miércoles, 16 de julio de 2008

Memorias del Indio.



Desde tiempos ancestrales
hasta llegar la epopeya,
fuiste marcando una huella
de recuerdos inmortales.
En los meses estivales
como en el invierno crudo,
con ese atuendo tan rudo
que hizo a tu hábito y costumbre,
con ese color herrumbre,
tostado, recio y morrudo.

Tu valor y tu destreza,
tu acertada puntería,
fueron en la cacería
como un ritual de certeza.
La propia naturaleza
te hizo potente y genuino.
Todo el campo tu camino,
todo el cielo tu sendero.
La Cruz del Sur y el lucero
dieron rumbo a tu destino.

Si habrás sufrido inclemencia
desde tu choza enclavada
entre el cerro y la quebrada
con indigente prudencia.
Muy neutra la consistencia,
reducida y desafiante,
tan sometida y constante
como el nido del hornero,
pero valiente al pampero,
mezcla de fuerza y aguante.

Diestro y gran dominador
de las fieras y sus mañas,
en tiempos que era una hazaña
por ser bien conocedor.
Si habrás regado sudor
para poder subsistir.
Aprendiste a vivir
a fuerza de sacrificio,
sin tener rito ni oficio,
predestinado a sufrir.

Antecesor de esta tierra,
hoy ya casi una leyenda,
como una historia de ofrenda
que anda del monte a la sierra.
Todo nuestro ayer encierra
un horizonte de ausencia.
Pero si en nuestra conciencia
vive el recuerdo de entonces,
en los libros y en los bronces
mantendremos tu presencia.

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