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viernes, 22 de abril de 2011

Escudo


A naide se le ha ocurrido
hacer una estatua al buey.
Y él fue quien tejió la Patria
antes que lo hiciera el riel.

Sangrando por las picanas,
sin descanso y sin comer,
¿quién sino él trazó los rumbos
que luego siguiera el riel?

Hoy sigue, en los territorios,
haciendo lo que hizo ayer:
labrando a fuerza'e pezuña
derroteros para el riel.

Mas no cerraré mis ojos
sin que me esfuerce por ver
en un escudo'e mi tierra:
-bien quisiera el de Neuquén-
un sol en el horizonte,
y entre gajos de maitén,
una pampita de trébol
y, en ella, echadito un buey.

miércoles, 5 de agosto de 2009

La peladilla


Peladilla, peladilla,
pecesito sin escamas,
que incesante peregrinas
por los hilitos de agua
que bajan de mis montañas,
si te besa un rayo'e sol
te convierte en esmeralda.

Peladilla, peladilla,
pecesito sin escamas,
el que te quiere admirar
cometiera grave falta
si te sacase del agua,
porque se velan tus ojos
y tu piel se vuelve opaca.

Peladilla, peladilla,
pecesito sin escamas,
eres como la Ilusión,
que con la duda se empaña.
............................
No he de ser yo, soñador,
quien te retire del agua.

Señor Juez


Señor Juez, en verdá le confieso,
que se m'áido un poquito la mano.
¿Se murió? ¡Dios lo tenga en la gloria!
Ya bastante el indino
vivió cuatreriando.

-Me tráia robando ese leso
mis vaquillas, cerquita de un año.

Era inútil que diera mis quejas
ante el Comisario.
Me tomaban apunt'e la cosa.
Y yo, satisfecho,
me diba silbando.
Y cuando créia que preso lo tráian,
caía en engaño,
porque el pillo, por juir de la cárcel,
le entregaba al señor Comisario
la mitad más o menos del robo,
y éste echábale tierra al asunto,
como hacen los gatos...

Y lo pior es que si uno relincha,
si no lo estaquean,
lo meten en cepo de lazo,
cuando no lo enderiezan pal Neuquén
a lomo pelado,
más molido qu'el gallo del cuento,
que asiquiera el pobre
si las plumas perdió en la pelea,
quedó cacareando.

Y como quiera que ya no hay justicia
en por estos pagos,
me la hice al tirito yo mesmo.
He perdido y ... pago.

Es por eso, señor, que de rabia
se me jué un poquito la mano.
Yo le quise pintar un barbijo,
dejarlo orejano...
el cuchillo corrió pal cogote,
y solito se jué desangrando.

La lechuza



-¡Chistt!...
-¡Cruz diablo! ¡Mandinga! ¡Cruz diablo!
¿Qué querrá este bicho?
¿Qué andará rastreando?
que tuitas las noches, de un tiempo a esta parte,
a cada ratito pasa po'este rancho?
Alguien de seguro, jediendo está muerto...
- ¡Chistt!...
- ¡Cruz diablo! ¡Mandinga! ¡Cruz diablo!

Así renegaba Bernardo el boyero
oyendo el chistido, insistente y largo
del ave agorera, mientras ño Cirilo,
el viejo puestero,
después de un amargo,
trenzaba en silencio la soga de un lazo.

- ¿No es verdá, Cirilo, que si la lechuza
al pasar po' encima una casa,
larga tres chisitdos y aúllan los perros...
señal es d'esgracia?
- ¡Calláte muchacho, no digás pavadas!
Ese animalito no hace mal a naide.
A la pobre lechuza le pasa
lo que a ciertas hembras
que toda la vida se quedan en casa
cuidando al marido y a sus pobres güeñis,
y viven muriendo de cansás y flacas.
Son las aparciencias, las que las condenan ´
y así las maltratan.

Mirá la paloma... Toó el mundo dice
que ese pajarraco es una monada,
y pa mí que no hay bicho en la tierra
que más se parezca a una mujer mala.
Se la pasa tó'el día compuesta
juntito a su macho,
aventando sus odios y amores
en la puerta e'casa;
cuando no, con las otras palomas
a destruir los sembrados, se larga.
Mientras tanto, allí queda su nido
solito, sin guarda,
teniendo por plumas
un montón de estierco
y dos o tres ramas.

Pero en cambio, la pobre lechuza
hace el suyo en un hoyo'e la tierra,
al pie de una mata,
y lo empluma y lo pone a cubierto
del viento y del agua.

Cuando es día, si sale, es pa dirse
a la punta de un poste a pararse,
y allí suele pasarse las horas
quietita, en silencio, sin chillar con naide.
Si malquiere, no hay quien lo conozca;
cuando quiere, tampoco se sabe.
Anda sola, y ni aún hay quién colija
ni cuál es la hembra, ni cuál es el macho.
¡Y es muy corajuda!
si le largan un tiro'escopeta
la cabeza agacha,
y pegando un chillido'e protesta
va suave a posarse
a dos o tres postes más lejo'e distancia.

Lo qu'es por la noche, cuando todos duermen,
ella ronda como un vigilante,
pa matar las cuncunas y ratas
que acaban las siembras,
y en el hondo silencio'e la noche
pega esos alertas
que a la gente espantan.

Además... ricuerdo,
que una vez me encontré como un paria,
muy triste en mi'esgracia,
mi mujer se me diba muriendo...
solito yo estaba,
y una pobre lechuza se anduvo
toita la noche volando por casa.
Al principio me dio una impaciencia,
una gana ferzo de matarla,
y después... mucho miedo, y me puse
a hablar contra el cielo,
ella me chistaba...
como si pretendiera prohibirme
de que blasfemara...

Se murió mi mujer y, de pena,
quise dir con ella,
y cuando en mi cuerpo
ya iba a hundir la daga,
un hondo chistido
se prendió'e mi brazo,
y sentí que mi sangre se helaba.
Parecía que Dios me dijera:
condenao te has de ver si te matas.

Después de esa noche, son muchos los años
que llevo pasados en medio'esta pampa,
y ella ha sido siempre la fiel compañera
que al tiro me chista
cada que que trenzo
ideas bagualas.
Es como si juera... mi propia concencia,
y hay que rispetarla.

La lechuza, creéme muchacho,
es como esas pobres mujercitas buenas
que pasan la vida yenándose d'hijos,
sin gozar de nada,
y se van muriendo, llenas de tristeza,
solitas y flacas.

viernes, 18 de julio de 2008

Por eso...




Un cementerio de pueblo
perdido en un pedregal,
“con unas poquitas cruces
y unas matas de radal”.
Va obscureciendo. Un paisano,
ante la tumba olvidada
del hijo, viene a rezar.
Se santigua por dos veces,
y, luego, así le hablará:

Buás tardes m´hijo...aquí estoy.....
aquí tenís a tu padre
rendido de galopiar
por venir a visitarte.
Me han dicho que estás aquí
sepultao, en sitio aparte
pa que no se te confunda
con los otros, pues la tarde
que tan fiero te ultimaron
a traición esos cobardes,
dijeron que, por l´utosia,
aquí debían dejarte.

¡Y no han puesto ni una cruz!
¡Ni tan siquiera una rama
pa que así, de vez en cuando,
un Padre Nuestro te caiga
de los tantos que aquí rezan
pa que se alivien las almas!

¡Bendito sea Dios! ¡El yuyo,
como te ha crecido encima!
¡Mirá si tu pobre madre
supiera que estás ansina;
ella que tanto rogó
a los santos, por tu vida!

¡Pobre vieja...! Aquí tenés
esta corona de flores
de trapo de toda laya
y de tuitos los colores
que te manda, porque el campo
está quemao por los soles,
y no ha hallao ni una florcita
que en nombre d´ella te llore.

Esta rosa es del primer
vestidito que te hicieron;
ésta, qu´es de seda azul,
la sacó de aquel pañuelo
que se compró cuando anduvo
por los boliches del pueblo;
esta, verde, es de la bata
que usó pa su casamiento;
y esta otra...creo que de algo...
de algo que ya no me acuerdo.

¡ Pobre m´hijo! ¡Si supieras
cuanto ha llorado por eso,
y las veces que me dijo:
andá, Jacinto, andá velo,
porque debe estar solito
como un guachito. ¡Andá velo!

Y aquí me tenís...llorando
de estar con vos, y tan lejos
de la viejita, ¡la pobre!
Y lo que pior, muy enfermo,
tanto, que muy fácil es
que me muera como un perro,
solito, mi alma en el campo,
afligido y sin consuelo.

Pero, ¡ que caray! Si estoy
hablándote de mí mesmo
y me voy hasta olvidando
que no he venido pa´eso.

Güeno, m´hijo...agárrese
muy juerte pa´no caerse,
pues voy a contarle todo
lo que en su rancho sucede:

Te diré que el mesmo día
que a tu mujer, le dijeron
que, por qué sé yo qué cosas
en el pueblo te habían muerto,
se puso al tiro, a reyir
y a decir que eso era cuento,
porque a hombres como vos
no los quiere ni el infierno.

Poquitos días dispués
se ayuntó con Ño Ruperto,
el patrón de esos canallas
que te quitaron del medio;
y pude al fin comprender
el por qué te hicieron eso.

¡Pobre m´hijo!...Por estorbo;
porque llorabas por dentro;
por no querer ver las cosas;
por ser demasiado güeno,
güenaso hasta hacer reyir
a los mesmisimos perros.

Yo desde enantes sabía
cómo se entendían esos...
pero nunca te lo dije
porque siempre tuve miedo
de hacerte, al cuete, sufrir
y me dijeras: ¡No es cierto!
¿Porque vos la querías mucho
a esa mujer, no es eso?

¿Pero qué...estás llorando
por lo que te estoy diciendo...?
Güeno m´hijo..está muy bien,
Me callaré si lo ofiendo;
no le diré nada más;
ya puede seguir durmiendo:
Pero yo ya lo hei vengao
y vengadaso, por cierto.
¿Quiere que le diga, m´hijo,
lo que por usté hei hecho?

Anoche me los pillé
pegaditos en un beso,
y ahí nomás me los cosí
a puñaladas... ¡por puercos!

..................................................

No he sabido perdonar,
pero se las di en el pecho
y no en el medio´e la espalda
como a usté le dieron ellos.
Dispués ... los dejé orejanos
pa que aprendieran, ¡Canejo!
Porque si a usté lo mataron,
tan sin asco, jué...por eso;
porque usté les estorbaba,
por eso, m´hijo, por eso.



Silbando



Ella le pedía
con honda tristeza:

-No silbes, Lisandro.
¿No ves que silbando me apenas?
¡Si tienes un silbo, entre dientes,
que en vez de tonada
parece un llorare,
parece una queja!

Con ese tu silvo,
Lisandro, ¿te acuerdas?,
marchabas de niño a los cerros;
y en tus soledades,
con cabras y piedras,
pasabas, silbando, silbando,
las horas enteras.

Con ese tu silbo
que me desespera,
te vide, ya hombre,
en busca 'e cariño
llegar a mi puerta.
Con ese tu silbo
te vide alejarte
dejándome sola
y llena 'e vergüenza.

Con ese tu silbo
te vide ayer tarde
llegar por la güeya,
cruzado en la cruz de tu bayo
trayendo a nuestro hijo
como una maleta...
Y allí lo enterraste,
silbando, silbando,
juntito a la tumba
de tu pobre vieja...

¡No silbes, Lisandro,
¡Por Dios, te lo pido!
¿No ves que al oirte
silbando, silbando,
el alma presiente
desgracias muy negras?

No silbes, Lisandro,
que, en vez de tonada, tus silbos
parecen que fueran
aullidos de perro
que nos anunciaran
una mala nueva.
................................
Y él, indiferente,
silbando, silbando
entre dientes,
oía a la pobre...
como si lloviera.
...............................
Le mataron un hijo a Lisandro
en una pelea.
(Hay quien dice que fue el comisario,
a causa de un'hembra).
Y después de enterrar a su gueñi
juntito a su vieja,
y afilar como luz un cuchillo,
por saber si es verdad lo que cuentan,
sin siquiera volcar una lágrima,
sin siquiera volver la cabeza,
al tranquito, montado en su bayo,
del palenque, hacia el pueblo, silbando,
silbando entre dientes,
se aleja.

Muy cerquita del rancho'e Lisandro
hay tres cruces, de dos que antes eran.
La mujer, que enfermó del disgusto,
para siempre descansa en la tierra;
y en Bahía se encuentra Lisandro,
pagando su hombrada,
metido entre rejas.

Parece que en cuanto aquél día
silbando, silbando entre dientes,
al pueblo llegara, y supo la cosa cual fuera
sin decir una palabra
pilló al Comisario,
cobróle su cuenta,
asestándole en medio'e la guata
una puñalada
por cada una legua
que llevando el cadáver del hijo
Lisandro anduviera...
Y la gente calcula
que del rancho'e Lisandro hasta el pueblo
hay diez y ocho legüitas, apenas.