martes, 4 de agosto de 2009

El resero


Al D. Justo P. Sáenz (h).
In memoriam.

A Bienvenido Tolosa
aquí lo alabo y pondero.
No crean que es para todos
el oficio de resero.

Debe ser hombre tranquilo.
Para los trajines, duro.
Capaz de determinarse
en cualquier caso de apuro.

Pues si no admite floreos
y es trabajo que no luce,
responde por el estado
de la hacienda que conduce.

Desde la propia salida
tendrá la tropa entablada
y ha de procurar que marche
bien unida y sosegada.

Con el alba y sin apuro
ha de dejar el corral,
si no hay escarcha en que pueda
resbalar el animal.

Mejor será que descarte,
antes de tomar camino,
el vacuno enfermo o rengo,
que no llegará a destino.

En buena o mala ocasión
será de ánimo parejo:
cauteloso, pero firme,
como hombre de buen consejo.

Se ha de avenir al estado
que un resero representa:
sufrido en los andurriales,
con viento, solo tormenta.

Pues por más que es buen abrigo
la trama de un poncho pampa,
sin sueño se aguantará
entre el mugido y la guampa.

No han de abatirlo en el trance
los rigores absolutos
de las helazones crudas
y los calores más brutos.

Su fin será dirigirse
al destino señalado
y procurar que la tropa
llegue en el mejor estado.

Y entregar sin que le encuentren
una vaquillona enferma,
sin terneros rezagados,
con buen engorde y sin merma.

De aguadas y pastoreos
conocerá el cómo y cuándo.
Los sucesos de la tropa
lo han de encontrar prudenciando.

Pues no faltan alborotos
con el nervioso chicaje,
o si la hacienda se espanta,
o si es arisco el vacaje.

Convendrá darle a la tropa
algún prudente apurón
cuando, pasando las quintas,
se llega a una población.

No grite, porque la altera.
Más que fuerza, vale maña.
Que no le falte un silbido,
porque el animal lo extraña.

Cardo negro y romerillo,
paraíso y quiebra arado
previenen en el vacaje
la mortandad que han causado.

Si va la hacienda sedienta,
se precisa el mayor tino
si a olfatear llega, en el aire,
una aguada o un molino.

Por lotes hay que acercarla
y, antes de que esté saciada,
retirarla con prudencia,
previendo una disparada.

No con pechazos ni gritos, . . .
Sino con suma paciencia
trate al animal que puja
por volver a la querencia.

Hay que atajarlo de frente,
arrimarle dos o tres
y, con ellos, a la tropa
irá a reunirse después.

Pero si la hacienda arisca
ha ocurrido que se espante,
ni intente a esa disparada
atajarla por delante.

Porque es como fuerza ciega
que avanza despavorida,
y jinete que voltea
no ha de dejarlo con vida.

Júntesele campo afuera,
estréchela, en lo posible.
Sígala hasta que se canse
y deje de ser temible.

Recurra en esa ocasión
a los medios más sencillos:
revolear, ganando el campo,
ponchos, matras, cojinillos...

Encontrar un buen resero
es cosa dificultosa.
Por eso le hago comentos
de Bienvenido Tolosa.

Lo conocí con Juan Vargas
y Maximiliano Flores,
que fueron, allá, por Lobos,
dos buenos atajadores.

Con ellos iba Tolosa
resereando por la huella,
con hacienda, casi siempre,
de aquella estancia La Estrella.

Andar y andar fue su sino
de hombre sencillo, y decía
que resereando, tan sólo,
libre y dueño se sentía.

Humilde se presentaba.
No era gaucho presumido.
Cumplidor como ninguno:
así fue ese Bienvenido.

No sé, en las vueltas del mundo,
qué golpe lo habrá tumbado.
Me dicen que lo finó
la puntada de costado.

En un galpón se cortó
una madrugada fría
y cuentan que, en el delirio,
"¡siga!... ¡siga!..." repetía.

Vaya a saber qué visiones
lo estaban acompañando,
con el "¡jopa!..." de la tropa
los recuerdos empujando.

No era para estarse quieto
ni al ocio se avenirá.
Andará por esos cielos,
arreando nubes, quizá...

El pialador



Al Dr. Bonifacio del Carril.
In memoriam.


En los campos del Tandil
era caso comentado
cuando ese Pedro Galdós
echaba un pial de volcado.

Como quiera lo pasaba,
conformándose con nada.
A los males de la vida
le jugaba su risada.

De mozo, aunque se impusiera
con esa estampa y bravura,
para las cosas del mundo
era como criatura.

Porque para ser buen criollo,
por cierto, se necesita,
como ese Pedro Galdós,
tener el alma limpita.

Pialar es toda su vida.
Que no le falte el gustazo
de largar todos los rollos
y escuchar silbar el lazo.

Piala por gusto y oficio,
porque el cuerpo se lo pide,
y su lazo preferido
diez justas brazadas mide.

Es de aquéllos de ocho tientos,
los que se suelen trenzar
de cuero de animal flaco
sacado del costillar.

De boyerito, ya andaba
con su lacito en el anca,
probando disposición
en el tiro de payanca.

Y ya mozo hecho y derecho,
nadie como él desenvuelto
para florearse entre todos
con un pial de codo vuelto.

Bien sabe elegir el tiro
según la ocasión y caso,
y armar con el lazo entero
o reservar, por si acaso.

Porque si el pial sobre el lomo
todos los rollos exige,
no es igual si el pialador
tiro de payanca elige.

El que sobre el lomo tira,
con todo el lazo armará.
Que la argolla dé en el anca
desde luego cuidará.

Y dando soga al vacuno
o al bagual que marche al frente,
de la presilla su lazo
sujetará fuertemente.

Como la cosa más fácil,
así, pialando de a pie,
en ese pial sobre el lomo
a Pedro Galdós se ve.

Una vez supo sacar
con la más segura mano
el famoso pial del trébol,
que aprendió de un entrerriano.

Si Pedro Galdós se afirma
cuando tiró todo el rollo,
no lo arrastra un animal,
siquiera un tranco de pollo.

Y, bien abierto de piernas,
sabe, de modo cabal,
la maña que se requiere
verijeando algún bagual.

En ese pial de volcado
-tal vez su tiro mejor_
cae la armada en el suelo
y se abre como una flor.

Y con el justo tirón
en el momento preciso,
ya Galdós está volteando
un toro o un yeguarizo.

Así se le fueron yendo
veinticinco años cabales,
siempre de peón domador
en la estancia Los Carda/es.

A la briosa juventud
sucedió la madurez,
hasta que los tiempos duros
lo rigorearon después.

Para florearse como antes
las fuerzas no le dan más.
Se le volvieron sus días
largos como pial de atrás.

Avanzado por los años,
ya los setenta pasó,
saboreando en el recuerdo
los baguales que pialó.

Digo, por lo que calculo,
pues ya era mozo -¡qué mucho!-
allá, en el 67,
cuando se fundó Ayacucho.

Matero y madrugador,
se mantiene siempre el mismo,
aunque medio agarrotado
por el rudo reumatismo.

Cuando le llega su fin,
no se le mueve ni un pelo.
A los ochenta se fue
para pialar en el cielo.

Tal vez allá, en las alturas,
por un especial hechizo,
advertirá en una nube
la forma de un yeguarizo.


Y en cualquier tiro de lazo
andará Pedro Galdós
pialando, entre nubarrones,
los animales de Dios.

lunes, 3 de agosto de 2009

El hombre que sirve a un rico



El hombre que sirve a un rico
Siempre deba abrir el ojo,
Que cuando ne lo guste algo
Se ha'i ver botado por flojo.

Si al rico le entra una espina,
Está de enfermo muriendo
Si al pobre le dentran veinte:
"Delicao te estás haciendo".

Cuando al rico le duele algo,
Se le oyen dos mil clamores;
Y cuando el pobre se enferma:
"Que sufra el pobre, que es pobre".

Cuando el pobre anda queriendo,
Viene el rico y se atraviesa;
De allá sale el pobrecito
Rascándose la cabeza.

Al rico le ponen silla,
Y al pobre le ponen banco;
Y allá queda el pobrecito,
Como tronco en medio el campo.

Si un pobre llega a una casa,
Y mates están cebando,
Milagro que le dan uno
Con los palitos nadando.

Y si un rico se ha llegado,
Por ser la primera vez,
le dice la dueña 'i casa:
"¿Se sirve mate o café?"

Si el rico va con el pobre,
Y los dos de compañeros,
Pa 'l rico hay cama tendida,
Que el pobre duerma en el suelo.

Si un pobre va a un almacén,
Uno a los otros se miran,
Y se les oye decir:
"Este viene por bebida".

Y si al rico lo ven ir,
Le sale el almacenero
Con el sombrero en las manos:
"Apiesé, pues, caballero."

Si el pobre pide una copa,
Por milagro que ha llegado,
Le sirve el almacenero
Licores entreverados.

Y si el rico le ha pedido
De los licores mejores,
Le sirve el almacenero:
"Tome, sirvasé en mi nombre."

Si el pobre ha tomao la copa,
Dicen: "Pobre borrachón".
Si el rico anda por el suelo:
"Qué alegre que anda el señor."
..................................

(Cantares Tradicionales del Tucumán)

El domador



Para amansar un bagual
nadie como Juan Chivico,
que supo ser domador
en la estancia "Abrojo Chico".

Humilde lo conocí,
sin que lograra echar buena,
avenido con su suerte,
allá por la Magdalena.

Pocos he visto en el pago
tan varón en su trabajo
y tan limpito de boca,
pues nunca soltaba un ajo.

Quedado con las mujeres,
no era mozo picaflor.
Se ve que lo trabajaba
algún desgraciado amor.

Más que por la poca paga,
por el gusto del oficio
un caballo hacía de un potro,
sin dejarle ningún vicio.

Le pondero, justamente,
la paciencia que tenía.
Aunque a veces, en el grito,
el indio se le salía.

Porque sacar de un bagual
un caballo superior
no es cosa que esté al alcance
de cualquier frangollador.

Y como Fierro decía
-y entiéndalo quien lo entienda-,
hay mucho frangolladores
que andan de bozal y rienda.

Y presumiendo baquía,
en el fogón de los peones,
no pocos vienen a ser
domadores de tizones.

En pelo suele montar
ese mozo Juan Chivico
y gasta, de puro pobre,
el estribo de pichico.

Para dejar como seda
a los baguales, ya mansos,
bien se aguanta sobre el lomo
mil corcovos y abalanzos.

Tanto mejor es la doma
si la gente no lo apura,
pues no es poco lo que lleva
el tiempo de amansadura.

Bueno es para el redomón
conversarlo por lo bajo,
sacándole las cosquillas,
trabajándolo de abajo.

Pero si el caso es de urgencia,
de buena o mala gana,
potro que requiere meses
se entrega en una semana.

Sale mañoso el bagual
si se amansa con apuro
y es muy difícil después
asentarle el trote duro.

Y para más amolar,
la penitencia no es poca
si, por causa del frangollo,
resulta duro de boca.

Por no darle tiempo al tiempo
queda el quehacer malogrado
y culpan al domador
de los vicios del montado.

Se florea Juan Chivico
si es doma o es jineteada.
Jamás estropeó a un bagual
con alguna rebenqueada.

Y con eso Pedro Choique
-el picado de viruelas-
se daba el bárbaro gusto
de domar a cuatro espuelas.

Ya le han enlazado un potro.
Ya, con un pial, lo han volteado.
Ya en el suelo, lo embozalan
y lo dejan enriendado.

Ahora, embramado en un palo,
le rebajan el furor.
Le desesperan el brío
tres vueltas de maneador.

Bellaco parece el potro,
como el tala cuando pincha.
Pero ya ese Juan Chivico
se está ajustando la vincha.

Aunque le han puesto los cueros,
el potro es de los ariscos.
No ha sabido mezquinar
manotones y mordiscos.

Dificultosa, tal vez,
la domada se presenta.
Juan Chivico, limpiamente,
con un salto, se le sienta.

Y mientras clava la espuela,
en cuanto se le sentó,
a los apadrinadores
"¡lárguenló", ya les gritó.

Allí va, a la disparada,
el bagual enfurecido.
Sacudiéndose a lo bruto,
como un pampero ha salido.

No le valieron sentadas.
Ya sopesa el cuándo y cómo.
Ya, entre corcovos, advierte
que tiene un hombre en el lomo.

Y aunque amenaza bolearse,
no se atreve al domador
que a espuela y rebenque, ahora
le está jugando rigor.

Por fin el bruto se entrega,
como quien se aviene al mando.
Y ya en la boca espumosa
tolera el bocado blando.

Porque ni siendo pueblero
alquien pensará que es bueno
a bruto que ha de domarse
plantarle de entrada el freno.

Ya regresa Juan Chivico
con la más ancha sonrisa.
Hubo yerra aquella tarde
en la estancia "La Altamisa".

Allá se va, en su gateado,
con permiso del patrón,
para unir, sindudamente,
trabajo con diversión.

La leyenda del Coquena


Cazando vicuñas anduve en los cerros.
Heridas de bala se escaparon dos.
-No caces vicuñas con arma de fuego,
Coquena se enoja - me dijo un pastor.

- ¿Por qué no pillarlas a la usanza vieja,
cercando la hoyada con hilo punzó?
¿Para qué matarlas, si sólo codicias
para tus vestidos el fino vellón?

-No caces vicuñas con arma de fuego,
Coquena las venga, te lo digo yo.
¿No viste en las mansas pupilas oscuras
brillar la serena mirada del dios?

-¿Tú viste a Coquena?
-Yo nunca lo vide,
pero sí mi agüelo - repuso el pastor;-
una vez oíle silbar solamente,
y en unos tolares, como a la oración.

Coquena es enano; de vicuña lleva
sombrero, escarpines, casaca y calzón;
gasta diminutas ojotas de duende,
y diz que es de cholo la cara del dios.

De todo ganado que pace en los cerros,
Coquena es oculto, celoso pastor;
si ves a lo lejos moverse las tropas,
es porque invisible las arrea el dios.

Y es él quien se roba de noche las llamas
cuando con exceso las carga el patrón.

En unos sayales, encima del cerro,
guardando sus cabras andaba el pastor;
zumbaba en los iros el gárrulo viento,
rajaba las piedras la fuerza del sol.

De allende las cumbres de nieves eternas,
venir los nublados miraba el pastor,
después la neblina cubrió todo el valle,
subió por las faldas y el cerro tapó...

Huyó por los filos el hato disperso,
y a gritos, en vano, lo llama el pastor.
La noche le toma sentado en cuclillas,
y un sueño profundo sus ojos cerró.

Cuando el alba tiñe - limpiando los cielos-
de rosa las abras, despierta el pastor.
Junto a él, a trueque del hato perdido,
Coquena, de oro le puso un zurrón.

No más en los cerros guardando sus cabras,
las gentes del valle vieron al pastor;
Coquena dispuso que fuese muy rico.
Tal premia a los buenos pastores el dios.

La Salamanca


Arreando ganado, camino de Chile,
tres cargas perdimos en un cañadón.
En unas aguadas, al cerrar la noche,
fuimos a toparlas, yo con otro peón.

Lejos, a trasmano, quedaba la tropa,
la noche era oscura, pesado el tirón.
De cama, a la espera que brille la luna,
en lo seco echamos apero y jergón.

Calculo sería más de media noche,
cuando nos despierta singular rumor:
cantar de mujeres y tun tún de cajas,
que el viento traía con distinto son.

- Sin duda de fiesta - dije - en estos pagos
andará gente, pues sábado es hoy.
¿Qué tal que vayamos a buscar el baile?
Dijo el compañero: - Güeno, vámonos.

Maneamos las mulas y a pie nos largamos,
ya oíamos cerca sonar el rumor.
En una quebrada, doblando un recodo,
un rancho a la vista se nos presentó.

Ni perro, ni luces, ni fuego en el rancho...
cada vez más cerca se oía el rumor,
agora de gritos y de carcajadas,
y de juramentos y de confusión.

Al filo de un cerro pareció la luna,
patente, un guanaco sobre ella pasó;
calcado en el cielo bajó por el filo,
y agudo relincho los aires llenó.

Mal agüero es éste - dijo el compañero -
que toda esa bulla se me hace ilusión.
Recemos un credo, que aquí es Salamanca,
y de ella nos libre por siempre el Señor.

Del otro lao de la vía


- "Ayer te he visto rumbiando
pal otro lao de la vía.
Ya sabés que yo no quiero
que andés con esa gavilla.
¿Qué amigo podés contar
que viva en la ranchería?
Vos sos un hijo de López
y a mí, mucho se me envidia,
¿qué ganás con esa gente
del otro lao de la vía?"

La madre salío en su ayuda:
-"Lo mandé por la Florinda
para que venga a lavar
porque ando con fatiga".
El hijo le agradeció
la bondad a esa mentira
y despacio dijo al padre:
-"Es inútil que me riñas
allí tengo mis amigos
y una novia que es divina".

Don Lopez había emplumado.
Cuatro camiones tenía
y una yunta 'e parejeros
que no conocían la gramilla.
Un domingo, en otro pueblo,
ganó su oscuro "el Hormiga".
Se entretuvieron un rato
festejando en la cantina
y cuando subió a su auto
la pampa estaba dormida.

Le gustaba correr fuerte
y el coche le respondía.
La noche ocultó el martillo
de la estancia "La Atrevida".
Don Lopez sintió el volante
anidarse en sus costillas.
Él recibió la peor parte,
pero la suerte es amiga.
Los levantó un camionero
sino, para siempre se iba.

Quince días lo cuidaron
y le salvaron la vida.
¡Benditos sean los doctores
con esa misión tan linda!

Ya quiere andar a los gritos
pero su mujer lo mima
y le dice: -"Mirá viejo,
ahora que todo es sonrisas
tengo que decirte algo
así mi frente se alivia".

"No quiero sentirte más
despreciar las cosas lindas
y menos negarle al hijo
que busque su compañía.
Porque si hoy tenés la suerte
de ver el sol que te abriga,
hubo que buscar cien venas
y ahí la plata no camina;
y toda esa sangre vino
del otro lao de la vía".

Clava su vista en el suelo
y todo su orgullo emigra.
Él que quería olvidar
que de ese lado venía
lo llama al hijo y le dice:
-"Traeme a tu prometida,
y por favor, cuando llegues
a esa criollaza guarida,
¡Mil saludos a esa gente,
del otro lao de la vía!"