lunes, 2 de marzo de 2009

Alambrado



Tierra Virgen, pampa abierta,
Henchida de libertades,
Con viejas reminiscencias
De malones y barbarie;
Llega el grito de Sarmiento:
"¡No sean bárbaros, alambren!"

Esencia de evolución
En ganados y cereales,
Vital factor de progreso
Con robustez de gigante,
El poder del alambrado
Impulsó una patria grande.

Bravías bestias cedieron
A su incontenible avance,
Y el agro creció en cosechas
Del Atlántico a los Andes;
Cercas que cantan su triunfo
En llanos, lomas y valles.

Atrás quedaron las zanjas
Y el espinudo follaje,
Tensos hilos dividieron
Las inmensas propiedades,
Y treparon a la sierra
Hechos pirca en pedregales.


Taladro, pala, pisón,
Torniquete, pico, alambre,
Tenazas y california
Un acervo inseparable,
Que tomó el alambrador
Para su obra de arte.

Diapasón para el rasguido,
Del pampero sibilante,
Que en su musical corrida
Ensayó tonos y claves,
Para esparcirlos después
Por la tierra y por el aire.

Suspiros de vastas líneas
En tranqueras que se abren,
Y entre postes y varillas
Se asoman garras punzantes,
Que con lisos intercalan
Renglones horizontales.

Cerco que arrancó a la selva
Quebrachos y ñandubaes,
Para vencer extensiones
Entre riquezas rurales.
¡El sueño de Richard Newton
hoy alambra realidades!...

Mi lazo.



1
El recuerdo “desenroya”
historia de un viejo lazo,
que fue bandera en mi brazo
en ardua tarea “crioya”.
“Presiya”, yapa y “argoya”,
cuero crudo bien “sobao”
el tiempo dejó “grabao”
“meyas” de rudos eventos;
fuerte cuerda de seis tientos
con un prolijo “trenzao”.
2
Prenda de usanza campera,
herramienta de trabajo,
fiel servidor a destajo
“hermanao” a la asidera.
En la cancha de carrera
fue sentencia de llegada,
tensión en cada “pialada”
potenciada en los revuelos,
al encerrar dos brazuelos
en el hueco de su armada.
3
En cada brazada quieta
el tiempo desvira sueños,
de futuros halagüeños
y el vacío de esa meta:
“pial de volcao”, de paleta,
de revés, por sobre el anca,
corto tiro de payanca
invitando a echar verija,
“P’a” que aprisione de fija
las manos de una potranca.
4
El más indómito toro
no pudo con sus tirones,
cuando firme en los garrones
un palenque fue mi moro.
Lazo que tanto valoro
por aguantar la exigencia,
hoy lo guardo en mi querencia
cual reliquia pa’ la suerte,
hasta que corte la muerte
los tientos de mi existencia.

Será él?



Sobre el brocal que resguarda
El viejo pozo aguatero,
Con su percal dominguero
La moza, sentada, aguarda.
Se ve en lo inquieta que tarda
Quién su cariño presiente;
Porque llevando a la frente
Una mano, explora alerta,
La vieja huella desierta
Donde no asoma el ausente.

Y mientras cada mirada,
Tras de un suspiro va huyendo,
Un clavel se va durmiendo
Sobre una cálida almohada.
Ya al sol la agreste lomada,
Lo oculta, y ella abatida,
Mira la flor prometida
Mientras sus manos nerviosas,
Torturan los moños rosas
De sus trenzas renegridas.

Pero de pronto calmando
Sus inquietudes divisa,
A un jinete que de prisa
Viene el camino acortando.
Entonces, como soñando,
Besa con ansia el clavel
Y aunque ya, el instinto fiel
Le confirma su ventura;
Suspirando con ternura
Se pregunta: ¡Será él?

Y lo demás para que
Decirlo, si ya es sabido
El reproche no ha existido
Y la tristeza se fue.
Sólo al mirarlo ya ve,
Que no es posible el enojo,
Hay tanto amor en sus ojos
Que solo pierde terreno,
Mientras temblando en su seno.
Revive el clavel más rojo.

Mi tropilla



Cada uno tiene en la vida
alguna debilidá,
Y está su felicidá
En la cosa más querida.
Pal glotón es la comida,
Pal avariento, la plata
Y este cantor que desata
Está décima sencilla
Ha juntado una tropilla
Como eligiendo 'e la pata.

Como goteando sonido
Va el cencerro en el cogote
De la madrina que al trote
Puntea en el recorrido
Al tranco, -como dormido-
La va siguendo un “tobiano”
Un “pangare”, un “ rabicano”
Un “alazan”, un “tordillo”
Un “zaino”, un “doradillo”,
un “malacara” y un “ruano”.

Retozando un “colorado”
Lindo flete, pa un apuro,
Se arrima un “bayo”, un “oscuro”
Y un “overito rosado”
Un “cebruno” y un “gateao”
Siguen sin hacerle caso.
Un “rocillo” y un “picaso”
Y un “moro” junto a un “bragao”,
Van con un “blanco plateao”
De aguante y de sobrepaso.

Un “azulejo”, un “tostado”,
Un “pico blanco” y un “pampa”:
Pingos de muy buena estampa
Y al cual mejor diseñao,
Siguen a un “bayo encerao”
Que endereza pal potrero
Y junto un “picaso overo”
Redondo, como una bola
Relincha formando cola
Un peticito aguatero.

Pingos, hijos de mi tierra,
guapos, y trabajadores.
Son del mundo, los mejores
en la paz, como en la guerra,
cada uno en su pecho encierra,
coraje, como sosiego.
Tienen a su dueño apego
pa dir a golpe de pata
dende los Andes al Plata
dende Jujuy a Tierra del Fuego!

Canción para mi guitarra.



No es ésta una canción
para el atormentado madero
que me acompaña,
sino para la secreta guitarra
que origina mi canto.
Esa que, como el cardo,
abre una flor azul y deja que el viento
se la lleve en semillas.

I
La hallé en el monte enredada
por el cipó y las enviras
pozo de tiempo, su boca
conservaba todavía
plumas que fueron de un nido,
de alguna cabeza indígena,
o de las alas de un canto
que amaneció en agonía.

Fue casi al llegar al fondo
de alguna senda perdida
donde hasta la luz se agacha
para cruzar fugitiva,
y en lento desovillado
la yarará se desliza.

Hoy más que nunca comprendo
la tristeza que sentía.
Mi raza siempre la tuvo
sobre el pecho adormecida,
la untó con barro de estrellas,
la vistió de lunas finas,
le dio púrpuras heroicas,
y con seda en las clavijas
le imaginaba cabellos
para brindarle caricias.

Cuando la encontré esa tarde,
como olvidada o perdida,
la poblaba un gran silencio
de pájaros con llovizna.
(Es que el monte reposaba
tras la última crecida,
memorioso de naufragios,
y sus vapores prendían,
de las ramas muertas, formas
deshilachadas y efímeras.
No quedaba un solo nido,
ni un solo piar se oía).
Me corrió un frío de muerte
por la sangre más antigua.

Con varios filos de lunas
le fui cortando las fibras
que apretaban entre sombras
su largo cuello de niña,
y le hallé un clavel del aire
florecido en las clavijas.

Me la traje sol afuera.

Sobre un rezo de cuchilla
donde crecen las auroras
de mi pago, donde inicia
su portada el arco iris
cuando escampan las lloviznas,
le escuché medroso el pecho,
la abrigué con mis caricias,
y el buen sol de aquél ocaso
con su roja frase tibia
la bañaba en el concepto
luminoso de la vida.

II
En la rueca de la luna
hilé seis angustias mías;
con ellas hice una escala
luminosa de agua limpia
para entrar a mi guitarra
como una gruta perdida,
y allí estaba el olvidado
cielo de la gauchería;
telaraña con rocío
de estrellas adormecidas
cerca de Dios en la noche
donde la copla suspira;
pago azul recuperado
para el tropel de la cifra;
para que el alma de España
le cante a la raza india
por las rejas de la lluvia
con pena de vidalita;
para que el gaucho no muera;
para que nadie me diga
que ha muerto hace mucho tiempo
crucificado en la risa
con un alambre de púas
como corona de espinas.

Ranchos y parvas



¿Quién podría distinguir
en el campo, a la distancia
si aquel pobre montoncito
es un rancho o una parva?

El mismo color de tierra,
la misma forma aplastada,
el mismo aspecto de abrigo
de pequeñez resignada.

¡Una parva es un ranchito
sin puertas y sin ventanas!

Responso de un monturero. (Estilo).


Fuiste el viejo monturero
de la estancia "La Victoria",
centinela de la historia
en "La Loma del Rodeo";
por eso, cuando te veo
sin remedio derrotado,
siento que se ha terminado
con vos parte de mi vida,
que arrastraste en tu caída
lo mejor de mi pasado.

Aún adivino tu estampa
recortando el horizonte
en el ojo donde el monte
se abre a la luz de la pampa...
Ya no veré el sol que estampa
besos de oro en tu costado,
como cuando, ya cansado,
me llegaba hasta tu alero
como hasta un altar campero
a ofrendarte mi recado.

Eras el templo sagrado
guardián de pilchas camperas:
riendas, matras, encimeras
y cueros amontonados;
al fondo, varios recados
en el aire galopaban,
y al entrar se destacaba,
por su criolla distinción,
el recado del patrón:
mi abuelo, Don Jaime Achával.

Ya es una imagen perdida
ver toda la caballada
en tu palenque ensillada
antes de la recorrida.
Ya tu presencia extinguida
cubrió el yuyo y la maleza,
y me gana la certeza
que a tu palenque olvidado
quisiera morir atado
con un cabresto 'e tristeza.