lunes, 4 de mayo de 2009

El tuse de mi pingo.


Siempre me gusta tusarlo
y más si tengo un paseo,
porque pa mí es un floreo
cuando tengo qu'empilcharlo.
Dispués me gusta mirarlo
y observar su movimiento,
rebosando de contento
cuando se me muestra altivo,
y con el pie en el estribo
ya caminando, lo muento.

Naides podrá criticar
el tuse de cogotillo,
ni la altura del martillo
que siempre le sé dejar.
Y han de ponerse a mirar
cada pata bien pelada,
y la cola recortada
arribita del garrón,
a la caída del jamón
bien abierta y cepillada.

Una vez que ya ha salido
y divisa campo ajuera,
hace jugar la testera
escarciando en son medido.
Estornuda presumido
como luciendo el recao,
que le queda de asentao
como si juera exprofeso,
y juega sobre el pescuezo
las riendas, mi colorao.

Gurisa



Que como "jue" eso, que siendo ya viejo,
y cuasi hocicando p’al campo sagrao;
dijunteara a un hombre en mi rancho mesmo;
y, ¿tranquilamente, me haya presentao?

Ustedes no saben. En mi rancho criollo,
como una reliquia guardaba una flor.
Última pitada que ya cuasi añoso
este viejo gaucho le encajó al amor.

Mi linda gurisa, era mi alegria;
por ella vivía, por ella luché.
Por ella mil veces he pasao por maula;
pa’que no llorara, mil rabias tragué.

Pero ayer de tarde se murió en mis brazos,
haciendo pedazos a mi corazón.
Perdóneme Tata, he dado un mal paso;
me dijo en un beso que me enloqueció.

Sabiendo quien era, jui en busca del maula;
un gaucho orejano ‘n’el pago mentao.
A lonjazos limpios lo traje a las casas;
frente a mí gurisa mi honor he vengao.

Aura qué me importa lo que ustedes piensen;
si pa’mí en la vida tuito s’acabó.
No anden con chiquitas, que sea la condena,
si fuera posible; a muerte, señor.

Mala estrella



Al pie de una cruz de palo
donde no hay ni una flor seca,
se han arrodiyao dos criollos:
se persignan y se alejan
tomando distinto rumbo...

Hasta que la polvareda,
que se levantó a mirarlos,
al no verlos más...se acuesta.
A según cuenta el que sabe,
bajo esa cruz de madera
está enterrada la causa
que los junta y los aleja.

Ella jué una linda moza
de ojazos y trenzas negras;
de cuerpo pa dir con guía
y no perderse en sus sierras
y no enredarse en sus brazos
qu'eran misturao con yedra
y no besarla en la boca;
qu'era firmar la sentencia.

Ellos; dos criollos, hermanos;
sin más amor que la vieja
que los créiba dos gurises;
y ellos: siempre a complacerla,
a quién le daba más mimos
o a quién sabía más quererla.

Pero apareció Mandinga
de ojazos y trenzas negras
y pialó a los dos hermanos.

Ellos, dejaron la vieja
abriéndola campo al odio
y estaquiando a la concencia.
Ella jugó con los dos.
Hasta que llegó una güelta
que los dos se dispusieron
perder la vida por ella.

Y llegaron junto al rancho
alocaos, a toda rienda;
y dispuestos a matarse
echaron los dos pie a tierra.

-"¡Por sus ojos!..." dijo uno
y su facón fue una flecha;
y el otro parando el golpe
gritó:-"¡Por sus trenzas negras!"
Mas hay algo tan extraño
en tan extraña contienda...

Los cuchillos sin buscarse
en cada amago se encuentran.
¡Es serenata de muerte
qu'están cantando por ella!
Y ella responde al llamao.

En cuanto asoma a la puerta,
un grito; rueda en los campos
que repercute en las sierras.
Es un grito de dolor;
un grito de madre y hembra.

Un grito desesperao
de mujer que se despierta
cuando ya, su cuerpo es vaina
de dos cuchillos, que ella
hizo poner frente a frente
tal vez por su mala estrella.

Y al cumplirse cada año;
bajo esa cruz de madera
se arrodillan dos paisanos,
se persignan y se alejan
tomando distinto rumbo.

Hasta que la polvareda
que se levantó a mirarlos,
al no verlos más, se acuesta.

domingo, 3 de mayo de 2009

Astilla 'e caldén.


-¿Conque sos hijo de Julián Ledesma?
¡Muy buen hombre!, ¿verdá?
Cuando decente, racionaba los caballos de carrera;
tallaba al monte con tan buena suerte
que su cartita lo esperaba en puerta,
¡y hay que ver cómo araba!...
en los boliches, cada vez que tiraba de dos vueltas.

De cumplirse el refrán aquél que dice:
"que da el palo torcido astilla hueca",
no has de ser apegao pa los trabajos
y has de tener más vicios que decencia.

- Patrón, no siga más. Usté no sabe
hasta dónde me duelen sus ofensas.
Que mi tata haiga sido lo que ha sido
no lo puede negar, así quisiera
ya qu'en los hombres caídos en disgracia
se asienta el filo de las malas lenguas
pa cortar en la lonja de los hijos
haciéndoles cargar culpas ajenas.

Pero usté se olvidó que yo, de chico,
ya le sabía el color a la vergüenza
y abandoné pa siempre las paredes
que mi tata ensuciara con sus hechos.

Y agarré pa los campos de trabajo,
ande no hay pulperías ni carreras
y hay sólo un modo de ganar la plata
hecho a fatigas y a sudor que cuesta.

Juí boyero, mensual; uñí los güeyes
y juí como la sombra del mancera.
Más tarde, esquilador de los muy pocos
que contaron sus latas de a doscientas.

Después, cuando los soles de diciembre
hicieron cierto lo que jue promesa
y los trigos lucieron sus espigas
en la fiesta de pan de la cosecha,
la horquilla me enllenó la mano 'e callos
que me dieron patente de decencia.

Y áura, patrón, me voy, si le parece;
pero quiero decirle, pa que sepa,
qu'el caldén es torcido como tata
¡y naides niega que su astilla es güena!

Miranda


Dentraba el domingo en lunes
entre duraznos y caña;
y estaba la pulpería,
con tanta gente "achicada".
Unos jugaban al truco,
en un rincón se tallaba,
el bolichero servía
mientras la dueña cobraba.
Y un mamao buscaba pilchas
para tenderse una cama.

En la puerta del boliche
una viejita clamaba:
-"¡No beba más mi muchacho!"
-"Vaya tranquila mi mama,
que yo hace tiempo que solo
me sujeto las bombachas...".
Y volviéndose al boliche,
gritó: -"¡Pulpero, otra caña!
A la salud de mi vieja
y por el finao Miranda,
que ya se quedó sin moza
en el baile de los talas".

-"No se apure a brindar solo
amigo, ¡pida otra caña!"
Gritó un jinete en el patio
que traiba una china en ancas.
Jusilao por los mirones
dentró al boliche Miranda.
-"¡Vengo, porque yo sabía
que aquí alguien me esperaba
para pedirme perdón,
a causa de una judiada!".

-"A usted le hablo, mocito;
deje pa luego esa caña".
Y de un revés hizo polvo
el vaso contra las chapas!
Hacen cancha los mirones.
Dos fierros dejan su vaina.
Al mamao le sobran pilchas,
y una flor queda orejada.

Los dos buscan en el candil
les de la luz en la espalda
y defienden fierro a fierro
por tener esa ventaja.
Se hacen arco en un esquive,
en un hachazo se agrandan,
es puñalada que tiran
y es puñalada que atajan.
Y el chocar de los cuchillos
un fin trágico presagian.
Ahí cái un sombrero al suelo
con un barbijo en el ala.

¡Miranda sangra en la frente,
el otro en el pecho sangra!
Y mientras pierde terreno,
Miranda saca ventaja;
y ha enfilado su cuchillo
con la furia de la rabia.

¡Un grito llena la noche
que deja la sangre helada!
Es el dolor de una madre
que pide pa su hijo, gracia.

Miranda detuvo el brazo.
Pero no pudo la anciana
detener el de su hijo
que en traidora puñalada
dejó tendido en el suelo,
a quien ya lo perdonara.

Y limpiando su cuchillo,
gritó: -"¡Pulpero, otra caña!
¡A ver si hay alguien capaz
que me prive de tomarla!"

¡Y se la bebió de un trago
mientras la madre...rezaba!

Como ñudo potriador.


Como ñudo potriador
que sin ceñirse asujeta.
A mi alma de gaucho pueta
ansí la ciñe tu amor.
Y nu es que apriete el rigor
sino que ya aquerenciao,
aunque a veces me has dejao
pastiar, con las riendas sueltas:
en ves de dirme doy güeltas
como borrego alunao.

Fué tu cariño el bozal
que me acercó a l'enramada.
El cabresto, la mirada,
y tus brazos el corral.
Por más que yo era bagual
y tuve al lazo ricelo.
Aura, me suben en pelo,
y apenas ya sí mosqueo:
y aunque decirlo sea feo
si otros te miran, te celo...

A toda güeya que sigo
vas de mi flete a la par,
si canto, te oigo cantar.
Si sueño, soñás conmigo.
Mirá qué cosas, ¡chá digo!
Pueden pasarle a un varón,
dispués de ser redomón
golverse chuzo maceta.
Que anda clavando la jeta
por culpa del corazón.

Ya ves que me has dominao
y si hoy pudiera soltarme,
de miedo a no acostumbrarme
prefiero quedarme atao.
Aveces, cuando el pasao,
me hace mirar campo ajuera,
aunque el estinto quisiera
de nuevo ser volador,
siento el ñudo potriador
y uvedesco a tu esidera.

Temporal


Ponchazos de sudestada
van arreando al aguacero,
como lonjeándole el cuero
a la hacienda amontonada.
El pajal en marejada
se dobla a su arremetida,
y alguna oveja perdida
de la majada distante,
como una queja implorante
bala en triste despedida.

Mas desolada y sombría
la noche, lúgubre avanza,
mientras como una esperanza
se apaga la luz del día.
Todo en doliente agonía
sigue del viento el calvario,
y a veces, como un rosario
de negras cuentas, volando.
Pasan los cuervos gritando
sobre el campo solitario.

El gateado en el corral
baja el pescuezo tristón,
y buscando protección
pone el anca al temporal.
Yo adentro del rancho igual
doy la espalda a mi desvelo,
y acariciando un consuelo
junto al fogón me he quedado,
lo mismo que está el gateado
como rezándole al suelo.

A los fuertes sacudones
del viento, el sauce llorón,
se dobla igual que un varón
a fuerza de decepciones.
Sobre los viejos horcones
gime a veces la cumbrera,
y alguna que otra gotera
se va filtrando del techo,
como penas en un pecho
sin esperanzas siguiera!