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jueves, 9 de junio de 2011

La ganga de la cosecha

(Foto: Colección Filipini "Cosechadora tirada por caballos" año 1920 - Fototeca Bernardo Graff - Santa Rosa, La Pampa)
De tan aguachento peca
este tiempo llovedor;
aunque en verdá es pa mejor,
pues ha conjurao la seca.
Dicen no ha de sonar hueca
la caja del que ha sembrao,
y tanto se ha ponderao
la cosecha venidera,
que, si les miento me muera,
¡yo mismo m'he entusiasmao!

¿Cantidá?... ¡Meta contar!
¿Calidá?... ¡Sinun engaño!
¡A la cosecha deste año
un himno le han de cantar!
Corcociando como el mar
un trigo verde esperanza
el color del oro alcanza
preparándose al acopio.
¡Al fin con dinero propio
se ensanchará la labranza!

Lo que nos sobre habrá quien
lo pagará en esterlinas;
serán las gentes vecinas
y las lejanas también.
Muchos el dinero ven
que ha volao últimamente
regresar al continente
y aquerenciarse de nuevo.
¡A crér tanto no me atrevo,
aunque soy muy complaciente!

Se afirma que sí señor,
que ha de venir el dinero,
no ya como aventurero,
sino como comprador;
no pagará un esplendor
que no ha brillao todavía;
se acercará día a día
pa agenciar lo necesario:
trigo, carne y fruto vario
desta gran proveeduría.

Pasó lo de especular
a la historia del bochorno:
aunque está encendido el horno,
tan sólo pan ha de asar.
La Uropa ha de precisar
su plata pa componer
lo que ha gozao en romper
con la guerra, ¡la gran pucha!
¡pa volver a ser tan mucha
en las que se habrá de ver!

Y basta de transacciones
sobre un valor inventao.
Aquí tan sólo el mercao
se brindará a las naciones.
Viva a puras inyecciones
el pueblo que sea Tilingo.
Sencillo el caso distingo
y en decirlo no me canso.
Pa cuantos está Indio Manso
o su cuñao Pancho Mingo.

Se descuelga un temporal,
y es cosa de bendecirlo.
Con franqueza he de decirlo,
no me parece esto mal.
Pero, amigo, no es igual
lo que sigue, y desconsuela:
ni se alumbran con pajuela
los que estudian la cuestión.
Da más luz en la ocasión
el yesquero de mi agüela.

No hemos tenido hasta hoy
barcos pa cargar el trigo.
Vaya pensando esto, amigo,
si es que chamboniando estoy.
Yo no he visto, o ciego soy,
del Rosario a Necochea
barco que argentino sea
y hasta el de afuera es escaso.
Pensando en el triste caso
el mercao se julepea.

Espera al ñudo la oferta
mucho maíz en el Rosario;
pasea el intermediario
haciéndose la mosca muerta;
deja la plaza desierta
y pa otro lao se refala;
va haciendo la cosa mala
pa ofrecer luego un insulto;
¡si hoy se menea algún bulto,
ni tan siquiera es de chala!

Con lo de no haber vapor
donde cargar los ceriales,
estos hombres muy formales
apretan al sembrador;
que también el fletador,
dirán los apreta a ellos,
y tras tantos sueños bellos
¡vean al que ha trabajao,
junto al maíz ya fermentao,
tirándose los cabellos!

Nada vale la paciencia
con que ha cultivao sin ocio:
le descalabra el negocio,
amigo, la indiferencia.
El ministro en la emergencia
nada sabrá resolver;
averiguará, pa hacer
buen ojo a este asunto ingrato,
cuántos pelos tiene un gato
cuando acaba de nacer.

No ha de prestar un morlaco
a quien, no habiendo extranjera,
fabricará la arpillera
con fibra de nuestro Chaco.
Perdóneme si me atraco
en esta cuestión mezquina,
pero nadie se imagina
cómo sin bolsas ni piola,
es asunto que no rola
el comercio en la Argentina.

Los pueblos que están en trenza
nos mandarán más de un barco,
pa que el trigo cruce el charco
y les llene la despensa.
Pa nuestro ejemplo y vergüenza
nos mostrarán otra vez
que todo el negocio no es
el chubasco y la faena:
¡a la cosecha más buena
la echa a perder un revés!

Preste el gobierno si tino,
no piense que todo es ganga:
entre intermediario y changa,
no queda un peso argentino.
Esto es matarse, imagino;
nos sobra sólo el afrecho,
y la patria hecha un desecho
de tanto que se abandona,
mira pal cielo, tristona,
como tapera sin techo.

martes, 7 de junio de 2011

El gaucho de antes


En el fondo adormecido
del colonial vasallaje
sobre la tierra salvaje
fuiste gaucho concebido;
hijo de un amor sin nido
que al pie del ombú fincó
y el peligro desafió
de las fieras y el pampero
y en pobre hogar altanero
en el desierto se aisló.

No ahogó tu sed de vagancia
la honda caricia celeste:
aire, flor y efluvio agreste
nutrían tu ruda infancia.
Brazo férreo de la estancia,
su custodio en la llanura,
bien probaron tu bravura
la res fiera y el malón:
Dios forjaba en ti al varón
de la gran raza futura.

Yo te evoco, y la verdad
en plena luz me presenta
tu gran figura que alienta
con vientos de inmensidad.
El grito de libertad
fue tu mismo y propio grito
y por sentirlo bendito
con él fuiste, gaucho de antes,
desde los Andes gigantes
a lanzarlo al infinito.

Si era brutal tu recreo
con el pato y la pechada,
era labor y era hombrada
tu bárbaro pastoreo;
doma o yerra era un visteo
y hasta un duelo con la muerte,
que altivo, sereno y fuerte,
en la guerra o en la paz
como tu lazo, en un haz
tuviste a la varia suerte.

Cuando el pial de la distancia
te dió las leguas a miles
sin más huellas ni carriles
que los que hizo tu constancia,
arreaste de estancia a estancia,
o, boyero de porteños,
a los confines jujeños
de tu carreta al cuidado,
fuiste en el yugo sentado
cantando como entre sueños.

Sin puente pasaste al río
y sin túnel la montaña,
dueño en poblado y campaña
de tu innato señorío.
Ya aceptaste el desafío
de payar junto al fogón,
ya un baile con relación
para encender en la moza
con la respuesta donosa
el fuego de una pasión.

De la cordillera al mar,
del norte ardiente al sud triste,
cuanto hoy de vida se viste
fue tu palestra y tu hogar.
Siendo vasto como el mar
era hostil tu vago suelo,
pero con fecundo celo
fue prendiendo en él tu ardor
tantas hogueras de amor
como estrellas tiene el cielo.

Más de un malvado sin fuero
galleando de rey paisano
llevó tu impulso lozano
al criminal entrevero.
Más si en tu afán de sombrero
bajo los potros rodó,
en tu blanca vincha vió
sobre tu melena lacia,
alborear la democracia
que tu pecho presintió.

Tras la cruzada primera
por el pago de los pagos,
los indígenas amagos
domeñaste en la frontera.
Tu continua montonera
toda opresión fue rompiendo;
así la patria fue siendo
ancha vecindad sin valla,
el poncho de inmensa malla
que tu amor iba tendiendo.

La extraña gente que acampa
en su seno, entonces luego
con tu progenie de fuego
que le da tu alma y tu estampa.
En el plantel de la pampa
sobre este nuevo existir
viste el santo sol lucir
y henchido de viejas dianas,
sublime de años y canas
saludaste el porvenir.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El presupuesto


Pal instrumento dispongo
de tan sólo un encordao
que hoy encontré arrinconao
y enredao como un rezongo.
Mi canto será un rezongo
en la guitarra viejita
que la he templao muy bajita,
pues me debo prevenir...
¡no tenga que recurrir
a un encordao de piolita!

Deme el amigo auditorio
asunto pa emprecipiar:
no me gusta soportar
un silencio de velorio.
Me han gritao que es bien notorio
el tema del presupuesto,
y ya me apunto con esto
y advierto a más de un cantor
que viendo que hay truco y flor
canta contra flor al resto.

La comisión que en sancocho
puso la pitanza anual,
cosa que hizo muy formal
entre su té y su bizcocho,
casi acaba en trenza de ocho,
a no ser que haciendo punta
salió arisqueando la yunta
del Melo y el Le Bretón,
a la escasa reducción
presentada por la junta.

Los dos apretaron duro
cortando por todo lao,
pero por otro costao
se hallaron en un apuro,
pues el detalle seguro
de empleaos que están sobrando
pidió el principal, desiando
si voltiar saber a quién.
Por tropa han indicao bien,
pero por cabeza, ¡cuándo!

De modo que habiendo cola
la pareja ver dejó
que hace tiempo comprobó
plata que no se controla,
pero como no es paviola
sólo indica la majada,
pues gente de su camada
han hallao en los registros;
y le han dao a los ministros
el derecho a la voltiada.

Con la pluma eligirán;
"este quiero, este no quiero".
A ningún jaife mañero
de seguro voltiarán,
desos que a buen sueldo están
por supuestos que nunca han visto,
de los que los ha provisto
el propio papá ricacho,
¡mientras más de un buen muchacho
se muere de hambre, por Cristo!

La junta del presupuesto
sin más dimes ni diretes,
despachó como chijetes
las litas tras todo esto.
Cada diputao ha puesto
sus ojos en la cuestión,
y en la primera sesión
no ha de haber quien no retruque:
que ya está pago el batuque
con pesos de la nación.

Del raboneo colijo
que más de un chancho se libra,
mientras se desequilibra
cargando al pueblo de fijo.
De un mal padres es este el hijo
que soporta el hurguetiar
con que lo viene a mochar
y a sumirlo en un infierno
¡Si dicen que eso es gobierno,
vaya al diablo a gobernar!

Ellos quedarán orondos,
muy taitas con mil quinientos,
cuando con sólo trescientos
tendrían bastantes fondos.
Pa lucir saberes hondos
y ser gente de verdá,
no sé qué necesidá
tienen, es lo que pregunto,
de alzar tanto peso junto
en ley de mensualidá!

La ponchada de millones
que juntó Roca, el finao,
es un ejemplo clavao
de todas estas cuestiones.
¡Dele y dele pellizcones
en los gastos de la lista!
Pero a ellos, ¡Dios los asista
si es que anda mal su balance!
¡De las gangas a su alcance
no apartan nunca la vista!

Muchos creen que chacoteo
porque es milonga mi canto;
pero tal juicio no aguanto,
pues no es el de mi deseo.
Tacho lo que es malo y creo
que mancha el alma argentina:
se las chanto al que se ostina
en salirse de la ley.
Mi porfía es la del buey:
sólo en la güella camina.

No olviden lo principal,
cocoritas congresales,
y ahorren los nacionales
donde estén destinaos mal.
Por su partido leal
deben de mirar, es cierto;
pero el país es un concierto
y olvidarlo será mengua.
Ni le den gusto a la lengua
ni crean que el pueblo ha muerto.

Con esta crisis aguda
a media rienda han de andar,
o a la ruina ha de rodar
la patria entera, sin duda.
Suerte tan fiera y peluda
sólo a este pueblo tocó
cuando también se olvidó
poner bien clara la cuenta,
y fué allá por el noventa
cuando la gorda se armó

viernes, 20 de mayo de 2011

Brillazón

(Pintura: Francisco Madero Marenco)
Tiene el campo del amor
un cielo de fantasía,
y su reflejo extravía
al gaucho más rumbeador.
A mí me pintó el primor
de una soberbia ramada
con un fondo de cañada,
y cuando al bajo llegué
ni agua ni frescura hallé
con que aliviar mi jornada.

La mujer que yo seguí,
era imagen de un hechizo:
se volvió luz y deshizo
cuando la ramada vi.
Mi engaño lamenté allí
al no encontrar el jagüel
que como en el cuento aquel
fuese la linda morada
de la chinita encantada
que hace ahogar a su doncel.

Mujer, agua ni gramilla
donde echarme a descansar,
encontré al despertar
de aquel sueño o maravilla,
y hasta hoy apena y humilla
mi azorado corazón
la negra desolación
en que voy por el desierto,
sintiendo no haberme muerto
al beso de la ilusión.

Pagué así las vanidades
de que avariento hice acopio:
rivalidad, amor propio
y ardorosas liviandades.
Son esas crueles deidades
en el campo del amor:
hostigan al deseador,
y tras la mujer más bella,
salido de la honda huella
lo sumen en el dolor.

La tropilla

(Pintura: Francisco Madero Marenco)

En mi tierna mocedad
tuve tropilla de un pelo,
que entonces me daba el cielo
completa felicidad.
Rosillos, con variedad
sólo para mi sencilla,
les causaba maravilla
a cuantos los contemplaban
y alabándome exclamaban:
¡quién tuviera esa tropilla!

Sin echármelas de bueno
digo al que de doma entienda
que no bien fueron de rienda
yugando los hice al freno.
¡Qué conjunto más sereno!
Se paraban con aliño
a mi acento de cariño
y al palmearlos hasta el anca
junto a una yegua más blanca
que la inocencia de un niño.

Eran un platiao de aliento,
de a diez legua sin castigo
y un rosao... que no bendigo,
capaz de correrle al viento;
un malacara que hoy siento,
mojón para los tirones,
un overo de empujones
seguros en el aparte
y un moro que era del arte
de rendir los corazones.

¡Vaya si es fantaseador!
habrán de exclamar en coro,
sin ver que el rosillo moro
fué mi pingo pa el amor.
Suavecito a mi sabor,
de sobrepaso medido,
ni de noche era sentido...
y de nochiar era cosa.
¡Ir con él hasta una moza
era como ir escondido!

Ni uno flojo, liberales
y nobles sin un recelo
quince más del mismo pelo
entropillaban leales.
De alzada y señal iguales
algunos a los mejores,
fueron para jugadores
causa de equivocación
y así más de un patacón
les saqué a sus tiradores.

Jactancioso de mi brillo
entre gauchaje y puebleras,
me perdieron las carreras,
los amores y el cuchillo.
Estando el juez y caudillo
en un juego de sortija,
me propasé con su hija
y la insolencia no alabo:
se tienta a dar con el cabo
quien castiga sin manija.

Con cepo y estaquiadura
quiso el juez curar mi mal
pero yo era bagual
me le resistí a la cura.
Tropezará quien apura,
y yo tropecé esa vez.
Las carabinas del juez
mas que mi daga vaieron.
Una bala me metieron,
y adiós reto y altivez.

De padre, madre y hermanos
las reprimendas sufrí,
y cuando salvo me ví
no hallé amigo en mis paisanos.
Con mis rosillos ufanos
quise echarme campo afuera.
¡Cada flete era una fiera!
Pronto comprendí la broma
al ver mi yegua paloma
degollada en la tranquera.

Lloré como sólo llora
quien vuelto de un batallón
ve en el querido rincón
su rancho en que nadie mora.
¿Quién a una yegua no adora
cuando a su ley entabló,
los de un pelo que domó
hasta pararlos a mano,
mansitos, hechos al grano,
como los tenía yo?

Ultrajado me sentí,
dejé trabajo y querencia,
y llevao por mi demencia
en vago me convertí.
En el moro me perdí
con el rosao de repuesto.
Llevaba en el moro el resto
de mi amorosa confianza
y en el rosao la esperanza
del jugador, por supuesto.

En su pingo de pasear
vino a mi encuentro una moza
y me rogó, muy llorosa,
que no la fuera a dejar.
Cuando se me iba a enancar
di un chirlo a su mancarrón,
quedó a pie y sin dilación
talonié al punto mi moro...
Aquel hecho que hoy deploro
me valió su maldición.

La obediencia a los mayores,
la tolerancia entre iguales,
la pena ante ajenos males,
la bondad con los menores,
todas cuantas son las flores
del jardín de la virtud
rotas por mi ingratitud
con la tropilla quedaron
y las tormentas nublaron
la luz de mi juventud.

No me perdonó su asedio
amigos, la suerte flaca...
Salí de grupa y guacaya
y pronto me vi sin medio.
De balde busqué remedio
en mi rosillo rosao:
lo castigué demasiao,
pues no bien causaba estrago,
yo gritaba "¡mano al trago!",
y el dinero era aventao.

Rebajé a mi parejero
de tanto que lo amolé,
y hasta uñera le saqué
y comenzó a ser mañero.
Yo fuí apostador, rayero,
super ardides a granel;
cuando sin andarivel
gambetié al rey de una pista,
cobré y me perdí de vista...
¡pues era el de un coronel!

Como el gusano del cuajo
atacase a mi rosao,
sin andar con más cuidao
me lo despené de un tajo.
Mi moro, de rienda abajo,
ocurrente parador,
o quizá de burlador,
paró en mi ley justo al toldo
de una viuda con rescoldo
para un huérfano de amor.

Cerdeando yeguas ajenas
no se perdona el mechón.
Yo fué cruel en mi afición
de rubias y de morenas.
Las pagué todas por buenas
en esa ocasión machaza
en que a la china, hecho brasa
le fuí a llorar al costao,
viendo a mi moro parao,
contento, como en su casa.

"Aquí mi pena termina",
me dije, "sentaré juicio;
del trabajo haré mi vicio,
tendré rancho y tendré china."
Pero la mujer ladina
me apuró hasta los extremos.
"Espere que averigüemos
si usté es hijo de cristianos,
y en pazo con padres y hermanos
entonces nos casaremos."

Con eso aumentó mi fuego.
Recordé mis mañas viejas
y adobé elogios y quejas
enristrados en un ruego.
Ella malició mi juego,
salió a llamar a su gente,
me trataron de indecente,
de gaucho de mala vida,
y yo que la vi perdida
me las eché de valiente.

Pelié a sus propios hermanos:
con uno me desgracié;
en mi moro me largué
y me siguieron cercanos;
tres policías livianos
con ellos se me vinieron;
como apurao me tuvieron
soltando al moro las riendas
les fuí tirando las prendas...
No sé si se detuvieron.

Cuando la tarde caía,
cosa de milagro fué,
me vi seguro y noté
que el moro se detenía.
Jamás en la vida mía
me hallé en más triste lugar.
Era aquel un peladar
sin mata de pasto puna
donde en la noche sin luna
atar y echarme a olvidar.

¡Qué habría de olvidar nada
si ya cargaba una muerte!
Rogando a Dios por mi suerte
me sorprendió la alborada.
Con el alma atribulada
más afuera enderecé;
entre matreros me hallé;
fuí boleador, vendí cueros,
y al fin con unos nutrieros
mi existencia empantané.

Nunca pude entropillar,
que apadrinador no había,
y si amansé no tenía
yegua adrede que maniar.
Mi castigo fué montar
siempre ajeno mancarrón,
pero busqué la ocasión
de salirme de la mala,
con el cuidao de quien piala
antes de la parición.

¡Ah mi tropilla de mozo
cuando me inspiró el deber!
Fué el palenque mi saber,
el trabajo fué mi gozo.
Todo sentimiento hermoso
tuvo su pingo ejemplar.
Pero al fin vine a fallar
por el lao que halaga y brilla.
¡Cuide mejor su tropilla
quien no la quiera llorar!

En más de un trance maldito
en que peligrando anduve,
ya un anca partida tuve
más pesado que un delito,
ya un enteco potrillito
que no abandonaba el tranco,
ya un bagual en nada franco,
mezquino y arrebatao,
ya, para más amolao,
un irrisorio lunanco.

Tropezador, pescuecero,
bellaco, disparador,
todo flete de favor
me fué inútil por mañeron:
así un alazán overo,
zafao como mi insolencia,
un gatiao que era evidencia
de mi vieja zorrería
y un tordillo que tenía
más manchas que mi conciencia.

En todo pelo he sufrido,
bayo, zaino o yaguané,
los dolores que causé
y de que me he arrepentido.
Por un afán compartido
me dió, a la postre, un peón
un oscuro mancarrón
como a mis años conviene...
¡Pienso que con él le viene
a mis culpas el perdón!

Maceta como su dueño
el pobre animal me vale:
un trabajito me sale
y con él me desempeño.
De hoy más no abrigo otro sueño
que ser bueno sin apuro,
y resignado y seguro,
com quien sabe su suerte,
en las puertas de la muerte
al fin ataré mi oscuro.

El Jagüel


"Ya está chocho el viejo Abel
dicen, porque en mi bichoco,
a hablar solo como un loco
me vengo junto al jagüel.
¡No he de venirme si es él
cuanto queda de la estancia!
Los dos a la extravagancia
de lo nuevo resistimos
y siendo lo que antes fuimos
nos hemos jurao constancia.

En ese lugar me veo
mesmo que cuando era mozo
cuartiando la manga el pozo
cargadita a mi deseo.
El ganao al barbolleo
paraba pronto la oreja,
y entre vaca y entre oveja
hasta baguales caían
y en el agua que bebían
ahogaban juntos su queja.

Baño de la patroncita
aquella glorieta fué
que hoy derrumbada se ve,
sin flores, cuasi marchita.
Hasta la mesma zanjita
es hoy rastrillada incierta;
yo la uní con la compuerta,
y el agua dende este sauce
hallaba en ella su cauce
pa dir a regar la huerta.

Seca como las vasijas,
seca como el bebedero,
todo se ha güelto un vivero
tan sólo de lagartijas.
El agua por las rendijas
se iría que es compasión.
Ni en la orilla del zanjón
crece ya el camalotillo
que le gustaba al potrillo
favorito del patrón.

Todo cuanto quise y quiero
vivió arrimao a este pozo.
Por eso pena y no gozo
siento al mirar su crucero.
Lo que anidar un hornero
la finadita y yo vimos
y enamoraos aprendimos
del pájaro la lición,
juntando paja y terrón
también nuestro rancho hicimos.

Ella a veces: -"¡Que has cinchao!"-
me retaba: -"Sosegate!"
Y alegre me traiba un mate
de espumita coronao.
¡Ah cielo, me has condenao
a ver mudanza tan fiera!
¡De balde me lo alvirtiera,
pa que ya nunca lo olvide,
el mesmo hornero a quien vide
llorando muerta a su hornera!

Y ahura si hasta el pozo voy
miro con horror su aujero.
La manga ya no es un cuero,
un verdín jediondo es hoy.
Ahí junto al hoyo me estoy
por si algún rumor se siente.
Veo una luz redepente,
me acerco anhelante al bordo,
y el sapo rezonga sordo
y no mana la vertiente.

Tampoco hay agua que echar
en mi alma seca, de juro:
soy pozo olvidao y escuro
que se comienza a abombar".
Es tan bárbaro el pesar
del viejo Abel a esta idea,
que furibundo se apea,
busca en el pozo la soga,
la ata y de ansiedad se ahoga
cuando el zaino talonea.

De pronto pensó en dar vida
al agua muerta del pozo
con retirar sin reposo
la verdosa y corrompida.
Y la hacienda detenida
en bretes de un uso extraño
volvería a ser rebaño
que rebelde a la ración,
bebería en el zanjón
el agua fresca de antaño.

-"¡No has de arrumbarme a lo perro!-
gritó al moderno molino.
-La rueda de mi destino
no está en tu torre de fierro."
Y apurando el desentierro
de la manga, soltó rienda;
creyó ver llegar la hacienda,
la roldana un ¡ay! lanzó,
y en los aires levantó
chorreante cosa tremenda.

Igual que ternera ahogada
suspendida de aquel modo
la manga empezó a echar lodo
pero no quedó vaciada.
De manera inesperada
se hundió con agrio rechino
y el zaino como chapino
botando al viejo en la alberca
le hirió la cabeza terca
al dictado de su sino.

Sobre resplandores rojos
la noche enlutaba el cielo
y el viejo, para consuelo,
volvió hacia arriba los ojos.
"Aquí quedan los despojos,
dijo, del Pozo de Abel.
No dirán que le juí infiel,
dende que cabal mi suerte
me dió pa cajón de muerte
la balsa de mi jagüel".

Andan matreros los cobres


"Con la cosa de la guerra
andan matreros los cobres.
¡Se van a morir de pobres
los paisanos de esta tierra!"
En una ocasión muy perra
así cantó aquél cantor
que cantando con primor
rindió a la patria el tributo
del fausto criollo, ese fruto
de la más preciada flor.

Señores, la gente está
aplastada de tan corta.
Falta de esperanza aborta
toda buena voluntá.
Se ve andar de aquí pa allá
en el campo al paisanaje,
en la ciudá al jilaifaje,
¡y hasta a la mujer, al cabo!
Hoy todos buscan conchabo,
pero sin ningún coraje.

En este trance tan fiero
hasta Anchorena dispara.
¡Feaza tiene la cara
Buenos Aires sin dinero!
¡Intendente majadero!
Quiso la ciudá tajiar
pa alegrarla y ventilar
con calles tuertas... y ¡de ande!
¡Coco chico, oreja grande,
hombre puro bulevar!

Deja la ciudá mistonga
y aujeriada en la barriga.
No habrá quien cortando siga
ni quien un centavo ponga.
De áhi que también se proponga
dejar todo sueldo mocho
la comisión que en sancocho
pone la pitanza anual,
cosa que hace muy formal
entre su te y su bizcocho.

Tierra adentro es algo triste
como las cosas están.
De Entre Ríos a San Juan,
tan sólo miseria existe.
Ya la razón se resiste
a crer sean tan siniestros
los percances que a los nuestros
da la suerte en sus reveses.
¡Por allá hasta quince meses
van debiendo a los maestros!

Cuando subió Laurencena,
al gobierno provincial,
halló por todo caudal
el dinero pa una cena.
En otra provincia suena
una especie de desliz.
Alguien pensó: -es infeliz
entre el enorme entrevero,
dejar que pueda el dinero
ir haciéndose perdiz.

Y pal sastre lo guardó,
no pa otra cosa maldita
porque una vez su levita
por vieja se criticó.
Fué cuando lo visitó
Roque Sáenz Peña, el finao.
Desde entonces ha porfiao
en vestir en forma grata.
Y es por eso que la plata
se le ha como aquerenciao.

Eso es lindo tan siquiera,
pues debe un gobernador
por donoso y por pintor
anunciar la primavera.
Él nunca se desespera,
y su figura cantora
ha de llevar sin demora
a veraniar, y al contrario
otros tendrán por balneario
la fuente de Lola Mora.

Los cobres andan matreros
huyendo de los cristianos.
Muy pocos son los ufanos,
y éstos no son verdaderos.
Todos se ven tan fuleros
que ya ninguno se indina.
Sólo la patria Argentina
al mando de Victorino,
le llora al Poder Divino
pa que l'eche una propina.

jueves, 19 de mayo de 2011

La guitarra

(Foto: Hugo Covaro)
Al verte arrumbada y sola
he aventado de tu caja
el polvo que te amortaja
sin estar muerta, mi viola.
De tanto anudar con piola
tus viejas cuerdas barbudas,
están esas cuerdas mudas,
no puedo un cielo rasguear
ni al son de un triste implorar
al Señor de mis ayudas...

En tu caja resentida
de tu existencia razón,
como yo, en el corazón
tienes una larga herida.
Así, tu vida es mi vida
una la dicha fue ayer,
uno solo el padecer
y, si nuestra vida es una
tal vez la misma fortuna
gozosos nos vuelva a ver.

Allá en tus tiempos mejores
prendidas del clavijero
más de un cantor guitarrero
te envidió cintas y flores.
Una funda con primores,
que hoy se hizo tiras de rala,
te hubo bordado por gala
la moza que amé y me amó
y que también me dejó
de puro que ando en la mala.

Pobre la guitarra mía...
más de uno me ha preguntado
por qué ya no te he mercado
en una vil trastería...
Primero me moriría
asido a tu diapasón,
que si cuerdas de ilusión
no dan más voz que el silencio,
yo en tu mudez reverencio
mi honrada desolación.

Mas, no es tanta tu pobreza:
tus cuerdas emparejé
y ya a rasguear empecé
las notas de una firmeza.
Si tu voz es voz que reza,
honor es tu desventaja;
y solitos, en voz baja
daremos gracias a Dios,
siempre abrazados los dos,
tú a mi vida y yo a tu caja.

jueves, 3 de febrero de 2011

Día de lluvia


Fué despacio oscureciendo,
la lluvia es ya espesa y mucha,
y sólo el rumor se escucha
del agua que va cayendo.
Tuve tiempo de ir trayendo
la leña para una hornada,
entré toda la majada,
las aves llevé a su altillo
y hasta le he puesto un toldillo
a una plantita quebrada!

Desde el borde del alero
el gotear constante brilla
formando una cortinilla,
adorno del aguacero.
El último teru-tero
hace tiempo se alejó,
pero lo recuerdo yo
cual si fuese en ese instante,
porque el silencio reinante
gritando nos anunció!

Es codiciado aposento
más que todos, la cocina;
en él prepara mi china
el mate y el complemento.
Las tortas que hará al momento
ya los chicos las sospechan
y en un rincón aprovechan
la ocasión de estar callados,
mientras mis perros mojados
sacuden el agua y se echan.

Mi mira el "Fiel" zalamero,
gruñe el "Lobuno" seriazo,
y yo entro a sobar un lazo,
vieja prenda que venero.
No ha quedado en aguacero
el llover murmurador,
y a su influjo bienhechor
van las almas ablandando
y vamos todos mostrando
lo que hay en ellas mejor.

Más calma se halla en los viejos
y más ternura en los niños;
mis olvidados cariños
nos tiene a todos perplejos;
tras muchos años, de lejos
parece que hemos tornado;
el quehacer nos ha apartado
un día tras otro día,
e ignorábamos que había
esto tan lindo y sagrado!

Trae un mozo a la cocina
un nido de chingolitos.
¡Sin duda a los pobrecitos
los volteó la ventolina!
En las manos de mi china
se comienzan a animar.
Yo vuelvo el nido a arreglar
y lo seco junto al fuego,
y como ella es madre, luego
los va en el zarzo a dejar.

Allí el ave enloquecida
que volaba en la enramada,
reconquista su pollada
en mi alero guarecida.
Con mi mujer conmovida
vuelve el silencio a la rueda;
fuera y dentro el amor queda
amparando a sus hijuelos
y el agua trai de los cielos
su inmenso arrullo de seda.

A un chico que se enzurruna
porque un chingolo quería,
una torta, avemaría,
le han dado, como la luna!
Mientras a saciar su hambruna
en la torta comenzó,
el abuelo le explicó,
oyendo un trueno lejano:
"El padre Eterno es anciano,
y por usté rezongó".

Comiendo y al par mirando
al abuelo mi chicuelo,
cree ver a su propio abuelo
en los cielos asomando.
Más que nunca el nido blando
gozamos con lo ocurrido;
el mocetón ha encendido
el candil de la velada,
en tanto en la noche entrada
sigue sonando el tronido.

La lluvia que nunca cesa
rebasa en el tinajón,
y tal vez en mi zanjón
pasa un codo la represa.
En derredor de la mesa
ya habremos de comentar
por lo que se hizo esperar
y por lo que es tan mansita
esta gran lluvia bendita
que hoy bebe mi trebolar!

La humildad



El que haya oído esta copla
dígamelo sin tardar,
que si no sabe el sentido
yo se lo habré de explicar:

"Si por pobre me desprecia
no le hallo mucha razón,
que hombre pobre y leña verde
sirven cuando hay ocasión".

Así dice la cuarteta
sin ambages ni parola.
Es tan clara su intención
que se está explicando sola.

Se me han como acobardado
los versos que canto yo:
de más floridos presumen,
pero de más sabios, no.

Vieja copla remozada
a la par que va rodando,
de labios en labios vuela
y a muchos va consolando.

Y a otros enseña a no dar
el fallo por la apariencia.
No siempre lo humilde es pobre,
ni lo que brilla opulencia.

¡Linda la copla algo zorra!
A veces me ha echo a pensar
en quién pudo haberla urdido,
y en qué trance y qué lugar.

Si fué el mozo que bailaba
bolseado por su pareja
y aprovechó el pericón
para soplarla a su oreja.

Si la pensó un olvidado
en la rueda del fogón,
a quien no alcanzó ni un mate
la dueña de su pasión.

Saber quién fué, dónde y cómo
no hará la copla más buena;
si esa copla es bella flor
es porque es flor de una pena.

Yo la venero y la doy
igual como a mí ha venido...
¡Flor del aire, al aire va!
De la copla me despido.

Es pobre mi comentario;
pero no habrá quien me tilde.
Yo escucho la voz más débil
y aprendo en lo más humilde.

Y tal vez fué tan humilde
y huérfano este cantar,
que nunca la oyó la ingrata
que lo ha sabido inspirar.

Perdón para mí les pido,
para la copla atención,
y para su buen consejo
un sitio en el corazón.

Despedida gaucha

¡Mirá, florcita, si el sino
fieramente nos amola
que igual que quirquincho bola
me tiene junto al camino!
Ni a cinchar mi "Rey" atino
ni a mostrarme en su presencia...
Sin sombra de malquerencia
ponerme a prueba quedrá
que ansí empujándome está
pa los campos de la ausencia.

Yo que clavao me quedé
en la sabrosa espinita
de la flor de tu boquita
en cuanto a verte empecé;
sangrando me alejaré
pero al ñudo es que la suerte
me esté mandando no verte
si a toda parte que voy
siempre mirándote estoy
de tanto que sé quererte.

¡Pobre el cuzco de tu antojo
que mi excusa supo ser
pa dentrar a merecer
tu modito y tu reojo!
Llegó cruzando el rastrojo
y me vino a acariciar,
y viéndome titubiar
comprendió que yo me iría
y por tu pena y la mía
se echó a mis pies a llorar.

Ya que la suerte está echada,
cortemos campo, mi "Rey":
vos que sos gaucho en mi ley
me ahorrarás la costalada.
¡Adiós!, florcita dejada;
quizás me quedrás mejor
ya que alvertiste el amor
de quien nada te ha pedido
y áura se encuentra perdido
en la huella del dolor.