cuyo ocaso nadie ha visto
y con la Pascua de Cristo
ocho son los siete días.

miércoles, 5 de agosto de 2009

La lechuza



-¡Chistt!...
-¡Cruz diablo! ¡Mandinga! ¡Cruz diablo!
¿Qué querrá este bicho?
¿Qué andará rastreando?
que tuitas las noches, de un tiempo a esta parte,
a cada ratito pasa po'este rancho?
Alguien de seguro, jediendo está muerto...
- ¡Chistt!...
- ¡Cruz diablo! ¡Mandinga! ¡Cruz diablo!

Así renegaba Bernardo el boyero
oyendo el chistido, insistente y largo
del ave agorera, mientras ño Cirilo,
el viejo puestero,
después de un amargo,
trenzaba en silencio la soga de un lazo.

- ¿No es verdá, Cirilo, que si la lechuza
al pasar po' encima una casa,
larga tres chisitdos y aúllan los perros...
señal es d'esgracia?
- ¡Calláte muchacho, no digás pavadas!
Ese animalito no hace mal a naide.
A la pobre lechuza le pasa
lo que a ciertas hembras
que toda la vida se quedan en casa
cuidando al marido y a sus pobres güeñis,
y viven muriendo de cansás y flacas.
Son las aparciencias, las que las condenan ´
y así las maltratan.

Mirá la paloma... Toó el mundo dice
que ese pajarraco es una monada,
y pa mí que no hay bicho en la tierra
que más se parezca a una mujer mala.
Se la pasa tó'el día compuesta
juntito a su macho,
aventando sus odios y amores
en la puerta e'casa;
cuando no, con las otras palomas
a destruir los sembrados, se larga.
Mientras tanto, allí queda su nido
solito, sin guarda,
teniendo por plumas
un montón de estierco
y dos o tres ramas.

Pero en cambio, la pobre lechuza
hace el suyo en un hoyo'e la tierra,
al pie de una mata,
y lo empluma y lo pone a cubierto
del viento y del agua.

Cuando es día, si sale, es pa dirse
a la punta de un poste a pararse,
y allí suele pasarse las horas
quietita, en silencio, sin chillar con naide.
Si malquiere, no hay quien lo conozca;
cuando quiere, tampoco se sabe.
Anda sola, y ni aún hay quién colija
ni cuál es la hembra, ni cuál es el macho.
¡Y es muy corajuda!
si le largan un tiro'escopeta
la cabeza agacha,
y pegando un chillido'e protesta
va suave a posarse
a dos o tres postes más lejo'e distancia.

Lo qu'es por la noche, cuando todos duermen,
ella ronda como un vigilante,
pa matar las cuncunas y ratas
que acaban las siembras,
y en el hondo silencio'e la noche
pega esos alertas
que a la gente espantan.

Además... ricuerdo,
que una vez me encontré como un paria,
muy triste en mi'esgracia,
mi mujer se me diba muriendo...
solito yo estaba,
y una pobre lechuza se anduvo
toita la noche volando por casa.
Al principio me dio una impaciencia,
una gana ferzo de matarla,
y después... mucho miedo, y me puse
a hablar contra el cielo,
ella me chistaba...
como si pretendiera prohibirme
de que blasfemara...

Se murió mi mujer y, de pena,
quise dir con ella,
y cuando en mi cuerpo
ya iba a hundir la daga,
un hondo chistido
se prendió'e mi brazo,
y sentí que mi sangre se helaba.
Parecía que Dios me dijera:
condenao te has de ver si te matas.

Después de esa noche, son muchos los años
que llevo pasados en medio'esta pampa,
y ella ha sido siempre la fiel compañera
que al tiro me chista
cada que que trenzo
ideas bagualas.
Es como si juera... mi propia concencia,
y hay que rispetarla.

La lechuza, creéme muchacho,
es como esas pobres mujercitas buenas
que pasan la vida yenándose d'hijos,
sin gozar de nada,
y se van muriendo, llenas de tristeza,
solitas y flacas.

lunes, 3 de agosto de 2009

La leyenda del Coquena


Cazando vicuñas anduve en los cerros.
Heridas de bala se escaparon dos.
-No caces vicuñas con arma de fuego,
Coquena se enoja - me dijo un pastor.

- ¿Por qué no pillarlas a la usanza vieja,
cercando la hoyada con hilo punzó?
¿Para qué matarlas, si sólo codicias
para tus vestidos el fino vellón?

-No caces vicuñas con arma de fuego,
Coquena las venga, te lo digo yo.
¿No viste en las mansas pupilas oscuras
brillar la serena mirada del dios?

-¿Tú viste a Coquena?
-Yo nunca lo vide,
pero sí mi agüelo - repuso el pastor;-
una vez oíle silbar solamente,
y en unos tolares, como a la oración.

Coquena es enano; de vicuña lleva
sombrero, escarpines, casaca y calzón;
gasta diminutas ojotas de duende,
y diz que es de cholo la cara del dios.

De todo ganado que pace en los cerros,
Coquena es oculto, celoso pastor;
si ves a lo lejos moverse las tropas,
es porque invisible las arrea el dios.

Y es él quien se roba de noche las llamas
cuando con exceso las carga el patrón.

En unos sayales, encima del cerro,
guardando sus cabras andaba el pastor;
zumbaba en los iros el gárrulo viento,
rajaba las piedras la fuerza del sol.

De allende las cumbres de nieves eternas,
venir los nublados miraba el pastor,
después la neblina cubrió todo el valle,
subió por las faldas y el cerro tapó...

Huyó por los filos el hato disperso,
y a gritos, en vano, lo llama el pastor.
La noche le toma sentado en cuclillas,
y un sueño profundo sus ojos cerró.

Cuando el alba tiñe - limpiando los cielos-
de rosa las abras, despierta el pastor.
Junto a él, a trueque del hato perdido,
Coquena, de oro le puso un zurrón.

No más en los cerros guardando sus cabras,
las gentes del valle vieron al pastor;
Coquena dispuso que fuese muy rico.
Tal premia a los buenos pastores el dios.

La Salamanca


Arreando ganado, camino de Chile,
tres cargas perdimos en un cañadón.
En unas aguadas, al cerrar la noche,
fuimos a toparlas, yo con otro peón.

Lejos, a trasmano, quedaba la tropa,
la noche era oscura, pesado el tirón.
De cama, a la espera que brille la luna,
en lo seco echamos apero y jergón.

Calculo sería más de media noche,
cuando nos despierta singular rumor:
cantar de mujeres y tun tún de cajas,
que el viento traía con distinto son.

- Sin duda de fiesta - dije - en estos pagos
andará gente, pues sábado es hoy.
¿Qué tal que vayamos a buscar el baile?
Dijo el compañero: - Güeno, vámonos.

Maneamos las mulas y a pie nos largamos,
ya oíamos cerca sonar el rumor.
En una quebrada, doblando un recodo,
un rancho a la vista se nos presentó.

Ni perro, ni luces, ni fuego en el rancho...
cada vez más cerca se oía el rumor,
agora de gritos y de carcajadas,
y de juramentos y de confusión.

Al filo de un cerro pareció la luna,
patente, un guanaco sobre ella pasó;
calcado en el cielo bajó por el filo,
y agudo relincho los aires llenó.

Mal agüero es éste - dijo el compañero -
que toda esa bulla se me hace ilusión.
Recemos un credo, que aquí es Salamanca,
y de ella nos libre por siempre el Señor.

jueves, 16 de julio de 2009

La mula ánima


Iba un anciano trepando
en ágil mula la sierra,
desde el sombrero a la barba
suelto el barbijo de seda;
poncho de agreste vicuña
con franjas, flecos y hojuelas,
ha medio siglo bordado
por su finada la prenda;
llevaba usutas (sandalias
no he de decir en mi tierra),
que así le guardan los pies
como le sirven de espuelas;
un guardamonte de cuero
con que se cubre las piernas,
a cuyo empuje se inclinan
arbustos, cardos, malezas,
y huyen guanacos y cabras
cuando, al trotar de la bestia,
con resonantes crujidos
sobre sus flancos golpea.

Lleva aquel viejo en el alma
la triste música interna
de los recuerdos: los besos
de las ternuras maternas,
el dulce abrazo infinito
y el largo ¡adiós! de su prenda,
cuando, a través de los Andes,
fue a combatir y a quererla;
y allá en lo oculto, en lo hermoso,
la imagen fulgida, eterna,
de nuestra patria... la patria
de las heroicas proezas,
de William Brown en los mares,
de San Martín, en la tierra.

Él fue con Dávila a Chile,
con Güemes a la frontera,
con La Madrid a Tarija,
a Junín con Necochea,
y era tan fiel en amores
como atrevido en la guerra.
Tiene este viejo una enjundia
que ni el demonio la tuesta,
y donde asoma un peligro
es para hollarlo una fiera.
De la espantosa Mula ánima
tantos horrores le cuentan,
que, por hallarla a su paso
y refrenarle las riendas,
hizo a la Virgen del Valle
esta sencilla promesa:
"-Haz que la encuentre, y de alfombra
pondré a tus plantas de reina
este mi poncho, tejido
por mi finada la prenda".


Embebecido iba el hombre
en sus recuerdos y penas,
cuando, de un rancho asentado
sobre la abrupta ladera
salióle al paso, en tumulto,
un mocetón, una vieja,
una serrana, dos niños,
y hasta una cabra casera;
sucias las caras, y un susto
lívido y áspero en ellas.

-¡Va por allí! -le gritaron-,
¡va por allí, por la cuesta!"
"-¿Quién? -preguntó, deteniéndose,
el del barbijo de seda.
-¡Ella! ¡La mula maldita
que por la noche anda suelta!"
"-Sí, dijo el mozo, la he visto
al despertar de la siesta."
"-Y yo, añadió la serrana,
desvanecerse en la niebla."
"-Mas, cuando pasa de día,
como esta vez, se presenta
de viuda, toda enlutada,
en dirección a una iglesia."
"-Y al regresar cada noche,
es mula en llamas envuelta."
"-Pues a esperarla me quedo",
dijo el del poncho de hojuelas.
"-¡Ah, qué mujer!" -persignándose
murmura al cabo la abuela,
mientras el viejo soldado
entra a su rancho y se sienta-.
"¡Ah, qué mujer!... Era blanca
como las nieves eternas,
y rubia como esos cardos
que dan flor en primavera.
Se enamoró de un soldado
de la santa independencia,
que con Dávila fue a Chile
a luchar por su bandera;
y como era tejedora
de las pocas y las buenas,
le hizo un poncho de vicuña
más liviano que hoja seca.

El buen joven se marchó
a libertar nuestra América,
bajo fe de su palabra
de casamiento a la vuelta;
y ella, dos años corridos,
fue tan loca y sinvergüenza,
que se enredo con un cura
para curarse de ausencias.
Dios, el gran Dios, la maldijo
hiriéndola con su diestra,
y echó, su ánima a penar
por las quebradas desiertas,
convertida en esa mula
que en la noche se pasea,
que de ojos, boca y narices
arroja llamas siniestras.
Por un decreto divino
lleva colgando las riendas,
hasta que un hombre muy hombre,
por redimirle la pena,
con fuerte brazo y fe santa
la refrene en su carrera."

lba cayendo la noche
al terminar la conseja,
y conmovido el soldado
por unas ansias secretas,
mudo besó, al despedirse,
a los niños y a la abuela,
y, cabalgando en su mula,
se echó a vagar por la sierra.

Era una noche sombría
fúnebre noche, de aquellas
en que los genios medrosos
salen de grutas y cuevas;
en que una mano, asomada
de algún recodo, hace señas;
en que está oculto un misterio
que hace temblar las tinieblas,
y hasta el rumor del torrente
es un rodar de cadenas.

El noble viejo marchaba
por la sinuosa vereda,
cuando unas luces rojizas,
hiriendo a saltos las peñas,
le iluminaron un arria
de pardas mulas cargueras,
cegadas, quietas, bufando
bajo las vivas centellas,
y a los arrieros, postrados,
la faz oculta en las piedras.

Luego, por boca y narices,
echando ardientes culebras,
que, retorcidas, los muros
suben y en lo alto chispean,
se apareció la Mula ánima,
al aire flojas las riendas.

Echó pie a tierra el soldado
de las batallas homéricas,
y se avanzó a recibirla
con toda el alma en la empresa.
Hizo a la Virgen del Valle,
como a sus jefes, la venia,
y cuando estaba ya encima
la mula, en llamas envuelta,
la refrenó, y a su pecho
vino a estrellarse, ya muerta,
pero en mujer convertida...
¡Y era su novia, la prenda!

Se echó a llorar como un niño
el de las lides de América...
Mientras, la Virgen del Valle
bajó ceñida de estrellas.
Él le tendió como alfombra
su rico poncho de hojuelas,
y ella, posada un instante
para aceptar la promesa,
volvióse al cielo llevando
purificada en su esencia,
un alma mísera, indigna,
pero que ha amado en la tierra.