Mostrando entradas con la etiqueta Elías Regules. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Elías Regules. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de agosto de 2011

Renacimiento


(En la criolla, Octubre de 1897)

Como si un broto de vida
sobre todo se extendiera,
pide al sol la primavera
su vestimenta florida.
La yerba buena dormida
deja su sueño inocente;
y decorando el ambiente,
quebracho, molles y talas
sacuden sus nuevas alas
al borde de la corriente.

Suenan diversos acentos
en vertiginosa gira
y el zorzal presta su lira
para saturar los vientos.
La calandria con alientos
su mejor canción arranca
y el chingolo, en forma franca
cuenta sobre las colinas
que ha visto ya golondrinas
trabajando en la barranca.

Así, después del rigor
con que nos trató el destino,
vuelve a tomar su camino
la Criolla de nuestro amor.
Renace con el calor
de otra especial primavera;
y al levantar la visera
no tiene más pretensiones
que las firmes convicciones
escritas en su bandera.

Vuelve a encenderse el fogón
con cautelosa paciencia,
vuelve a sentirse la esencia
del sencillo cimarrón.
Vuelve a encontrarse en acción
el apero y sus alhajas;
y en las malvas y borrajas
muestran las marchitas hojas
las señaladas congojas
que les dejan las rodajas.

Vuelve el estilo a pedir
su lugar en la jornada
y la décima olvidada
vuelve otra vez a vivir.
La emoción al resurgir
su antiguo sendero agarra
y tendiéndose bizarra
llega, lozana y hermosa,
a suplicar cariñosa
que la copie la guitarra.

Pero, en estas impresiones,
tan rurales como viejas,
no caben las bravas quejas
de los urbanos campeones.
No se buscan sensaciones
por buscarlas solamente,
se buscan porque se siente
la atracción de ese pasado,
cuna de un tipo formado
para gloria del presente.

viernes, 29 de julio de 2011

Mi poncho

(Dibujo: Eleodoro Marenco)
Viejo poncho te han cribao
del tiempo, los cimbronazos,
como si fueran lonjazos
en lomo de reserváo.
Pero vos seguís plantáo
y no te sacan ni a cincha,
porque cuando el viento te incha
tendiendo tu trabazón,
sentís a la tradición
como un bagual que relincha.

Vos eras como un consuelo
cuando al tostao frente blanca,
le acariciabas el anca
como peinándole el pelo.
Y cuando en brusco revuelo
lo chicoteabas travieso,
él encorvaba el pescuezo
como mirando la senda,
y te iba pidiendo rienda
mientras bordaba un bostezo.

Nunca más criollo me siento
cuando en el hombro te llevo,
porque sos como un renuevo
que me da vida y aliento.
Y cuando furioso el viento
jugando con tu bondad,
rompe la tranquilidad
moviendo tu ala altanera,
vos sos como una bandera
proclamando libertad.

Poncho de mis campereadas,
mis sueños y mis recuerdos,
que pasan dulces y lerdos
con sus brisas perfumadas.
Al evocar las jornadas
que compartimos los dos,
yo siento como una voz
que desde el fondo me grita:
"¡En esta tierra bendita
el mejor amigo sos!"

El lazo

(Dibujos: Eleodoro Marenco)
Apretao en cuatro tientos
en las ancas de un picazo,
va chicoteando mi lazo
al compás de un trote lento.
Guardián alerta y atento,
lleva despierta su armada
por si alguna res alzada
a su cruce se atraviesa
de la punta'e la cabeza
sobre las guampas cerrada.

Lazo cuando yo te miro
de la yapa a la presilla
como en una pesadilla
pasan jornadas que almiro.
Y te veo en cada tiro
con certera precisión
en un seco, en un cimbrón,
sin dejarte ramaleao
y hasta en un pial de volcao
lujo de acierto y acción.

En las patriadas tremendas
junto al facón y a la lanza,
juiste sembrando confianza
en lo peor de la contienda
y dando a los potros rienda
en un galope triunfal
o en la bravura oriental,
poniendole temple al brazo,
la que sacó a tiro'e lazo
más de un cañón imperial.

Está en tus tientos sellada
la estampa fiel de lo criollo
y en cada uno de tus rollos
hay una fecha grabada.
Tu vida va señalada
por una huella machaza,
ya nada borra tu traza
porque quedaste en la historia
cuando pialaste a la gloria
en las gestas de la raza.

miércoles, 27 de julio de 2011

Oro viejo

(Dibujo: Lauren de Bacco)
Cerca del móvil juncal
que con silueta gallarda
limita en forma de guarda
la alfombra del pastizal,
hay un albergue rural
en donde vive sonriente
un ejemplar resistente
de nuestras cosas primeras,
con setenta primaveras
arrugadas en la frente.

Aún sacude su pupila
la estela del tiempo muerto
cuando en el espacio abierto
giró su vida tranquila;
y todo aquello desfila
rebosando de ventajas,
con barullo de sonajas,
columpios de pontezuelas,
bordoneos de vihuelas
y crujidos de rodajas.

Aquél cuerpo modelado
por inmejorable artista
fue aquilón en la conquista
de su derecho vejado;
con el brazo arremangado
sintió el clarín de ordenanza,
y sin amor ni venganza,
sobre el resbaloso lomo,
contestó a la voz del plomo
con los brotes de su lanza.

Nacido para señor
de la selva que domina,
ha sembrado la colina
de hidalguía y de valor.
Hombre de alma superior
supo ser noble y austero,
su palabra fue de acero,
no precisó documentos,
y cumplió sus juramentos
como el mejor caballero.

Hoy no vale una pitada
porque no se necesita,
hoy es de raza maldita
que no sirve para nada.
Si tuvo alguna jornada
de la que quede el reflejo,
es sólo recuerdo añejo
que debe ser olvidado;
aunque sea oro sellado,
es oro... bastante viejo.

jueves, 16 de junio de 2011

Flor del campo

(Foto: Laura Beccar Varela)
Meció su cuna el pampero
sobre silenciosa loma
zahumada por el aroma
del torongil y el romero.
Brotó robando al lucero
sus más relucientes rayos,
tejió la flora los sayos
que orlaron su galanura
y creció con la frescura
de los campos uruguayos.

Allí, en el pobre desierto
corrió su vida sencilla
enredada en la gramilla
del terreno descubierto.
Rozó su pecho inexperto
la sombra de un rumor vago
y contestando a su halago
viose pronto convertida
en violeta preferida
por los donceles del pago.

No se bosqueja en su frente
la causa de su martirio,
no comprende aquel delirio
engendrado de repente.
Pero poderosa siente
una lozana impresión,
la guarda envuelta en pasión
y con acento que quema
se la cuenta a la alucema,
y a la salvia y al cedrón.

En el silvestre pensil
la flor luce su hermosura
y es reina de la llanura
por fragante y por gentil.
Su perfume juvenil
con deleite se respira
porque con alma suspira
porque con fe siente pena,
porque quiere como buena
porque no tiene mentira.

domingo, 20 de febrero de 2011

Rumbo

(Pintura: Alberto Güiraldes)
No hay luz. Una sombra ya
ha borrado el horizonte,
y en la cuchilla y el monte
la noche durmiendo está.
En vano la vista va
buscando extraño fulgor,
que al mirar en derredor,
todo el espacio apagado
parece un mundo enlutado
por implacable dolor.

Morales, el paisanito
de las costas del Tornero,
va en el lomo de su overo
caminando al trotecito.
Lleva el rumbo bien escrito
en su mente y en su tino,
que hasta la "Estancia del Pino",
conclusión de sus jornadas,
hay diez leguas acostadas
a lo largo del camino.

Y entre el monótono ruido
del trote lento y pesado,
y el barullo del recado
que se queja de oprimido
y entre el alegre silbido
y la marcha acompasada
de la coscoja bordada
que se entretiene rodando,
él va la noche escarbando
con golpes de su mirada.

Pisa lomas, cruza el llano,
pasa el arroyo y la sierra,
como arreglando la tierra
con la palma de su mano.
Y es tan seguro baqueano
aquel resuelto jinete,
que, cual si fuere un juguete,
abras, sendas y picadas
parece que están atadas
al cabresto de su flete.

Sigue el viaje, y olvidado
de estudiar el derrotero,
piensa un rato, placentero,
en la prenda de su agrado.
Un pañuelo que le ha dado,
lleva al cuello como seña
de su esperanza risueña
y con febriciente anhelo
besa agitado el pañuelo
como si fuese la dueña.

Corta campo, bien seguro
de no errar una pulgada
y la gramilla aplastada
gime sobre el suelo duro.
No demuestra gran apuro
de dar fin a su excursión
y con la firme intención
de pronto encontrar la Estancia,
mata el tiempo y la distancia
entonando un pericón.

En la larga travesía
recorre todo el pasado:
un recuerdo perfumado,
otro con melancolía;
y siempre atento a su guía,
se ve pintado en su ceño
que lucha con fiel empeño
para dejar derrotadas
las guerrillas avanzadas
del ejército del sueño.
..............................
..............................
Y cuando el sol despertaba
para alumbrar el camino,
en esa "Estancia del Pino"
Morales desensillaba.
Poco después se sentaba
con el mate y la caldera
dejando gruesa bajera
sobre el lomo del overo,
como recurso certero
de sabia higiene campera.

sábado, 19 de febrero de 2011

En viaje

(Dibujo: Luis J. Medrano "Pampa")

En el tren de la Frontera
iban de viaje solitos,
el inglés Guillermo Monis
y el gaucho Mariano Pitos.

Serio el inglés meditaba
sobre un negocio arriesgado,
de ganar viente mil libras
por prestar dos al Estado.

El gaucho se entretenía
en contemplar los paisajes
que asoman, llegan y pasan
en los carrileros viajes.

Y aburrido del silencio
de su mudo compañero,
a las seis horas le djo:
-"Güenas tardes, aparcero".

Con mirada de balazo
se miedieron los dos nenes,
y el inglés, casi entre dientes,
apenas respondió: -"Buenes".

-Usté, que ha de ser nación
-siguió charlando Mariano-
sabrá por qué ese alambrao
lo han hecho tan chabacano.

Con unos postes grandotes
y dos alambres en yunta,
asujetaos en un palo
bien cerquita de la punta.

De siguro que el patrón
de esta estancia tan mentada
quiere que en campos ajenos
engorde su animalada.

O tal vez este estanciero
es pueblero invernador,
y por lerdo y maturrango
lo pitó el alambrador.

- No siñor; eses alambres
están colocades bien,
son les hiles que se llame;
telegrafe de la tren.

- No me embrome, don nación,
¿y pa qué tanto trabajo?
si el tren refala muy lindo
sobre los fierros de abajo.

Y dispara y se asujeta,
y vuelve a salir armao,
sin precisar para nada
los alambres del costao.

-Usté, amigue, no comprende,
el alambre es por hablar
e decir: Ché, preparase,
la tren le voy a largar.

-¡Caray!... ¡a mí no me pita!
si ya me habían contao
que los naciones charlaban
gritando en ese alambrao.

Una vez mandé un peoncito
hasta el fondo de la estancia,
y yo me juí a una cuchilla
a dos leguas de distancia.

Y bien juntito al alambre,
cuasi en los fierros trenzao,
le grité, como diez veces:
Ciriaco, me has escuchao?

Pero el muchacho no oyó
ni palabra ni bufido,
y eso que se había ensartao
un alambre en cada oído.

Conque ansina ve, amigazo,
que su cuento es pura bola;
pensó echarla de coludo,
y yo le corté la cola.

-Dejáte de cecarear,
gauchiti moi compadrón,
orejes re galle vieje,
fache re chive rabón.

-No arrugue que no hay quien planche,
no cuelgue, que no es cencerro,
malacara mal lambido,
tuito afeitao a lo perro.

Y en ese mismo momento
llegaron a una Estación,
donde el inglés muy callado,
bajó con su balijón.

-Adiós, -le dijo Mariano-
no se me vaya enojao;
y si le ocurre algo grave
hable por el alambrao.

viernes, 29 de octubre de 2010

De "El Entenao"

(Pintura: Molina Campos)
Soy el criollo americano
de este pedazo de cielo,
soy el hijo de este suelo,
soy el alegre paisano.
Soy el gaucho campechano
de alma noble y corazón,
que pasiando en redomón,
echao pa atrás y muy ancho,
vivo feliz en mi rancho
hecho de paja y terrón.

Soy el de cara tostada
que haciendo sonar el basto,
voy acariciando el pasto
y pasando la cañada.
Soy el de juerte mirada,
soy el duro pa morir,
el condenado a vivir
entre sauces y totora,
soy el gaucho que no llora
pero que sabe sentir.

Soy el risueño cantor
que a la música escuchando,
voy con sonrisas cantando
lo más lindo y lo mejor.
Soy también el payador
del lastimero cielito
que al compás de un estilito,
en horas negras, sin calma,
saca una pena del alma
y la tira al infinito.

Soy el taita que retruca
generoso y altanero,
el que saluda al pampero
con el sombrero en la nuca,
el que peliando se educa,
y aprende a golpe y revés,
el perseguido del juez,
el entenao de esta tierra,
que es el primero en la guerra
pa ser último después.

lunes, 21 de diciembre de 2009

De vuelta


En la verde inmensidad
Quedan los ayes grabados
Y ranchos abandonados
Lloran su cruel soledad.
La amargura fatalidad
Posa su garra pesada
Dejando senda marcada,
Entre zarzales y abrojos
Con rastros tibios y rojos
De la sangre derramada.

Pero, el iris aparece
Con majestad corpulenta,
Palpa su fin la tormenta,
Pierde vigor y fallece.
Un anhelo reverdece,
No se le puede olvidar;
Y al sentírsele vibrar,
Besando las banderolas
Para volver al hogar.

Así, Juan Pérez, soldado
De brava caballería,
Va en un moro de su cría
Rumbo al ranchito soñado.
Marcha, se acerca templado
Divisa con sus miradas
Las tranquilas hondonadas
De las costas de Marincho;
Y el moro lanza en un relincho
Con las orejas paradas

Galopa. Ya está cercano
El gozo que lo recrea,
Sujeta el flete, se apea
Y queda mudo el paisano.
En su semblante serrano
No muestra duelo ni palma,
Pero al buscarse la calma
Que lo consuele y reintegre,
Traga una lágrima alegre
Que la recoge en el alma.

Fue a combatir como bueno
Por sus puras convicciones,
Estrangulando afecciones
Que conservan en su seno
Cargo resuelto y sereno
Sin jamás retroceder;
Y jugó todo su haber,
Vendió sus horas felices,
Para ganar cicatrices
Al cumplir con su deber.

¡Pobre gaucho! - ¡Si al sacar
su sable por su bandera,
fuese algo más que escalera
donde otros van á pisar!
............................................
............................................
Los que lo saben buscar
Para hacer una patriada,
Sepan que aquella carnada
Suculenta y desprendida
Tiene una choza querida
Que no la cambia por nada.

Sin derechos


Como gladiador cansado
Pierde las fuerzas el día,
Perfumando su agonía
El fresco soplo del prado.
Queda el oriente pintado
Por penumbras, con derroche;
Y en actitud de reproche,
Cuadrado el sol, de soslayo
Recoge su último rayo
Al presentarse la noche.

Con nuevo impulso verdea
La flora de la campaña,
Quebrando con faz huraña
Despojos de luz pigmea;
El pastizal parpadea
Sobre la inculta colina
En las regiones campestres,
Sueltan las aves silvestres
Su plegaria repentina.

Por apretado sendero
Sale del monte un jinete
Rompiendo el tupido brete
Del pajonal majadero.
Teme, recela y ligero,
Casi en pleno desvarío,
Le tira al campo y al río,
Á la izquierda y la derecha,
Una mirada de flecha
Que va á sondar el vacío.

Es desertor. Su delito
Le impone firme misterio
Y huyendo del cautiverio
Anda sin rumbo y solito.
Por las penuria marchito
Busca saludable riesgo;
Y en brutal desasosiego
Cuando el sentimiento brama,
Oye un rancho que lo llama
Con clamores de fuego.

Allá vá. Sabe seguro
Que el sable lo pastorea,
Que es desigual la pelea,
Que es muy amarga el apuro.
Pero, gaucho fuerte y duro
Lleva un propósito fijo,
Guarda un tierno regocijo
Que lo arrastra desde lejos,
Hay en el rancho dos viejos
Que no los olvida el hijo.

Entre dudas y temores
Pisa la choza querida
Donde sembró su partida
Desalientos y dolores.
Toca á sus progenitores
Con sobresalto sincero;
Y en el silencio campero,
Como indudable noticia,
Salta una franca caricia
Que se le escapa al matrero.

Es muy corta la visita
Porque lo quiere la suerte
Pues un pampero de muerte
Sobre su cuerpo palpita.
De la pareja bendita
Se despide sin rudeza;
Y al resolver con firmeza
Regresar á su retiro,
Monta llevando un suspiro
Para matar su tristeza.

Vuelve solo á la guarida,
Conquista de independencia
Preparado á la violencia
Y á vender cara su vida.
Nadie lo ampara ni cuida;
Nadie le ofrece perdón,
Que la carne de cañón
Y el siervo de mil señores,
No tiene mas defensores
Que su astucia y su facón.

¡Siga la huella!


Serena noche de estío
Sobre los campos gravita,
Y el fresco césped dormita
Con arrullos del rocío.
La luna, de su atavío,
Tira girones al suelo;
Y como inmenso pañuelo,
De un polo al otro estirado,
Muestra su forro estrellado
El negro poncho del cielo.

En el llano y en la loma,
Con ademán soñoliento,
Deja la brisa su aliento
Lleno de silvestre aroma.
Por todas partes asoma
Una calma indefinida,
Y la canción repetida
Del terutero risueño
Surje como tierno en sueño
De la campaña dormida.

Cual mensajera secreta,
Que marcha con desconfianza,
Mueve sus ruedas y avanza
Una pesada carreta.
Su corpulencia de atleta
Pide un viaje paulatino,
Y al proseguir su destino,
Solitaria y lentamente,
Deja una huella patente
Culebreando en el camino.

Aquella mole se agita
Sobre piedras y terrones,
Cumpliendo las precauciones
Que su masa necesita.
Salva una zanja maldita
Con vaivén muy calculado,
Ya se inclina de un costado,
Ya se detiene en la brecha,
Y al fin, entera y derecha
Rueda en sendero trillado.

Salta del eje un lamento
Con pretensión de gemido,
Y un ínvariable crujido
Acompaña el movimiento.
Retumba el sonoro acento
Del conductor majadero
Y como frase de acero
Que se interpone tirana,
Va cimbrando la picana
Sobre el hombro del carrero.

Llega á un paso y blandamente
Como en terreno seguro,
Sin atropello ni apuro
Se desliza en la pendiente.
Corta la suave corriente
Bañando á veces su lecho;
Y un buen grito de provecho,
Pegando á los delanteros,
Levanta los pertigueros
Para subir el repecho.

El monótono rumor
De la marcha se acentúa
Y tranquilo continua
En el flanco el director
Su alarde de trovador
Queda pronto descubierto,
Y formulando un concierto
De alegrías y pesares,
Desparrama sus cantares
En el medio del desierto.

Corren las horas cortando
La longitud de la vida,
Y blanca faja tendida
Va el horizonte pintado.
Sale el sol con voz de mando;
Y al despedir la alborada,
Hace soltar la hoyada,
Ordenándole al carrero
Que junte con su apero
Fuerzas para otra jornada.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Para tí



A la Sociedad Criolla (Mayo 25 de 1900)
--------------------------


Tengo en el bosque del alma
Y con placer cultivados
Yuyos que están impregnadas
De persistente verdor,
Yuyos de espeso follaje
Y de prensoras raíces,
Yuyos que en horas felices
Suelen llegar á dar flor.

En ellos rueda la savia
De la primera sonrisa,
La que despertó sumisa
En los pliegues del capuz,
La que nació sin saberlo
Para ser inextinguible,
Huella que en placa sensible
Dibujó un rayo de luz.

En ellos vive galana
Derramando consistencia
Las mas delicada esencia
De gratísima visión;
Aura que rompiendo el éter
Para quebrarse en el suelo
Cayó sin ningún recelo
En cáliz de corazón.

Por ellos va circulando
Entre fresca clorofila
La imagen que mi pupila
Robó al agreste vergel,
Copia de un mundo brillante
Sobre sangre recibida
Y en cierta fibra esculpida
Por primoroso cincel.

Hoy que cumples tus seis años
En perpetua primavera,
Dejar constancia quisiera
De lo que palpita en mí.
¿Qué te ofrezca... Tú bien sabes
que mis afanes son tuyos,
con las flores de mis yuyos
hago un ramo para ti.

En la criolla


Un rancho solo, un hornero
Que canta encima de un nido,
Un espinillo florido
Besado por el pampero,
Un rumor bajo el alero
Con leyendas de la sierra,
Una golilla que encierra
Toda la fibra de un bando
Y una bordona cimbrando
Sobre el amor de la tierra.

Dentro hay un foco encendido
Que sus destellos derrama
Haciendo clarear la fama
Del contacto que ha sentido
Que como facón pulido
Tiene brillo hasta en la cruz,
Que desmenuza un capuz
Para mostrarnos alhajas
Y que atraviesa las pajas
Con puñaladas de luz.

Esa vivienda retrata
Una regional simiente,
Que fue la fecunda fuente
De las orillas del Plata,
Manantial con fuerza innata
Para imponer su nivel
Y que, anhelando el laurel
De las libertades plenas,
Dejó salvos de cadenas
Á los reyes del corcel.

Y el foco que la ilumina
con fulgor exuberante
es un cerebro arrogante
lleno de savia argentina,
es ese Montiel que trina
en su entrerriano regazo,
ese gallardo chispazo
que donde roza cautiva,
ese que al alma nativa
le robo el mejor pedazo.

Nosotros, admiradores
Del rancho y de su cortejo,
Laguna que da el reflejo
De nacionales colores,
Ante la luz, muchas flores
Ponemos en este día,
No flores de cortesía,
Sino flores con halago
De un yuyo que en este pago
Se le llama simpatía.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Por ella



Rozando el pecho en la arena
Sobre un bajo dilatado
Corre un arroyo asustado
Como huyendo de una pena.
Una silvestre azucena
Sonriendo en el borde está,
Canta en el monte un sabiá
Y los ceibos al dar flores
Bañan sus lindos colores
En suspiros de arazá.

Junto a la loma que baja
Por la pendiente cercana
Hay una vivienda humana
Vestida de barro y paja.
La envuelve verdosa faja
De frescos saúcos en flor,
Y en un ombú protector
Que no conmueve el pampero
Cuentan los nidos de hornero
Dulces historias de amor.

Vive en aquella morada
Pedro Sosa, un campesino,
De chiripá de merino
Y de melena rizada.
En su estudiosa mirada
Y en su presencia imponente,
En su sonrisa elocuente
Y en su lenguaje chistoso
Se vé el tipo majestuoso
De una raza inteligente.

Piensa sin retroceder
Dejar cachorros y cueva
Porque imperioso lo lleva
Muy lejos otro deber.
Entre congoja y placer
Mira al pingo que lo espera
Toma el poncho, sale afuera,
Y sosteniendo un combate
Recibe el último mate
Que le da su compañera.

Se aproxima la partida
Y el tigre de la llanura
Sabe rodear de ternura
Su varonil despedida.
Monta con el alma herida,
Sigue su rumbo derecho;
Y en el bajo o el repecho,
Cuando su cara levanta,
Muestra un nudo en la garganta
Y una esperanza en el pecho.

Después... con leal frenesí
Y en un entusiasmo tremendo
Suena el clarín sacudiendo
Los campos de Sarandí.
Pedro Sosa forma allí,
Como un titán atropella
Contra el opresor se estrella
Y al levantarse su brazo
Parece que su sablazo
Dijese altivo: Por ella!

Miradle: No es el chacal
Que confiado en la sorpresa
Espera su fácil presa
Oculto en el pajonal
Es el paisano oriental
Que sentimientos encierra
Lleva su sangre a la guerra,
Lucha con ansia indomable
Y compra a golpes de sable
La libertad de su tierra.
.................................

Pd: Evocando la batalla del arroyo Sarandí - Florida, Rep. Oriental del Uruguay
el 25 de octubre de 1825 entre Juan Antonio Lavalleja y Bento Manuel Ribeiro.

martes, 16 de junio de 2009

Un mozo bien.



Un joven de gran honor
por ser de familia..., "bien",
a la Estancia del Edén
fue por órden de un doctor,
para curarse un dolor
que tenía en el frontal.
¡Qué mozo tan celestial!
¡tan delicado! ¡tan puro!
¡qué criollo para un apuro!
¡qué sienes... para un bozal!

Llevaba cuatro cajones
con sus trajes y sus cosas,
polvos, aguas olorosas
y perfumados jabones,
cuarenta y tres pantalones,
diez levitas y también
llevaba para el Edén
un salvavida seguro.
¡Qué criollo para un apuro!
¡cómo no!... si es mozo... "bien".

En la estancia al otro día
de llegar aquél bendito,
le mostró un buen paisanito
el recado que tenía;
y con mucha algarabía
le llamó peto... al pretal,
a las caronas... el frac
y al cojinillo... felpudo...
¡Qué cuarta para un peludo!
¡Qué sienes... para un bozal!

Y en su charla la peonada
decía, mirando al pueblero:
¡qué bagual... pa un entrevero
el zaino de la manada!
No cae... la leña cargada,
te juego dos mil a cien:
y él desconfiado recién,
señores, dijo, es preciso
que no me tomen por guiso
porque soy un mozo... "bien".

Vió una trilla y asombrado
gritó... "Cuidado las coces
de tantas bestias feroces
que han puesto en este cercado".
Le llamó liebre... a un venado,
gramilla fuerte... a un trigal,
plaza desierta... a un corral
y a un carpincho... brava fiera.
¡Qué frente... pa una testera!
¡Qué sienes... para un bozal!

Presenció una hermosa hierra,
una esquila y otras cosas,
y dijo; son horrorosas
las prácticas de esta tierra!
Todo, lo que aquí se encierra
¿quién lo habrá inventado? ¿quién?
Agitada está mi sien,
jamás tanto horror he visto.
¡Qué criollos por Dios! ¡Qué Cristo!
conocerá un mozo... "bien".

No pudo comer asado
por no encontrar tenedor,
casi murió de calor
por no andar desabrigado.
A un baile que fue invitado
cayó de frac, muy formal,
y un paisano muy jovial
dijo: "No ha venido al ñudo,
delen puerta a ese coludo,
que le voy a echar un pial".

Por fin bastante aburrido
dijo: Ya basta de penas,
estas fiestas no son buenas
para un hombre bien nacido.
Doy todo por concluído
y salgo de este Belén,
me voy a tomar el tren
y llevaré en mi memoria
esta pobre y triste historia
que le pasó a un mozo... "bien".

miércoles, 13 de mayo de 2009

Mi tapera



Entre los pastos tirada
como una prenda perdida,
en el silencio escondida
como caricia robada;
completamente rodeada
por el cardo y la flechilla
que como larga golilla
van bajando a la ladera,
está una triste tapera
descansando en la cuchilla.

Allí, en ese suelo fue,
donde mi rancho se alzaba,
donde contento jugaba,
donde a vivir empecé,
donde cantando ensillé
mil veces el pingo mío,
en esas horas de frío
en que la mañana llora
cuando se moja la aurora
con el vapor del rocío.

Donde mi vida pasaba
entre goces verdaderos,
donde en los años primeros
satisfecho retozaba,
donde el ombú conversaba
con la calandria cantora,
donde noche seductora
cuidó el sueño de mi cuna
con un beso de la luna
sobre el techo de totora.

Donde resurgen valientes,
mezcladas con los terrones
las rosadas ilusiones
de mis horas inocentes;
donde delirios sonrientes
brotar a millares vi,
donde palpitar sentí,
llenas de afecto profundo,
cosas chicas para el mundo
pero grandes para mí.

Donde el aire perfumado
está de risas escrito
y donde en cada pastito
hay un recuerdo clavado;
tapera que mi pasado,
con colores de amapola
entusiasmada enarbola
y que siempre que la miro
dejo sobre ella un suspiro
para que no esté tan sola.

jueves, 17 de julio de 2008

El viejo Paredes.



Y pa alegrar la reunión,
con el permiso de ustedes,
voy a contarles la historia
del viejo Tomás Paredes.

Hombre rico por demás
y de fortuna cerrada,
con ocho rodeos de vacas
y mucha plata enterrada.

Cuando tenía que carniar
sus vacas no estaban güenas,
y pa comer carne gorda
voltiaba vacas ajenas.

Con las carnes hacía charque
pa vendérselo al pulpero,
y él se comía las pezuñas
con las garritas del cuero.

Una ocasión envitó
pa una grande comilona,
y presentó al asador
dos pedazos de carona.

Cuando estaba resfriao,
por no tener mucho gasto,
se limpiaba con la jerga
o se arrastraba po el pasto.

Usaba el agua salobre
pa no gastar en salmuera,
y llevaba sus apuntes
en unas hojas de higuera.

Pitaba piola picada,
hacía vino con tomate
y en unos botines viejos
era que tomaba mate.

Con cerda y lana de oveja
hacía cabrestos y lazos,
y andaba en caballo herrao
pa no gastarle... los vasos.

Montaba con una silla
pa conservar el estribo,
y una vez perdió dinero
por no entregar... el recibo.

Y al final, en un arroyo,
como no quería dar nada,
por no dar... un grito juerte
lo llevó la correntada.