viernes, 27 de noviembre de 2009

Cuadrera


Dos hileras de alambrado
con duros postes rollizos,
resguardan bienes y haciendas
de los dos campos vecinos,
separados por la cinta
polvorienta del camino;
camino que en la quietud
de esta tarde de domingo,
bajo un limpio cielo azul
y un ardiente sol del estilo,
se ha poblado de jinetes
que esperan con regocijo
ver la anunciada carrera
del tostado y el tordillo.

Lucen pilchas domingueras
forasteros y vecinos;
pañuelos de seda al cuello,
botas de lustroso brillo,
y mucha plata en los cabos
de rebenques y cuchillos.

Un viejo boliche esconde
su roja faz de ladrillo,
después de una doble hilera
de redondos paraísos
que estiran su sombra espesa
hasta el borde del camino;
boliche cordial que se abre
en la paz de los domingos,
ofreciendo a su parroquia
sombra fresca y techo amigo.

Adentro, la animación
crece a la par que el bullicio,
y hay un rumor de guitarras
entre el ronco vocerío,
y el aire está espeso de humo
y de vapores etílicos.

Afuera, fila apretada
de caballos aburridos,
resignadamente esperan
bajo el sol que es un castigo.
Sonoras coscojas ruedan
con un incesante ruido,
y suena de vez en cuando
la sirena de un relincho.

Está el ambiente de fiesta,
y como el juego es un vicio
que en el alma del paisano
encuentra fácil cobijo,
se cruzan con entusiasmo
apuestas hechas a gritos.

-"Juego un pesito al tostado...
-"¡Pago!; mi peso al tordillo.
Y así se les va el dinero,
peso a peso, del bolsillo;
dinero que casi siempre
se ganó con sacrificio
en trabajosas jornadas
de sol, de viento y de frío.

¡Largaron por fin! Ya vienen
a todo correr los pingos,
como flechas disparadas
por el arco de algún indio;
vincha blanca el del tostado,
vincha roja el del tordillo,
y en pelo sobre los lomos,
los dos jinetes tendidos.

Redoblan los duros cascos
sobre el parche del camino,
y en sendas nubes de polvo
que el sol cambia en oro fino,
pasan los dos estirados
en un esfuerzo continuo,
dilatados los ollares
y los ojos encendidos,
por una huella el tostado,
por la otra huella el tordillo.
Ambos van como empujados
por un mismo torbellino,
juntos, iguales, parejos,
en cotejo tan reñido,
que es muy probables que no haya
ni vencedor ni vencido.

Sobre los flancos, las lonjas,
descargan rudo castigo
y apuran los parejeros
su ya acelerado ritmo.
En la emoción de la lucha
están los ojos prendidos,
y de las bocas resecas
escapan, roncos, los gritos
que vocean al tostado
o que animan al tordillo.

- "Nada hay hecho; ha sido puesta".
- "Devuélvame el peso, amigo".

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