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sábado, 30 de julio de 2011

Desde tu ausencia


Mi dueña, desde tu ausencia
vivo huérfano de amores;
no hay alegría en la querencia,
hasta te extrañan las flores.

Vieras, mi dueña, el rosal,
mustias sus flores declina;
se está secando el parral,
deshojando la glicina.

Dueña mía en el jardín
ya no ha quedado un clavel;
marchitado está el jazmín,
sin sombras se halla el vergel.

Y ya no se oye el jilguero
que en la preciosa mañana
trinó alegre en el alero
sobre tu linda ventana.

Prenda, te vengo a decir,
volvé pronto, te lo ruego,
que si tardás en venir
tendrás que llorarme luego.

Si no volvés, mi viejita,
no va a quedar un capullo;
la ramada se marchita,
se muere el paisano tuyo.

La doma


Nace el paisano argentino
allá en la grandiosa pampa
demostrando con su estampa
ser el más travieso y fino.
Alegre, vivaz, ladino,
de inteligente mirada;
en caso de una domada,
¡la pucha si se florea!
Por más reservao que sea
se pinta en la jineteada.

En cuanto echan al corral
una potrada machaza,
un criollo dentra y enlaza
el más arisco bagual,
otro criollo le echa un pial
pa encima poder voltearlo
y en seguida embozalarlo
y palenquearlo de paso;
y sobre el pucho, amigazo,
lo ensilla para domarlo.

Al saltarlo el domador
larga una criolla indirecta;
mientras otro lo sujeta
de una oreja y el fiador.
¡Aijuna, es un primor
cuando el bagual siente el peso!
Se hace el chiquito y en eso
el criollo le da un chirlazo,
¡Pucha digo si es lindazo
var domar según me expreso!

El bagual se encoje en vano
y bellaquea con destreza,
escondiendo la cabeza,
por entre medio'e las manos.
Entonces, vienen paisanos
cómo se empieza a hamacar,
mientras le dentra a buscar
el domador las paletas,
y las espuelas le aprieta
castigando sin cesar.

Y después que ha corcoviao,
toma el campo disparando;
el que lo va apadrinando
no se aparta del costao.
En fin, ya el potro cansao,
solito se va entregando;
y él se lo trae tironeando
a dos manos de la boca;
pues como maestro le toca
irlo desde ya enseñando.

Después de esta acción florida
que todo un prodigio encierra,
echa el domador pie a tierra
en el sitio a la salida.
Lo rodean con ardor;
allí todos en seguida
y le brindan con fervor
el aplauso más genuino;
ese es el gaucho argentino
güen criollo y güen domador.

El matrero

(Pintura: Errecaborde)
Vida triste ¡la gran perra!
es la del gaucho matrero
que cruza triste el sendero
con la policía en guerra.
En la solitaria sierra
se oculta con precisión,
desconfiando que a traición
le hagan alguna emboscada;
y eche una chapetonada
por andar sin precaución.

Perdió ese paisano el nombre,
hijos, mujer, la querencia;
él ve su pobre existencia
sin que por eso se asombre.
Comprendiendo que es el hombre
de todo el mundo contrario,
en un punto solitario
formó su triste guarida;
y pasa su amarga vida
de matrero temerario.

Jué como todos honráo,
generoso, güen paisano;
pero su destino vano
la mala suerte ha labráo
pues la ley lo ha derrotáo,
por la ley anda vagando
y en tuitos laos observando
con mirada recelosa,
pues en su vida azarosa
vive alerta y desconfiando.

Busca para mantención
cualquier ave montesina,
a veces se determina
a recorrer la extensión.
Sale y hace una excursión
a lo largo del sendero;
carnea el mejor ternero
que se le cruza a su paso,
y pa no dormir al raso
pone como techo el cuero.

Allá en la pampa se anida
para consolar sus males;
se alberga entre los cardales
como una cosa perdida.
Sosteniendo de la brida
un pingo brioso y ligero;
y cuando juye el matrero,
no hay caballo que lo alcance.
Aunque el policía se lance
en el mejor parejero.

Como conoce baquiano
el sendero donde pisa,
como el humo se desliza
por la sierra o por el llano.
Cruza errante este paisano
la pampa con el ojo experto;
se aclimata en el desierto
como una fiera salvaje,
en el pampeano paraje
por la inmensidad cubierto.

(Pintura: Zavattaro)

Soy gaucho

(Foto: Aldo Sessa)
Soy el gaucho sin igual
cuando en mi campero basto,
despierto el dormido pasto
al cruzar con mi bagual.
El que en razón es legal,
en apuros servidor,
el que en su alma con ardor
nobleza pura zurquea,
y el que alegre churrasquea
de un cordero al asador.

Soy gaucho que en triste estilo
se lamenta donde existe.
Como la tórtola triste
canta en el monte tranquilo.
Aquél que le sigue el hilo
a la más cruel desventura,
el que con constancia pura
duerme sobre su recao
sin que lo haya amedrentao
ni el tigre con su bravura.

Soy gaucho que al renacer
la brillación del oriente,
sobre el bagual, sonriente,
saluda el amanecer,
el que contento de ser
hijo de la pampa pura,
recorre la ancha llanura
con ademán altanero,
recibiendo del pampero
su delicada frescura.

Soy gaucho al que los dolores
lo castigaron tan fuerte
que sin temerle a la muerte
se ríe de sus rigores.
El que en primeros albores
de una aurora purpulina
canta una cifra ladina
tan triste como un gemido;
ecos de un gaucho nacido
en la gran pampa argentina.

Desde el alero

(Foto: Eduardo Amorim)

Un ranchito y un sauzal,
dos bellezas argentinas:
es un agreste zarzal
tejido por un rosal,
madreselvas y glicinas.

Sobre de ese criollo alero
guarnecido de colores,
trinó en las tardes de enero
la calandria y el jilguero,
zorzales y ruiseñores.

Allí vivía la hermosa
paisana de mis amores,
tierna cual la mariposa
en un pimpollo de rosa
descollando entre sus flores.

Pero mi paisana un día
dejó el rancho y el vergel;
marchitó su lozanía.
Dejando en el alma mía
amargo trago de hiel.

Ya no ha quedado una flor
en el agreste zarzal
ni trinos de ruiseñor.
Parece que era su amor
la vida de aquél rosal.

miércoles, 23 de marzo de 2011

China


Cuando se dice: China,
debe llenar la boca todo un sabor de pampa.
Y si digo: mi china,
toda una pampa entera se me aroma en fragancias.

Ondulaciones de hembra, crispaturas de nervio,
quejumbres de tacuara,
afelpa en sus jadeos mi Paraná nativo...
(Y ella, mi china, se miró en sus aguas).

Grabaron en la seda de su pelo,
lunas joyantes, cifras de su plata.
Y se han dormido pájaros brujeros
en sus ojeras hondas, equivocando rama.

Ceibales dulces de color violento,
taparon las mejores lechiguanas
que ha picado la rata de mi beso,
en su boquita, acequia de aguas claras.

Tembladerales al deseo ansioso,
se abren sus brazos en caricias largas.
Y quiebra el pecho de percal tirante,
toda la gracia en parvas.

Los juncos de su talle,
cuando cimbrean, la batita opacan...
(Y eso que en sus caderas es relumbrón sedero
la más triste sarasa).

Si habla mi china es un trinar de mirlos,
si está en silencio un aventar de malvas.
Enfiesta el pago con su sola risa
y enluta el mundo con sus pocas lágrimas.

Así es mi china, un Tucumán de linda;
la quiero más que al flete, la vihuela y la daga.
Y es como el bañado de "La Estrella" en mi pago:
buena a retazos y a retazos mala.