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martes, 10 de mayo de 2011

Un relincho al cielo

(Pinturas: Pablo Uriburu)

¡Tata Dios, Señor del Cielo,
de montañas, de valles y praderas,
de la pampa interminable
donde siempre galopó mi raza vieja
en manadas cimarronas que crecían
como crece el pastizal sobre la tierra;
sin más corral que la cinta'e los arroyos,
ni más palenque que el ombú de sombra buena...
¡escuchá por favor este relincho
que más que relincho es una queja!

¿Porqué el hombre, el rey de la creación,
el ser más perfecto que Tú hicieras,
el que tiene el don de la palabra
y puede razonar, cuando se acuerda,
el que a gusto y semejanza de tu imagen
puebla por millones el planeta;
se olvida del amor que el inculcaste
cuando enviaste a Jesús a orar la tierra.
Se olvida que la vida es solo Tuya,
sin distinción de raza ni de época,
se olvida de nosotros que por siglos
estuvimos a su lao pa lo que fuera,
sin fijarnos ni en su raza, ni en su causa,
ni en su edad, su religión o en su bandera.

Con el indio, en la pampa interminable,
maloneando por amor a su querencia...
Con los hombres de mayo, sin descanso,
llevando la ilusión a media rienda
cuando hervía en las venas de la patria,
las ansias de ser libre toda América...
Con el gaucho, entre ponchos colorados
haciendo con Güemes la proeza,
meyando las charrascas con el pecho
cuando enrejamos de lanza la frontera...
Con el soldao, nadando en sangre,
en los campos de Maipo en cruentas guerras,
o ateridos de frío entre las cumbres,
al cruzar San Martín la cordillera...
Con el hombre de trabajo sudoroso,
destripando terrones con la reja,
pa sembrarles en el vientre una esperanza,
que se haría realidad en cada mesa...
Con el mensual humilde en las estancias,
entre lazos, pechadas y tranqueras,
repuntando guampudos capitales
que le dan al patrón mayor riqueza;
esa que saca a relucir sobre nosotros
cuando ensilla su chapeao y su soberbia...
Con el niño hasta de a tres en cada escuela,
ni más sombra que la ondeante sombra
que nos presta el poncho azul de la bandera...
Con los enfermos, acortando distancias pantanosas,
llevando los remedios con urgencia
o cuartereando parturientas ilusiones
con apuros de llanto en la sotera.

Y hoy, ¡já! y hoy no sirve nuestro lomo pa su causa
porque tiene el poder que da la ciencia,
ya no sirven nuestras fuerzas pa'l trabajo
porque tiene su ganancia sobre rueda
y precisa de la luz de nuestra pata
pa trerle un dotor a media rienda,
solo sirve nuestra sangre pa su causa,
nuestro hueso, nuestro cuero, nuestra cerda,
diezmándonos sin asco, cada día,
cegao por la ambición de la moneda.

Por eso... ¡Tata Dios, este relincho,
por eso... pa ver si tu poder que todo enmienda,
le toca el corazón a nuestro amigo,
le torna la razón y la conciencia
y le muestra que al galope que llevamos,
cerquita nomás, sobre esta tierra,
como el indio, nuestro hermano, por su culpa:
seremos nada más que una leyenda!

A don Federico Viejo


Con sus ochenta cumplidos
lo suelo ver vuelta a vuelta,
con esa actitud resuelta
de paisano bien nacido.
En un colorao fornido,
livianón y coscojero,
luce su porte campero
alto como una tacuara
y un gesto serio en la cara
curtido por los pamperos.

Saluda alzando la mano
con el rebenque anudao,
cuando transita callao
como un indio sobre el llano.
Todo su orgullo paisano
muestra en su pilcha barata:
una boina medio chata,
un cinto como no hay otro
y un par de botas de potro
donde se lucen sus patas.

Aunque está medio bichoco
por los años que amontona,
su armada nunca perdona
si hay que tumbar algún soco
y no se achica tampoco
si entra un botón a tejer
que aunque no son los de ayer
sus dedos entumecidos,
saca tientos bien medidos
como un hilo de coser.

Le pela el poncho a un novillo
si se ofrece a campo raso,
sin más ayuda que el lazo,
su colorao y el cuchillo.
Si hay que soguear un potrillo
no precisa maneador,
solo un bozal potreador
y con su astucia lo deja,
mansito como una oveja,
blandito y cabestreador.

Así es Federico viejo
de mis pagos de Cañuelas;
un criollo sin más escuela
que un tranquear duro y parejo.
En estos versos le dejo
la esperanza que algún día,
su misma estirpe bravía
le brinden algún camino,
un monumento Argentino
pa bien de la patria mía.

martes, 12 de abril de 2011

Buena mano


Hace unos meses escasos,
me enteré que un tal Ramayo
vendía en el pueblo, un caballo
y lo fui a ver: ¡por si acaso!
Resultó que era un picaso
arratonao y bragao;
que su dueño acobardao
lo vendía por las razones
que en dos o en tres ocasiones
se había con él, disparao.

El hombre poco campero,
medio tirando a chambón,
lo había comprao redomón
a la viuda de un puestero.
Y aunque intentó con esmero
sacar una buena prienda
nunca pudo hallar la senda
y al dentrar a abalanzarse
era capaz de bolearse
con el peso de las riendas.

También era de cuidao
si lo montaban de apuro,
pues salía de lomo duro
mirándose los costaos.
Bufarrón y desconfiao
miraba con gesto altivo
y con un brinco a lo chivo
era capaz, sin ver cómo,
de abarajarlo en el lomo
ni bien pisaba el estribo.

Sincero como se ve
el hombre,me da esos datos
de igual modo al ser barato
el pingo le negocié.
Pa la casa lo llevé
ansioso como muchacho,
"acetando" sin empacho,
que por esas venturas
nunca le hallaba la cura
lo hacía moneda en el tacho.

Lo dejé esa noche atao
y al otro día bien temprano,
le eché la pampa a las manos
y al lomo todo el recao;
lo monté con gran cuidao,
de arriba lo desmanié,
al tranquito lo saqué
hasta pasar las bebidas,
y a campo abierto enseguida
a galopiar lo invité.

Ni bien pisó la gramilla
quiso ganar las alturas,
¿pero de ande que hay yerba pura
cuando en la bolsa hay semilla?.
-"Es un criollo el que te ensilla"
le recordé por mi cuenta,
y como manda el que muenta
con tan solo dos tirones,
le hice arar con los garrones
ande le eche los noventa.

Un tacazo a cada lao
le acomodé de propina,
y alguno por la pretina
al notarlo abatatao,
otro tirón bien pegao
le di pa su desconsuelo,
y sin dejarlo alzar vuelo
lo hice marchar largo trecho,
con la pera contra el pecho
que ni pisaba en el suelo.

Después de unas galopeadas,
por querer probarlo a fondo,
lo mandé al corral redondo
con tuita la novillada.
Cuanto intentó una monada
le entré apretar las clavijas,
y al ratito era una fija:
metido entre los terneros
como cuzco cocinero
que ha visto una sabandija.

La cuestión que de ese día
ando nomás bien montao,
sin que le encuentre al bragao
ni una falla todavía.
Y si esto sirve de guía
y alguna enseñanza deja,
vayan parando la oreja
que aquí me juego en el fallo:
¡es bueno cualquier caballo
cuando un criollo lo maneja!

Pa' la mujer del tambero

(Foto: Ilinka Leathwood)
Antes que el canto tropero
del viejo gallo en la higuera
Empiece a arrear campo afuera
las perezas del lucero,
Ya está el farol mañanero
palo arriba servicial,
Y echadas en el corral
50 overas cargadas
Esperan pa' ser llamadas
por su nombre cada cual.

Dos voluntades parejas
reunidas en un oficio
Desgranan su sacrificio
sin pronunciar ni una queja
Él, un vasco, que refleja
las virtudes de una raza.
Ella, una criolla machaza
que no tiene más fortuna
Que dos cachorros de cuna
durmiendo solo en las casas.

Por eso de cuando en cuando
los mira de una corrida
Regresa al trote enseguida,
apoya y sigue ordeñando.
No le afloja ni jugando
porque el que afloja se atrasa
Y cuando la ultima pasa.
y tapa el último tarro
Mientras el vasco ata el carro
ordeña la de las casas.

Después le ayuda a cargar
los panzones de cincuenta
Mientras va sacando cuentas
qué cosas le va a encargar
Ya en la cocina al dentrar
calcula el tiempo perdido
Y aunque es escaso y medido
prepara en forma resuelta
Un churrasco vuelta y vuelta
pa´ que pellizque el marido.

Cuando el carro al trotecito
se va con rumbo al camión,
Hierve en el viejo fogón
la leche a los muchachitos.
Piensa sentarse un ratito
pero abandona la idea
Porque la mesa blanquea
de platos sucios y copas
Y tiene un montón de ropa
esperando en la batea.

Y así con tantos quehaceres
sin pretensiones grandiosas
Es peón, es madre y esposa
sin que ninguno se entere.
Ejemplo de esas mujeres
que apuntalan el país
Porque tienen la matriz
fecundada de nobleza
Y no precisan riqueza
pa´ nacer y ser feliz.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mi tijera tuzadora


En una vaina de cuero
y pa que bien me la proteja,
tengo una tijera vieja
de mis tiempos de campero.
Marca "Ciervo" y buen acero,
son sus criollos atavismos
y aunque el tiempo y sus modismos
me dejó a pata en la huella;
la guardo porque con ella
me siento montao lo mismo.

El recuerdo de un amigo
que en mi memoria aun se queda,
un tal Victoriano Arquieda,
muy generoso conmigo.
Ella fue solo el testigo
cuando una ocasión me dijo:
-"Por paisano y por prolijo
es tuya esta pertenencia,
porque sos de mi querencia
como uno más de mis hijos".

Si habré conformao mirones,
con su filo como aceite,
cuando era pa mi un deleite
de emprolijar mancarrones.
Y esos crudos cimarrones
que no conocían bozal,
tras la rodada de un pial
y al filo de mi tijera;
me dejaban la clinera
como alfombra en el corral.

Y ni que hablar del picaso,
que cuando mozo montaba,
que antes de salir le echaba
un retoque por si acaso...
Y si al verme tras del paso
más de una moza pueblera,
supo decir salamera
pero con cierta verguenza:
"con gusto daría mis trenzas
pa'l filo de esa tijera".

Una vuelta que la mala
me había chupao como anguila,
fui anoticiao de una esquila
allí en la Estancia "Los Talas".
Allí don Rito Barcala
me dió trabajo conciente
y en el tiempo suficiente
terminé y me eché el regreso,
con ciento setenta pesos
y un capón de cuatro dientes.

Hoy que de viejo me agacho,
como ladrón de zapallo,
y no tengo ni un caballo
pa florearme en algún penacho,
vuelta y vuelta me despacho
como muchacho bandido,
y a la vieja en un descuido
y aunque por ahi se retoba,
suelo tusarle la escoba
para escucharle el sonido.

jueves, 30 de abril de 2009

Como los toros.




Don Abelardo Rufino
Estancia "La Santa Marta":
le hago llegar esta carta,
que lo haye bien, me imagino.
Y ya que somos vecinos
y como tal lo valoro,
casi en mis líneas le imploro
que me acepte sin tranquera,
mi disculpa más sincera
por la cuestión de los toros.

Mi muchacho me ha contao
que, de los nuestros, el overo;
se ha pasao a su potrero
arruinando un alambrao.
Y aunque en las casas se ha criao,
de grande se ha puesto malo;
y en cuantito me refalo
le da por hacer baruyo
como aura que con el suyo
peleando, han roto los palos.

También se habrá anoticiao
que hace poco un mancarrón
me dió un tremendo apretón
y estoy en cama postrao.
Pero en cuanto esté sanao,
ya que algo mejor me noto;
y el dotor le ponga coto
a tanto ungüento y emplasto;
iré a cubrirle los gastos
y a arreglar lo que se ha roto.

También mi hijo me contó,
que cumpliendo mi pedido
al ir a ver lo ocurrido
medio mal me lo trató.
Y si es que el chico entendió,
perdone que lo rebaje,
usted que es puro linaje
debe saber se me antoja,
que cuando un toro se enoja
no hay alambrao que lo ataje.

Es que los toros también
sienten amor a su modo
y a guampa resuelven todo
sin preguntar quién es quién.
En cambio el hombre pa bien,
con su clara inteligencia,
procurando con pacencia
que cualquier destino se abra
tiene el don de la palabra
para sanjar diferencias.

Pero tampoco está escrito
que los ricos y mandones
hagan valer sus razones
sin dialogar y a los gritos.
El rezo se hace bajito
y hasta al mismo Dios contena;
en cambio el truena revienta
atribulando hasta el alma,
y en lugar de traer calma
agranda más la tormenta.

Mi carta solo refleja
Don Abelardo, el deseo
que este entripao medio feo
sea pronto historia vieja.
Soy manso como una oveja
aunque a veces me acaloro
y si por hay me encocoro
y usted me hace contrapunto
terminamos el asunto,
como lo hicieron los toros.

martes, 28 de abril de 2009

Poniendo... estaba la gansa!


Hace unos años atrás
cuando era mensual de estancia
y arrendaba las ganancias
rindiendo como el que más,
tuve un patrón por demás
serión y medio altanero
y aunque de cuño extranjero
por la sangre que traía,
era si se le ofrecía
campero entre los camperos.

Sabía, llegao el caso
capar a fuego un potrillo
o recostar un novillo
en un pingo como hondazo.
Se defendía con el lazo
haciendo grande la armada,
lo he visto en varias jornadas
como una cosa sencilla
ayuntarle las ranillas
a la yegua más pesada.

A mí siempre me toreaba
al verme medio callao
hasta que un día cansao
topé y le pisé la taba.
Y aunque medio seco andaba
me jugué una paga entera
-"que a la potra zaina overa
que guardaba pa'l carruaje,
se la tumbaba de un viaje
de revés y puerta ajuera"!

la yegua de unos seis años
muy arisca y bufarrona
tenía sangre percherona
a juzgar por el tamaño
y aunque soy bastante huraño
pa meterme en una apuesta
en una ocasión como esta
hasta el alma me jugaba,
porque el rico precisaba
que alguien le baje la cresta.

El contándola ganada
sin andar con mucho amago
me dijo al instante: - "Pago!"
y mandó echar la yeguada.
De contenta la peonada
le hicieron calle al instante
mientras que yo vigilante
sin que la ocasión me aturda
revoleando pa la zurda
la esperé más adelante.

Entre un revuelo de clinas
y el batallar de los perros
medio atorando el cencerro
salió en punta la madrina
atrás una zaina fina
enfiló con su potranca
y cuando meneando el anca
pasó sin vista la overa
se lo prendí hasta la pera
y me senté en la retranca.

Con ruido a cincha cortada
la yegua acentó el flequillo
que hasta el pelo de potrillo
le vi por estar preñada
fue tan grande la tirada
que al afrirmar los garrones
pa risas de los mirones,
amén de que eran baratas,
me rajó las alpargatas
lonjeándome los talones

Hasta que al fin allá lejos
haciendo un esfuerzo macho
la volqué sobre el penacho
pa que corra como un tejo
-"que lo parió! gritó un viejo
en una criolla alabanza
mientras que yo sin tardanza
golpeándome la muñeca,
le grité al patrón que: "clueca,
poniéndo estaba la gansa!".