jueves, 26 de agosto de 2010

Entero quiero quemarme (Estilo)

(Pintura: Carlos Montefusco)
La pampa supo mi paso
cuando marché pa'la guerra
pues fui golpiando la tierra
con la rudeza 'e mi canto.
Hoy, después de rodar tanto
entre los campos salvajes
dejé 'e cantarle al coraje
para cantarle a tu amor
que's lo mesmo que una flor
después de tan largo viaje.

Cuando en el cruel entrevero
asquiao de sangre y lanzasos
pensaba en bajar los brazos
y ansina entregar el cuero,
me asaltaba tu ricuerdo
y me abrazaba tan fuerte
que la espantaba a la muerte
y me infundía valor;
prienda, en la guerra, tu amor
jue mi ponchito'e la suerte.

Hoy que me encuentro de vuelta
en el pago'e tu cariño
le pongo un poncho de olvido
a lo mucho que sufrí;
debo sentirme feliz
de que supiste esperarme
por eso voy a quedarme
a tu lado mientras viva,
y en tu pasión encendida
entero quiero quemarme.

Amanecer en la Estancia


En sus últimos bostezos,
se está durmiendo el lucero,
y hay un cantar mañanero,
con música de embelesos,
la brisa deja sus besos,
sobre la vegetación,
y en esa gran floración,
sobre el campo refulgente,
allá en el lejano oriente,
enciende el sol su fogón.

Con sus tintes color grana,
y mágicos esplendores,
entre matices de flores,
ya despierta la mañana;
desde la fronda desgrana,
su melodía de zorzal
lo acompaña un cardenal,
y una calandria cantora,
pone una nota sonora,
en esa orquesta auroral.

Ya cada peón de la estancia,
después de cimarronear,
su caballo va a buscar,
y lo ensilla con prestancia,
mientras se oye en la distancia,
el tañido de un cencerro,
bala un ternero en su encierro,
y un paisano en el corral,
palenquea un animal
y se oye ladrar un perro.

En la espléndida mañana
que de su sueño desvela,
hay un chajá centinela
saludando con su diana,
la alborada se engalana
con su nota matutina,
hay claridad cristalina,
natural de los arroyos,
en los despertares criollos
de nuestra tierra Argentina.

De cepa criolla

(Pintura: Carlos Montefusco)
Ya parece que el criollismo
ha rodado campo afuera,
como si alguno lo hubiera
empujado hacia el abismo;
el paisano no es el mismo
de otras épocas pasadas,
van llegando las gringadas
con el calor de sus lumbres
a robarnos las costumbres
de tanto tiempo arraigadas.

Será muy lindo todo eso
pero a nuestra hermosa historia
la borra de la memoria
el avance del progreso;
hasta el soberano beso
que nos brindara el pampero
ha cambiao de derrotero,
de fortaleza y de ropa...
Tal vez se embarcó pa Uropa
llevando carnes y cueros!

Basta mirar los fogones
pa dasre cuenta e la cosa,
pura gringada hacendosa
mesturada entre los piones;
todos van de pantalones
luciendo su triste facha;
ya se ha muerto la bombacha
y si hay un criollo en la rueda,
tiene blanduras de seda
y es humilde como guacha.

Ha muerto la tradición
del tiempo de Martín Fierro,
y el gauchaje como perro
siguiendo la procesión;
es una desolación
que tiene pesos de plomo
no hay criollos ni por asomo,
y se ven los argentinos
patiando por los caminos
con las cargas en el lomo!

Los paisanos han tenido
tropilla, mujer y rancho,
y hoy andan como el carancho
dando vueltas afligidos;
los gorriones han venido
y la calandria se fue,
ni una payada se vé
que recuerde a Santos Vega...
El gringo a caballo llega
y el pobre criollo, de a pie!...

Charlas de fogón

(Pintura: Carlos Montefusco)
¿En mis tiempos? ¡ Había'e pasar eso!
¡Cualquier día mis jefes se entregaban
mientras quedase medio taco'e pólvora
y se hallase un bagual en la campaña!

¿Q'en Tupambay y en Masoller quedaron
panza arriba unos cuantos? ¡Vaya... vaya...!
¡En el Sauce, estuvimos cinco días
recogiendo los muertos, a carradas,
y entuavía con tantos que sobraron
se rellenaron tuitas las barrancas!

¡Engordaban los pastos, con la sangre
q'empapaba los campos de la patria!
Entonces se atracaban cuerpo a cuerpo.
¡No se tiraban dende veinte cuadras!

¡Clavando al redomón la nazarena,
viboriando la lanza,
pegaos al costillar, como los indios,
y dando al aire las golillas blancas,
ansina es que cargábamos nosotros!
¡Ansina el entrevero se formaba!
Boliadora, facón, lanza y trabuco,
mano a mano y en lay, como Dios manda!

¿Áura? Fusiles de cuarenta tiros
que alcanzan a cien cuadras,
y si las moras pican de cerquita,
como el guazuvirá, golver el anca!

El gauchaje en mis tiempos, se reía
del alboroto que arma la metralla;
¿los cañones? servían... ¡pa enlazarlos
y tráirlos a tirones, como rastra!

Yo no digo que ustedes sean más flojos;
ya sé q'hicieron, sí, la pata ancha...
pero ¡canejo!, no es ni parecido
a aquellos tiempos de mi edá pasada!
.............................
Ansí, en la rueda del fogón, de noche,
en la cocina grande de la estancia
un viejo nos habló. Y lo escuchamos
con rispeto y callaos, que su palabra
tenía el prestigio de catorce heridas
ganadas en el campo de batalla,
cuando los años no le habían dejao
cáidos los brazos y la barba blanca!

Y aemás q'es puro rezongar de viejo
que por sus nietos se le cae la baba;
él sabe bien del modo que peliamos,
que quien nos redotó, jué la disgracia...
¡Sobre el pucho nomás, estamos prontos
pa salir otra vez, por la revancha!

El criollo es siempre el mesmo
de chiripá bordao o de bombacha;
y sabe pelear, áura, igualito
que allá en los tiempos de la edá pasada.

¡No jué más duro el Sauce o Manantiales
que Tupambay, Illescas o Las Palmas!

Y aunque el viejo lo sabe, nos rezonga,
cuando entre mate y mate nos relata
las cosas de su tiempo... Y es que entonces
él, de cerquita véia las hazañas,
y áura se queda en el fogón, matiando,
mientras los nuevos hacen las hombradas.

lunes, 23 de agosto de 2010

Un día sobre el Callvú


Corre el arroyo cantando
entre juncos y totoras.
La tibia luz de la aurora
el campo va iluminando.
El cielo se va pintando
de un color rosa subido.
Anda en el aire, esparcido,
olor a tierra mojada.
Se va la noche apurada.
Un nuevo día ha nacido.

Ya está el campo en movimiento
y entre cardal y pajales
retozan unos baguales,
colas y clinas al viento.
Un hornerito contento
canta sobre una barranca;
coqueta, una garza blanca
usa el arroyo de espejo
y en un sauce mimbre viejo,
un toro se rasca el anca.

El violín de la chicharra
va anunciando el medio día;
su chirriante melodía
el aire puro desgarra.
Como si fuera una garra,
aprieta fuerte el calor.
Todo es calma alrededor
y, si se mira a lo lejos,
parece el campo un espejo
a causa del resplandor.

Cansado el sol de trotar
por el potrero del cielo,
busca la comba del suelo
y se acuesta a descansar.
Se ve a las aves buscar
la protección de sus nidos
y un grillo, en Do Sostenido,
mirando salir la luna,
canta una canción de cuna
a un día que se ha dormido.

Por eso canto estas cosas

Qué lindo en noche estrellada
tenderse bajo el azul
cubrirse con el tul
de una luna desvelada,
para escuchar la alocada
serenata de los grillos
que bajo los espinillos
pulsan violines copleros,
mientras sapos laguneros
corean los estribillos.

La noche tiene sonidos
misteriosos e inquietantes
que galopan incesantes
sobre los campos dormidos.
Mezclado con los chistidos
de lechuzas agoreras,
el viento en las cortaderas
pone murmullos sedosos
cual arrullos vaporosos
de femeniles polleras.

Cuando precisa el cristiano
en sí mismo reencontrarse,
para poder serenarse
es bueno que acuda al llano.
Allí se siente el humano
a veces tan pequeñito
que puede quedar limpito
con tan sólo contemplar
la grandiosidad estelar
que nos brinda el infinito.

Soy de estos pagos sureros
donde la vista no alcanza
a medir en lontananza
el largo de los senderos.
Donde los vientos pamperos,
al estrujar los pajales,
crean voces fantasmales
que impregnan la inmensidad
con cantos de libertad
y relinchos de baguales.

Por eso canto estas cosas.
Por eso quiero estos pagos
que me perfuman, con vagos
vapores de miel y rosas,
con mañanas luminosas,
con ardientes mediodías,
noches con melancolías
por culpa de las guitarras
que a mi alma le han puesto amarras
y a mi mente fantasías.

Abuelo Pampa

(Pintura: Carlos Montefusco)
Abuelo pampa que andás
en mi sangre galopando
y en mi pulso vas marcando
de una milonga el compás.
Tu espíritu montaraz,
tu tremenda gallardía
me legó esta rebeldía
que yo vuelco a mi manera
en las canciones sureras
que canto con alegría.

Por tu noble y recia estampa
de rudo y valiente pecho,
fuiste con todo derecho
dueño y señor de la pampa.
Filosa como una guampa
era tu chuza guerrera
y envuelto en la polvareda,
por la vieja rastrillada,
eras una esfinge alada
sobre un potro a la carrera.

El blanco se fue adueñando
de tu hacienda, de tu aguada,
hasta dejarte sin nada,
condenado a andar robando.
De a poco te fue empujando
a los confines del llano
y el, que se decía cristiano,
con vos no tuvo clemencia,
ni supo tomar conciencia
de que eras un ser humano.

Con el gaucho hizo lo mismo,
pa'combatirte lo usaron
y después lo abandonaron
demostrando su cinismo.
Fue tan grande tu egoísmo
de aquellos que gobernaban,
que al soldado alimentaban
con yeguas viejas y flacas,
mientras ellos con las vacas
sus fortunas amasaban.

Lo llevaban a pelear
con el cuento del deber,
a veces por no tener
sus deudas con que pagar
y allá iba el pobre a pasar
penurias y malos tratos,
porque aquellos literatos
tenían por filosofía
que si un gaucho se moria,
había más, y eran baratos.

Por defender a su gente
muchos caciques pactaron
y a los fuertes se arrimaron
para vivir mansamente.
Pero el blanco era exigente,
les dio trato de tirano
y en vez de tender la mano
hacie el hijo de la tierra
lo obligó a llevar la guerra
contra sus propios hermanos.

Y así fueron destruyendo
tu raza, abuelo, tu gente,
hasta matar la simiente
en un crimen cruel, horrendo;
y el gaucho quedó sintiendo
el sacrificio que encierra
haber vivido una guerra
en la que ganó, perdiendo.
Porque el gaucho aún sigue siendo
esclavo en su propia tierra.