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sábado, 22 de enero de 2011

El moro de Quiroga


Quiroga tenía un moro,
animal de linda estampa,
fortachón, de pecho abierto
y de sangre vivaracha.

Era de buenos ollares
y altazo de riñonada.
De justa luz bajo el cuerpo
y de vista como brasa.

Siete cuartas generosas
levantaría de alzada.
(Pongamos tres dedos más,
proporción de buena casta).

Coscojero y braceador
y de ley acreditada,
a cien leguas de La Rioja
no admitía comparancia.

Puro músculo la cruz
y medio fino de cañas,
de tan blandito de boca
la intención adivinaba.

Tenía los morros negros
como de noche cerrada.
Las ranillas y los vasos,
ya de negros relumbraban.

La cara era pura sombra,
y una negrura tamaña
como hasta el segundo nudo
de los remos le alcanzaba.

¡Y qué decir de la cola,
si ni el cuervo tendrá el ala
con ese fulgor retinto
de moro de tanta estampa!

En un manto gris parejo
el pelaje le brillaba,
más al filo del verano,
cuando iba entrando en mudanza.

De puro voraceador,
el general lo aperaba
un poco al uso llanista
y otro al que se le antojaba.

Un par de estribos chilenos
iba luciendo con ganas.
Eran de los de baúl,
con labraduras bizarras.

Más fiestero que un domingo,
empezando por las matras,
un recado de mi flor
calidad le acreditaba.

El sobrepuesto, del lujo
ya era cosa temeraria.
Le reventaban claveles
en las esquinas bordadas.

Flete con un Potosí
en riendas y cabezadas,
se mostraba regalón
de ir refucilando plata,

pues era plata el fiador,
con más antojos que dama,
y plata los pasadores
y las virolas de plata.

Quiroga llevó la muerte
en la punta de su lanza.
Tanto cantaba una flor
como lucía una daga.

Cóndores y bolivianos
a una sota le apostaba
como se largaba al monte,
metiendo miedo a las ánimas.

Fue varón de tres pasiones:
puñal, amor y baraja.
Como otras tantas culebras,
le devoraban el alma.

Por ser de quien era, el flete
se merecía por marca
una "M" como de muerte
con una flor enlazada.

Era pingo de respeto,
de condición ponderada.
Onzas y soles orondos
se confiaban a sus patas.

Amagándole la espuela,
ya se moría de ganas
y en un galope limpito,
las leguas se trajinaba.

Apenas desensillado
-puro relincho y pujanza en
unas carreras locas,
las crines le tremolaban.

Hacía sonar las coscojas
con una inquietud tamaña.
A cruzados y trabados
les corría con ventaja.

Animalito aparente,
era de virtudes raras
y medio facultativo
en cuestión de adivinanzas.

Unos lo tenían por brujo
y otros por pingo de cábala,
desde que en toda ocasión
Quiroga lo consultaba.

No hubo caso ni suceso
que el moro no adivinara:
lo mismo anunciaba triunfos
que otra suerte de las armas.

Nadie lo enfrenó después
del revés de La Tablada,
y ni al mismo general
dejó que se le sentara.

(Quiroga no lo montó
en esa ocasión contraria,
y el moro era de opinión
de no presentar batalla).

De halago, se lo prestó
a ese otro varón de entraña,
López -don Estanislao que
Santa Fe gobernaba.

Tanto se le aficionó
que dio en ponerle su marca,
haciéndolo de su silla
para ocasiones de gala.

Vaya a saber en qué montes
entregó -si tuvo- el alma,
como que siendo tan brujo,
no sería cosa extraña.

Se habrá echado a bien morir
en unas blanduras pampas,
él, que tenía el cuero duro,
hecho a jarillas y zarzas.

Le obedecería aún
la cabeza levantada.
Los ojos, como parados
de mirar a la distancia.

Se le habrá representado
un entrevero de lanzas,
un paisano barba crespa,
algunas tierras sin agua...

¡Quién sabe si se repite
moro de tanta ventaja!
No se le supo la cría,
pero con lo dicho, basta...

martes, 4 de agosto de 2009

La despedida


Pampa toda donosura
jagueles míos, aguadas,
lomitas aquerenciadas
y de pareja lindura:
¿Cuándo, madrugada pura,
me verás de vuelta? ¿Cuándo?
Trébol de olor, pasto blando,
aromita del bibí,
pagos donde yo nací:
adiós, que me voy llorando...

¡Qué cielito para cielo!
¡Qué brillador estrellaje!
¡Qué dadivoso el paisaje
de su verde terciopelo!
Como galopando en pelo
El viento del sur venía.
La pamperada subía,
Azotando el totoral.
Me voy, para bien o mal.
¡Hasta verte, tierra mía!

Tu viento hace estremecer
de gozo las hierbas finas,
y vuelan tus becasinas,
como anunciando el llover.
Todo es callar y aprender
la lección que me estás dando.
Tu alma es un vivir lerdeando
entre frescor de rocíos.
¡Adiosito, pagos míos!
Adiós, que me voy llorando.

Aromoso biznagal,
Flamenquerío rosado,
Plumerito empenachado
de cortadera, juncal;
Estancierío cabal,
laguna, que es un espejo:
con mi tristura me alejo.
¡Ah, días de un tiempo hermoso!
Arroyito alabancioso:
me voy llorando y te dejo...

Lindo tiempo en que mis días
verdeaban, como los pastos.
Eran oros...Para bastos,
hoy bastan las penas mías...
Adiós, madrugadas frías,
campitos de pasto ralo.
A su primor me resbalo
y me recuesto en su amor.
Esos días como flor
se daban del mismo palo...

Búsquenmele comparancia
a semejante hermosura.
Encuéntrenle coyuntara
a las costumbres de estancia.
Los días y su constancia,
su sereno transitar.
Los trigales: el linar,
cielo que se toca y ve.
Tierra a la que me amigué:
¡nunquita te he de olvidar!

El guitarrero




A D. Eduardo Falú.

Si dan crédito al sentir
de este servidor de ustedes,
no hubo, quizá, guitarrero
como Ponciano Paredes.

Tuvo por la de seis cuerdas
una pasión amorosa.
Los dos -él y su guitarra-
Eran una misma cosa.

Por salvarla de un destrozo
hubiera dado la vida.
Con cariño de varón,
la trató como a querida.

Tal vez les parezca extraño.
Tal vez en ella encerró
los dolores que le dijo,
las penas que le confió.

Y al considerarla, acaso,
de sus dolores mortaja,
era como si guardara
toda su vida en la caja.

Por eso, si algún estilo
tocaba por fantasía,
de la prima a la bordona
todo un mundo revivía.

Nunca oí sonar un triste
con esa grave tristeza
ni vi pulsar la guitarra
con tanta delicadeza.

Entre él la de seis cuerdas
un diálogo se barrunta
que viene de lo profundo
y en lo profundo se junta.

A maravilla se entienden.
Si Paredes preguntaba,
bien sabía el guitarrero
lo que ella le contestaba.

Los confesaba al tranquito
la milonga y sus enredos,
y ella temblaba al sentir
la caricia de los dedos.

Si la adornaba con cintas
de una china enamorada,
imaginaba, a la vez,
los celos de la encordada.

Y para darle consuelo
y protestarle su amor,
largamente la pulsaba
con el acorde mejor.

Al afinarla, ajustaba,
con una atención entera,
poniéndole a punto el alma,
las clavijas de madera.

Y, según se presentara
la conveniente ocasión,
en los temples más diversos,
por gusto y por variación.

Por piano o por medio piano,
era tal como les hablo.
y en un tris y con baquía
lograba el temple del diablo.

Ése que tiene una mágica,
según opina la gente,
y para facilitarse
se estilaba antiguamente.

Porque hasta el gaucho más rudo,
sin que pasara un mal rato,
podía, con ese temple,
rasguear lindamente un gato.

Pues, con las cuerdas al aire,
vienen a quedarle así
totalmente armonizadas
prima, cuarta y sexta, en mi.

Bien que, bajo de la prima,
para ajuste de la voz,
la cuarta cae en octava
y la sexta, en cambio, en dos.

Y ya, cuando así se afina
de modo propio y cabal,
tercera en sol sostenido
y cuarta en mi natural.

Les aclaro, por si acaso,
para que nadie confunda,
que permanece en el tono
si natural la segunda.

Y se sostiene la prima
en el de su afinación:
el si natural, al aire,
para justa corrección.

Tal es el temple del diablo
más conocido y cabal.
Aunque prevengo que hay otros
que suelen llamarse igual.

Pero vamos al asunto
de que les hablaba a ustedes:
las mentas de guitarrero
de ese Ponciano Paredes.

Fue mozo sobresaliente
entre gente de su laya.
Yo no he encontrado ninguno
que le pisara la raya.

Sin alardear de cantor,
por su rasguido especial
y su punteo limpito,
no le reconozco igual.

Su fortuna es su guitarra.
Poco es lo que lleva encima.
Era una fiesta escucharlo
haciendo trinar la prima.

Y era un profundo lamento,
como llanto de persona,
la voz de varón curtido
que entregaba su bardana.

Desde el Tandil al Azul,
de Ayacucho a Olavarría,
su fama de guitarrero
constantemente crecía.

Y tanto llegó a cundir
por su baquía y su brillo,
que había llegado a Lobos
y a los pagos del Tordillo.

Medio fruncida la frente
y como ausente lo veo,
en un marote lucido
del más antiguo rasgueo.

O a los pies de las muchachas
echando camperas flores,
en el compás querencioso
del prado o de los amores.

No hay baile en que no lo llamen
y él se aviene a la alegría.
Pero pienso que, en su adentro,
una tristeza tenía.

Nunca le escarbé la causa,
porque soy hombre prudente . .
y no es propio curiosear
en el dolor de la gente.

De ese Ponciano Paredes
aquí la historia finó.
La cuento tal como ha sido
y como la siento yo.

El resero


Al D. Justo P. Sáenz (h).
In memoriam.

A Bienvenido Tolosa
aquí lo alabo y pondero.
No crean que es para todos
el oficio de resero.

Debe ser hombre tranquilo.
Para los trajines, duro.
Capaz de determinarse
en cualquier caso de apuro.

Pues si no admite floreos
y es trabajo que no luce,
responde por el estado
de la hacienda que conduce.

Desde la propia salida
tendrá la tropa entablada
y ha de procurar que marche
bien unida y sosegada.

Con el alba y sin apuro
ha de dejar el corral,
si no hay escarcha en que pueda
resbalar el animal.

Mejor será que descarte,
antes de tomar camino,
el vacuno enfermo o rengo,
que no llegará a destino.

En buena o mala ocasión
será de ánimo parejo:
cauteloso, pero firme,
como hombre de buen consejo.

Se ha de avenir al estado
que un resero representa:
sufrido en los andurriales,
con viento, solo tormenta.

Pues por más que es buen abrigo
la trama de un poncho pampa,
sin sueño se aguantará
entre el mugido y la guampa.

No han de abatirlo en el trance
los rigores absolutos
de las helazones crudas
y los calores más brutos.

Su fin será dirigirse
al destino señalado
y procurar que la tropa
llegue en el mejor estado.

Y entregar sin que le encuentren
una vaquillona enferma,
sin terneros rezagados,
con buen engorde y sin merma.

De aguadas y pastoreos
conocerá el cómo y cuándo.
Los sucesos de la tropa
lo han de encontrar prudenciando.

Pues no faltan alborotos
con el nervioso chicaje,
o si la hacienda se espanta,
o si es arisco el vacaje.

Convendrá darle a la tropa
algún prudente apurón
cuando, pasando las quintas,
se llega a una población.

No grite, porque la altera.
Más que fuerza, vale maña.
Que no le falte un silbido,
porque el animal lo extraña.

Cardo negro y romerillo,
paraíso y quiebra arado
previenen en el vacaje
la mortandad que han causado.

Si va la hacienda sedienta,
se precisa el mayor tino
si a olfatear llega, en el aire,
una aguada o un molino.

Por lotes hay que acercarla
y, antes de que esté saciada,
retirarla con prudencia,
previendo una disparada.

No con pechazos ni gritos, . . .
Sino con suma paciencia
trate al animal que puja
por volver a la querencia.

Hay que atajarlo de frente,
arrimarle dos o tres
y, con ellos, a la tropa
irá a reunirse después.

Pero si la hacienda arisca
ha ocurrido que se espante,
ni intente a esa disparada
atajarla por delante.

Porque es como fuerza ciega
que avanza despavorida,
y jinete que voltea
no ha de dejarlo con vida.

Júntesele campo afuera,
estréchela, en lo posible.
Sígala hasta que se canse
y deje de ser temible.

Recurra en esa ocasión
a los medios más sencillos:
revolear, ganando el campo,
ponchos, matras, cojinillos...

Encontrar un buen resero
es cosa dificultosa.
Por eso le hago comentos
de Bienvenido Tolosa.

Lo conocí con Juan Vargas
y Maximiliano Flores,
que fueron, allá, por Lobos,
dos buenos atajadores.

Con ellos iba Tolosa
resereando por la huella,
con hacienda, casi siempre,
de aquella estancia La Estrella.

Andar y andar fue su sino
de hombre sencillo, y decía
que resereando, tan sólo,
libre y dueño se sentía.

Humilde se presentaba.
No era gaucho presumido.
Cumplidor como ninguno:
así fue ese Bienvenido.

No sé, en las vueltas del mundo,
qué golpe lo habrá tumbado.
Me dicen que lo finó
la puntada de costado.

En un galpón se cortó
una madrugada fría
y cuentan que, en el delirio,
"¡siga!... ¡siga!..." repetía.

Vaya a saber qué visiones
lo estaban acompañando,
con el "¡jopa!..." de la tropa
los recuerdos empujando.

No era para estarse quieto
ni al ocio se avenirá.
Andará por esos cielos,
arreando nubes, quizá...

El pialador



Al Dr. Bonifacio del Carril.
In memoriam.


En los campos del Tandil
era caso comentado
cuando ese Pedro Galdós
echaba un pial de volcado.

Como quiera lo pasaba,
conformándose con nada.
A los males de la vida
le jugaba su risada.

De mozo, aunque se impusiera
con esa estampa y bravura,
para las cosas del mundo
era como criatura.

Porque para ser buen criollo,
por cierto, se necesita,
como ese Pedro Galdós,
tener el alma limpita.

Pialar es toda su vida.
Que no le falte el gustazo
de largar todos los rollos
y escuchar silbar el lazo.

Piala por gusto y oficio,
porque el cuerpo se lo pide,
y su lazo preferido
diez justas brazadas mide.

Es de aquéllos de ocho tientos,
los que se suelen trenzar
de cuero de animal flaco
sacado del costillar.

De boyerito, ya andaba
con su lacito en el anca,
probando disposición
en el tiro de payanca.

Y ya mozo hecho y derecho,
nadie como él desenvuelto
para florearse entre todos
con un pial de codo vuelto.

Bien sabe elegir el tiro
según la ocasión y caso,
y armar con el lazo entero
o reservar, por si acaso.

Porque si el pial sobre el lomo
todos los rollos exige,
no es igual si el pialador
tiro de payanca elige.

El que sobre el lomo tira,
con todo el lazo armará.
Que la argolla dé en el anca
desde luego cuidará.

Y dando soga al vacuno
o al bagual que marche al frente,
de la presilla su lazo
sujetará fuertemente.

Como la cosa más fácil,
así, pialando de a pie,
en ese pial sobre el lomo
a Pedro Galdós se ve.

Una vez supo sacar
con la más segura mano
el famoso pial del trébol,
que aprendió de un entrerriano.

Si Pedro Galdós se afirma
cuando tiró todo el rollo,
no lo arrastra un animal,
siquiera un tranco de pollo.

Y, bien abierto de piernas,
sabe, de modo cabal,
la maña que se requiere
verijeando algún bagual.

En ese pial de volcado
-tal vez su tiro mejor_
cae la armada en el suelo
y se abre como una flor.

Y con el justo tirón
en el momento preciso,
ya Galdós está volteando
un toro o un yeguarizo.

Así se le fueron yendo
veinticinco años cabales,
siempre de peón domador
en la estancia Los Carda/es.

A la briosa juventud
sucedió la madurez,
hasta que los tiempos duros
lo rigorearon después.

Para florearse como antes
las fuerzas no le dan más.
Se le volvieron sus días
largos como pial de atrás.

Avanzado por los años,
ya los setenta pasó,
saboreando en el recuerdo
los baguales que pialó.

Digo, por lo que calculo,
pues ya era mozo -¡qué mucho!-
allá, en el 67,
cuando se fundó Ayacucho.

Matero y madrugador,
se mantiene siempre el mismo,
aunque medio agarrotado
por el rudo reumatismo.

Cuando le llega su fin,
no se le mueve ni un pelo.
A los ochenta se fue
para pialar en el cielo.

Tal vez allá, en las alturas,
por un especial hechizo,
advertirá en una nube
la forma de un yeguarizo.


Y en cualquier tiro de lazo
andará Pedro Galdós
pialando, entre nubarrones,
los animales de Dios.

lunes, 3 de agosto de 2009

El domador



Para amansar un bagual
nadie como Juan Chivico,
que supo ser domador
en la estancia "Abrojo Chico".

Humilde lo conocí,
sin que lograra echar buena,
avenido con su suerte,
allá por la Magdalena.

Pocos he visto en el pago
tan varón en su trabajo
y tan limpito de boca,
pues nunca soltaba un ajo.

Quedado con las mujeres,
no era mozo picaflor.
Se ve que lo trabajaba
algún desgraciado amor.

Más que por la poca paga,
por el gusto del oficio
un caballo hacía de un potro,
sin dejarle ningún vicio.

Le pondero, justamente,
la paciencia que tenía.
Aunque a veces, en el grito,
el indio se le salía.

Porque sacar de un bagual
un caballo superior
no es cosa que esté al alcance
de cualquier frangollador.

Y como Fierro decía
-y entiéndalo quien lo entienda-,
hay mucho frangolladores
que andan de bozal y rienda.

Y presumiendo baquía,
en el fogón de los peones,
no pocos vienen a ser
domadores de tizones.

En pelo suele montar
ese mozo Juan Chivico
y gasta, de puro pobre,
el estribo de pichico.

Para dejar como seda
a los baguales, ya mansos,
bien se aguanta sobre el lomo
mil corcovos y abalanzos.

Tanto mejor es la doma
si la gente no lo apura,
pues no es poco lo que lleva
el tiempo de amansadura.

Bueno es para el redomón
conversarlo por lo bajo,
sacándole las cosquillas,
trabajándolo de abajo.

Pero si el caso es de urgencia,
de buena o mala gana,
potro que requiere meses
se entrega en una semana.

Sale mañoso el bagual
si se amansa con apuro
y es muy difícil después
asentarle el trote duro.

Y para más amolar,
la penitencia no es poca
si, por causa del frangollo,
resulta duro de boca.

Por no darle tiempo al tiempo
queda el quehacer malogrado
y culpan al domador
de los vicios del montado.

Se florea Juan Chivico
si es doma o es jineteada.
Jamás estropeó a un bagual
con alguna rebenqueada.

Y con eso Pedro Choique
-el picado de viruelas-
se daba el bárbaro gusto
de domar a cuatro espuelas.

Ya le han enlazado un potro.
Ya, con un pial, lo han volteado.
Ya en el suelo, lo embozalan
y lo dejan enriendado.

Ahora, embramado en un palo,
le rebajan el furor.
Le desesperan el brío
tres vueltas de maneador.

Bellaco parece el potro,
como el tala cuando pincha.
Pero ya ese Juan Chivico
se está ajustando la vincha.

Aunque le han puesto los cueros,
el potro es de los ariscos.
No ha sabido mezquinar
manotones y mordiscos.

Dificultosa, tal vez,
la domada se presenta.
Juan Chivico, limpiamente,
con un salto, se le sienta.

Y mientras clava la espuela,
en cuanto se le sentó,
a los apadrinadores
"¡lárguenló", ya les gritó.

Allí va, a la disparada,
el bagual enfurecido.
Sacudiéndose a lo bruto,
como un pampero ha salido.

No le valieron sentadas.
Ya sopesa el cuándo y cómo.
Ya, entre corcovos, advierte
que tiene un hombre en el lomo.

Y aunque amenaza bolearse,
no se atreve al domador
que a espuela y rebenque, ahora
le está jugando rigor.

Por fin el bruto se entrega,
como quien se aviene al mando.
Y ya en la boca espumosa
tolera el bocado blando.

Porque ni siendo pueblero
alquien pensará que es bueno
a bruto que ha de domarse
plantarle de entrada el freno.

Ya regresa Juan Chivico
con la más ancha sonrisa.
Hubo yerra aquella tarde
en la estancia "La Altamisa".

Allá se va, en su gateado,
con permiso del patrón,
para unir, sindudamente,
trabajo con diversión.