miércoles, 15 de septiembre de 2010

Cansao


En los montes del Tordillo
y ya olvidao de la edad,
vivía su soledad
un gaucho noble y sencillo.
Como cortada a cuchillo
parecía su melena;
y en su mirada serena,
su mansedumbre asomaba,
pa decirnos que allí estaba
enterrao por una pena.

Y me contó su pasao
que jué como yel, amargo,
haciendo como un descargo
de su espíritu cansao.
Era rico; había heredao
de su padre una fortuna,
hamacao en limpia cuna,
jué mimoso y regalón
y estaba en su situación
mesmo que en corral de tuna.

Había formao un hogar
que jué toda su esperanza,
el cariño hizo una alianza
que nada podía aflojar.
Pero una vez al pasar,
sin poderse desprender,
se atravesó otro querer
y el hombre se vio perdido,
y lo dejaron rendido
los besos de otra mujer.

Con semejante carrera
por los enredos que andaba,
despacito se alejaba
de su buena compañera.
Le cerraron la tranquera,
los hijos cuando crecieron
y a la madre protejieron
cumpliendo con un deber,
dentrando su padecer
al ver la cosa tan fiera.

La de los besos matreros,
después de romper el nido,
dejó al pobre dolorido
pa buscar otros senderos.
Él tuvo mil entreveros,
pa olvidarse lo pasao,
pero al fin arrocinao
por su vejez, achacoso,
dentró en el monte espinoso
ande vivió abandonao.

Perdió su herencia, su hogar,
y hasta los seres queridos,
que iban en su alma prendidos
sin poderlos olvidar.
Por no saber gambetear,
con tiempo a la tentación,
cayó al fondo del zanjón,
ande lo hallé abandonao,
y allí murió el desgraciao
como cualquier mancarrón.

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