martes, 4 de agosto de 2009

Bagualas


Para escuchar un canto en la montaña
se están abriendo todas las ventanas del cielo.

Sobre las cumbres
se mantiene el rastro del degüello del sol.
Ya la vertiente suelta sus pájaros de espuma
que vuelan cuesta abajo, en vuelo limpio
encendiendo en las peñas un milagro de trinos.

Tranco lento de mulas; tamboril de distancias.
Cruje la senda. Cruje.
Se fatiga y se tiende
desde el valle a la cumbre.

La senda está dolida de distancia infinita.
La noche ha desplegado su bandera de vientos
para emponchar de nubes la canción del arriero.
El canto sube. Sube...
No precisa caminos para ganar la cumbre.

Cárcel de tierra gris; una senda que sube.
Puñal azul, el canto desbarata las nubes...

La Baguala no quiere los guiños de la estrella.
Ni la flor que perfuma, ni la noche serena.

Ella viene de lejos, madura de sentires.
Sabe del nido tibio y del niño que espera.
Del amigo lejano, del camino que duele...

La Baguala no quiere las blanduras
que le ofrece la luna.

Las mulas van andando, cuesta arriba, en la noche.
Van pisoteando nieves para amasar un ritmo.

¡Qué lejos, oh, que lejos del camino, la idea!
¡Qué esperanza infinita, más allá de la estrella!

El pan recién cortado, cordial como un abuelo.
Luchar por un destino, vivir con un sentido.
Madurar de veranos en el alma del niño.

¡Qué canciones de paz en las espuelas!
¡Qué de semilla blanda, para sembrar la vida…!

Si la vida cambiara...
Si floreciera el alma como florece el árbol...
Si la voz que nos nombra fuera música.
Si las mulas que arreamos fueran nuestras.

Entonces sí que vengan mensajes de la luna,
Y guiños de la estrella.
Y se embriague de vida la luz de las calandrias.
Y el verde de las hierbas...

¡Que mientras duela adentro lo inútil, lo inseguro,
latigazos del hambre, desamparos y olvidos...
andarán cuesta arriba las mulas con su ritmo,
rumbo a la noche oscura!

¡Y el hombre de los cerros gritará su Baguala.
Como un grito sin eco;
extranjero en la vida, perdido en la distancia.
Enardeciendo angustias
y degollando sombras...!

Con un destino igual al de los ríos:
cantar, llorar y andar por los caminos.

El Quencho


Fue una noche de verano
nublada de vino y cañas,
que la muerte dejó el monte
y se emboscó en la cañada.

La luz de los tucapanes
por el camino cruzaba...
Y eran cirios de tragedias,
presagios de angustias largas.

El Quencho y Jesús, hermanos
de sangre que se brindaban
junto al duro trabajo
de sol a sol en las chacras.

Alambradores de oficio
peones de campo, en estancias,
criollos del monte... ¡mi monte!
pobres... hasta en las palabras.

Salvo cuando en el boliche
se topaban con la caña.
El alcohol les desataba
el nudo de las palabras...

El Quencho, era un pan de bueno
y si el vino lo apuraba
¡jamás se lo vio ofensivo
...aun recuerdo su mirada!

Celeste como los linos
en las ruedas de mateada
y enturbiada pero mansa
cuando rondaban las cañas.

Jamás pude comprender
cómo el destino, ¡sin nada!
la suerte de dos hermanos
con pinceladas de drama...

Lo cierto es que aquella vez,
después de una noche larga,
en la esquina del boliche
entre naipes y jarana;
el amancer los vio salir
juntos, sin palabras
con el poncho del alcochol
que nadie bien acompaña.

Un vecino que salía,
madrugador de su chacra,
fue quien trajo la noticia:
"que allá por la cañada,
acostado en el camino,
el Jesús se desangraba..."!

- "¡Fue el Quencho!", dijeron todos
salieron juntos al alba...
-"¡El Quencho mató a su hermano!",
todo el pago sentenciaba.

Y el Quencho manso de siempre
se resignó sin palabras...
y la cárcel le tapó
su imagen de vida mansa.

Mas la justicia del hombre,
y la de Dios que es más alta;
arrimaron a su celda
las luces de la esperanza.

Que se plasmó una mañana
en que llegando a las casas
lo vimos libre al Quencho
¡libres de culpas estabas!

Y mirando sus pupilas,
azules lagunas mansas,
la justicia de los hombres
en ellas se reflejaba.

Trabajo del runa


Trabajo es el canto de la madrugada,
con frío, con lluvia, con nieve y escarcha
trabajo del runa de alturas heladas,
menuditas ocas, collarejas papas.

Cercado de cerros con piedras y lajas,
chancando el maíz, campeando las llamas
miserables cargas de panes de sal,
picotes oquechos, rebozos de lana.

Trabajo en el cerro, motecito de habas
ulpadas al viento en los ojos de agua,
arriando los burros, caminatas largas,
cinchando las cargas en las cumbres altas.

Espantar al zorro, silbar a las cabras,
corazón al viento en noche cerrada;
rodillas en tierra, apacheta brava,
bujido de burros, cusilas que cantan.

Trabajo del runa que se va a la zafra,
cargau sus chalonas, llevando sus guaguas,
trabajo del duro minero que canta,
socavón adentro, Pachamama santa.

¡Sequías terribles, ni gotita de agua,
ovejas que mueren, cosechas heladas,
polvillo en las papas, gusano en las habas,
trabajo del runa, ¡ah trabajo maula!

Jujeñito



Hoy mi puesto a pensar en mi pago,
orgulloso de ser un Jujeño.
Hoy mi puesto a llorar por mi tierra
Pachamama, solar quebradeño.

Hoy mi puesto a pensar en mi guagua
en mis tequis, mi chola, mi perro,
hoy mi puesto a cantar con mi caja,
tal vez lejos, muy lejos del cerro.

Hoy he visto la Puna en un sueño,
verdi, torja, marrón, colorada,
y sentau a lau mi apacheta,
bien juntito a mi quena lloraba.

Y te'i visto Huamahuaca callada
con tus calles angostas y claras.
Tus tapiales, pircas y antigales,
tus ovejas, tus burros, tus cabras.

Hoy mis ojos también si mojaban
cuando chajchas y bombos sonaban;
y el erquencho en mis manos temblaba,
Y tus valles verdosos miraba.

¡Hoy mi puesto a pensar en mi pago;
ramal, puna, quebradas y valles,
Abra Pampa, Humahuaca, La Quiaca
¡Jujuycito de mi alma encantada!

Yo jamás fui niño


Mi sonrisa es seca y mi rostro es serio,
mis espaldas anchas, mis músculos duros
mis manos partidas por el crudo frío
sólo ocho años tengo, pero no soy niño.

Detrás mis ovejas ando por el cerro
y cargau mi leña bajo hasta mi puesto
a soplar el fuego, a mismiar mi soga,
y no tengo tiempo para ser un niño.

Los años caminan y todo es lo mismo,
moti, sal con lechi son mis caramelos,
mi juguete un chivo o el perro ovejero,
poco tiempo tengo, pero no soy niño.

Mi avión de juguete es un cuervo viejo,
mi camión un burro de trotar muy lento,
mi amigo, es el zorro que roba mis cabras
y es todo mi consuelo de poder ser niño.

Mi rostro es de viejo y mi andar de agüelo,
mis callos partidos por piedras del cerro,
mi poncho rotoso por el fuerte viento,
todo eso me dice, que no soy un niño.

¡Y no hay reyes magos,
no hay Días del Niño,
jamás tuve suerte
de poder ser niño!

La despedida


Pampa toda donosura
jagueles míos, aguadas,
lomitas aquerenciadas
y de pareja lindura:
¿Cuándo, madrugada pura,
me verás de vuelta? ¿Cuándo?
Trébol de olor, pasto blando,
aromita del bibí,
pagos donde yo nací:
adiós, que me voy llorando...

¡Qué cielito para cielo!
¡Qué brillador estrellaje!
¡Qué dadivoso el paisaje
de su verde terciopelo!
Como galopando en pelo
El viento del sur venía.
La pamperada subía,
Azotando el totoral.
Me voy, para bien o mal.
¡Hasta verte, tierra mía!

Tu viento hace estremecer
de gozo las hierbas finas,
y vuelan tus becasinas,
como anunciando el llover.
Todo es callar y aprender
la lección que me estás dando.
Tu alma es un vivir lerdeando
entre frescor de rocíos.
¡Adiosito, pagos míos!
Adiós, que me voy llorando.

Aromoso biznagal,
Flamenquerío rosado,
Plumerito empenachado
de cortadera, juncal;
Estancierío cabal,
laguna, que es un espejo:
con mi tristura me alejo.
¡Ah, días de un tiempo hermoso!
Arroyito alabancioso:
me voy llorando y te dejo...

Lindo tiempo en que mis días
verdeaban, como los pastos.
Eran oros...Para bastos,
hoy bastan las penas mías...
Adiós, madrugadas frías,
campitos de pasto ralo.
A su primor me resbalo
y me recuesto en su amor.
Esos días como flor
se daban del mismo palo...

Búsquenmele comparancia
a semejante hermosura.
Encuéntrenle coyuntara
a las costumbres de estancia.
Los días y su constancia,
su sereno transitar.
Los trigales: el linar,
cielo que se toca y ve.
Tierra a la que me amigué:
¡nunquita te he de olvidar!

El guitarrero




A D. Eduardo Falú.

Si dan crédito al sentir
de este servidor de ustedes,
no hubo, quizá, guitarrero
como Ponciano Paredes.

Tuvo por la de seis cuerdas
una pasión amorosa.
Los dos -él y su guitarra-
Eran una misma cosa.

Por salvarla de un destrozo
hubiera dado la vida.
Con cariño de varón,
la trató como a querida.

Tal vez les parezca extraño.
Tal vez en ella encerró
los dolores que le dijo,
las penas que le confió.

Y al considerarla, acaso,
de sus dolores mortaja,
era como si guardara
toda su vida en la caja.

Por eso, si algún estilo
tocaba por fantasía,
de la prima a la bordona
todo un mundo revivía.

Nunca oí sonar un triste
con esa grave tristeza
ni vi pulsar la guitarra
con tanta delicadeza.

Entre él la de seis cuerdas
un diálogo se barrunta
que viene de lo profundo
y en lo profundo se junta.

A maravilla se entienden.
Si Paredes preguntaba,
bien sabía el guitarrero
lo que ella le contestaba.

Los confesaba al tranquito
la milonga y sus enredos,
y ella temblaba al sentir
la caricia de los dedos.

Si la adornaba con cintas
de una china enamorada,
imaginaba, a la vez,
los celos de la encordada.

Y para darle consuelo
y protestarle su amor,
largamente la pulsaba
con el acorde mejor.

Al afinarla, ajustaba,
con una atención entera,
poniéndole a punto el alma,
las clavijas de madera.

Y, según se presentara
la conveniente ocasión,
en los temples más diversos,
por gusto y por variación.

Por piano o por medio piano,
era tal como les hablo.
y en un tris y con baquía
lograba el temple del diablo.

Ése que tiene una mágica,
según opina la gente,
y para facilitarse
se estilaba antiguamente.

Porque hasta el gaucho más rudo,
sin que pasara un mal rato,
podía, con ese temple,
rasguear lindamente un gato.

Pues, con las cuerdas al aire,
vienen a quedarle así
totalmente armonizadas
prima, cuarta y sexta, en mi.

Bien que, bajo de la prima,
para ajuste de la voz,
la cuarta cae en octava
y la sexta, en cambio, en dos.

Y ya, cuando así se afina
de modo propio y cabal,
tercera en sol sostenido
y cuarta en mi natural.

Les aclaro, por si acaso,
para que nadie confunda,
que permanece en el tono
si natural la segunda.

Y se sostiene la prima
en el de su afinación:
el si natural, al aire,
para justa corrección.

Tal es el temple del diablo
más conocido y cabal.
Aunque prevengo que hay otros
que suelen llamarse igual.

Pero vamos al asunto
de que les hablaba a ustedes:
las mentas de guitarrero
de ese Ponciano Paredes.

Fue mozo sobresaliente
entre gente de su laya.
Yo no he encontrado ninguno
que le pisara la raya.

Sin alardear de cantor,
por su rasguido especial
y su punteo limpito,
no le reconozco igual.

Su fortuna es su guitarra.
Poco es lo que lleva encima.
Era una fiesta escucharlo
haciendo trinar la prima.

Y era un profundo lamento,
como llanto de persona,
la voz de varón curtido
que entregaba su bardana.

Desde el Tandil al Azul,
de Ayacucho a Olavarría,
su fama de guitarrero
constantemente crecía.

Y tanto llegó a cundir
por su baquía y su brillo,
que había llegado a Lobos
y a los pagos del Tordillo.

Medio fruncida la frente
y como ausente lo veo,
en un marote lucido
del más antiguo rasgueo.

O a los pies de las muchachas
echando camperas flores,
en el compás querencioso
del prado o de los amores.

No hay baile en que no lo llamen
y él se aviene a la alegría.
Pero pienso que, en su adentro,
una tristeza tenía.

Nunca le escarbé la causa,
porque soy hombre prudente . .
y no es propio curiosear
en el dolor de la gente.

De ese Ponciano Paredes
aquí la historia finó.
La cuento tal como ha sido
y como la siento yo.