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viernes, 3 de junio de 2011

En la cruz de su alazán

(Pintura: Francisco Madero Marenco)
Desde la verde extensión,
montando un brioso alazán,
el paisanito Julián
enfila hacia el callejón.
En su pecho una ilusión
acaricia con empeño,
porque anhela ser el dueño
de una morena preciosa
que se muestra desdeñosa
y por ella perdió el sueño.

Cuando el pingo escarceador
va repechando la loma,
ve que en la tranquera asoma
la que le robó su amor.
Sonriendo está el campo, en flor,
cuando él le cuenta sus cuitas,
mientras que las margaritas,
al paso de aquella moza,
al saberla tan hermosa
parecen quedar marchitas.

Ante la presencia de ella
él dijo, en tono profundo:
"Sería el más feliz del mundo
si me alumbrar tu estrella".
La moza, tímida y bella,
le contestó emocionada:
"Aunque tu expresión me agrada,
comprometerte no quiero...
el hijo del estanciero
me tiene atemorizada."

Apareció el estanciero;
con gesto tan provocante
que resbaló en un instante
de la cintura el acero.
Sereno, en el trance fiero,
ante el ataque inhumano
su cuerpo, ágil y baquiano,
esquiva la puñalada...
y le hace saltar la espada
de un rebencazo, el paisano.

Viendo la mano abatida
y a su rival confundido
le dijo: "Soy bien nacido
y le perdono la vida".
Y la moza, decidida
por el amor de Julián,
con cariño y con afán
no desdeñó sus halagos
y se fue, para otros pagos,
en la cruz de su alazán.

Rebenque

(Foto: Eduardo Amorim)
Tengo un rebenque platiao
que aunque en el aspecto es rudo
en lonjas de cuero crudo
este criollo ha trabajao.
A más de un toro endiablao
con él le cimbré una guampa
enhorquetada mi estampa
en un zaino coscojero
que en mis tiempos de resero
supe atravesar la pampa.

Nadie ignora que al albor
en esta tierra de mayo
la Patria se hizo a caballo
con empuje y con valor.
Espantando al invasor
escudriñando frontera
era como una bandera
en que el brazo del paisano
el rebenque americano
impulsando montoneras.

Yo le canto con esmero
por la nobleza que encierra
en la paz como en la guerra
es insensible aparcero,
es chasquido en el resero,
es alma del domador,
encima de un mostrador
o en el cabo de un cuchillo
es el rebenque sencillo
hecho de empuje y valor.

El facón Ramallero

(Foto: Eduardo Amorim)
Tengo un facón cabo'e plata
que cuido como un tesoro
tiene unos anillos de oro
y es de muy antigua data.
Es regalo de mi tata
por eso tanto lo quiero
aguel gaucho Ramallero
lo llevaba en la cintura
rumbeando en la noche oscura
en sus tiempos de resero.

En una dura porfía
jamás lo desenvainó,
y aunque a veces lo tantió
pa'saber si lo tenía.
Como criollo de valía
en la razón se condensa,
y dicen que en su defensa
con destreza de campero,
le bastó con el talero
pa'castigar una ofensa.

Por eso les aseguro
que lo cuido y no lo pierdo
es el más caro recuerdo
de un cariño noble y puro.
Yo con modestia procuro
llevarlo con dignidad
en honor a la heredad
de mis antiguos blasones
que como mis tradiciones,
se templó con la verdad.

Hoy lo llevo en mi carrera
de payador argentino
como guardián de los trinos
de mi guitarra viajera.
Aquella imagen señera
que recuerdo y que venero,
tan firme como el acero
y tu cabo de oro y plata,
es el recuerdo de tata
aquel gaucho Ramallero.

jueves, 2 de junio de 2011

El Bragao


Bienhaya potro bragao,
que en los lares del Oeste
por todo el paisaje agreste
tu regia estampa has pasiao!
A tu pago le has dejao
tu nombre imperecedero...
Ninguno te tarjó el cuero;
ningún hombre te margina;
y por ser libre, a tu clina
sólo la besó el pampero.

Comentan que el paisanaje,
deslumbrao por su belleza,
lo perseguía con presteza,
a bola, lazo y coraje;
pero su estirpe salvaje
siempre lo tuvo despierto;
antes que cautivo, muerto
por ley de su corazón...
y como una exhalación
se perdía por el desierto.

Pero un día, por la extensión
mil gauchos se dispersaron
y todo el ganao arriaron
con ímpetu de ciclón...
Bragao, por tu perdición
te persiguen sin piedad;
pero, por tu libertad,
al fin de tu trayectoria,
te hundiste en aguas de gloria
con rumbo a la eternidad.

Imaginando su estampa,
las reminiscencias vivo
del caballo primitivo
que se dispersó en la pampa.
Luego, en mi memoria acampa
la poesía de Roldán.
Con él, el Gran Capitán
traspuso la cordillera
y fue asta de mi bandera
en Salta y Tucumán.

Cimarrón

(Roberto Ayrala)
El vaivén de la existencia
trato de tranquear parejo,
como dejando un reflejo
de mi vida y mi conciencia.
Pongo cariño y vehemencia
cuando el amigo es amigo;
siempre a ser justo me obligo
y me agrando en las derrotas,
sin envanecer mis notas
cuando algún triunfo consigo.

Por eso es que al trajinar
busco el camino derecho,
pa'cuando llegue al repecho
no tener que claudicar.
Siempre supe respetar
a la nativa heredad;
y con gaucha honestidad
vaya esto, como proverbio:
no acostumbro a ser soberbio
adonde veo la humildad.

Y cuando pulso el cordaje
no peco por inmodesto;
mas, también sé "echar el resto"
si me infieren un ultraje.
No hago alarde de coraje;
pero, de cualquier manera,
sé defender dondequiera,
con mi lira y con mi verbo,
el alma de nuestro acerbo
y el color de mi bandera.

No me gusta entropiyarme;
quiero ser libre y volar;
mas también sé respetar
al capaz para enseñarme.
Tan sólo por consagrarme,
no sigo la procesión;
dejo a mi propia intuición
que aclare mis pensamientos.
Soy arisco pa'los tientos
como potro cimarrón.

Tradición gaucha

(Foto: Eduardo Amorim)

Cuando en el primer albor
del sol que al naciente brilla
vide gauchos y tropillas
y aperos que era un primor,
luciendo con esplendor
chambergo, poncho y facón
y honrando la tradición
de nuestro suelo argentino
marchaba por su destino
el inmortal Pabellón.

Parece que reviviera
la estampa de Martín Fierro
al escuchar el cencerro
de las madrinas punteras.
En mi guitarra viajera
prendo un verso al diapasón,
y lo clavo cual mojón
en las llanuras sureñas
pa que quede como enseña
de la gaucha tradición.

Mientras existan fogones,
ranchos, peñas, pulperías,
vivirá la tierra mía
fervor en sus tradiciones;
retumbos de redomones
que trepan por las laderas
creo ver en las fronteras
y conquistarlas de a jemes,
la imagen de Martín Güenes
envuelta en nuestra bandera.

Así atizando esas brasas
mantendremos encendido
y no caerán al olvido
las costumbres de mi raza.
Como el Pampero que pasa
del uno al otro confín
levantemos un fortín
de patriarcal trayectoria
para conservar la gloria
del pueblo de San Martín.

Orgullo de domador

(Foto: Eduardo Amorim)
El gaucho Ariel Peñaflor
de la estancia La Alborada,
en donde existen manadas
de potros que es un primor,
y como es buen domador
famoso en el pago entero
va a entropillar con esmero
y aquerenciar al cencerro
pingos que al decir de Fierro:
"Den la güelta sobre un cuero".

Entre los doce baguales
se hallaba un bayo atigrao
que parecía endiablao
con ribetes colosales.
Dientes y manos fatales,
cuando el paisano lo ensilla
va temblando su golilla,
cuando no se arrastra, vuela,
y a veces con las espuelas
acaricia la gramilla.

Pero la perseverancia
del criollo al fin lo doblega
y despacito se entrega
al crédito de la estancia,
como premio a su constancia
a su entereza y valor,
y al mirarlo escarciador,
vivo, listo y coscojero,
cifra en el pingo tigrero
su orgullo de domador.

Y una mañana divina
que amor patrio clamorea
mientras en lo alto flamea
la magna enseña argentina.
Con cintitas en las clinas
viene acariciando aquel bayo.
Porque Ariel sacó un caballo
sin cosquillas y de rienda
lleva enancada a su prenda
un Veinticinco de Mayo.

lunes, 18 de abril de 2011

Los dos tigres

(Pintura: Rajadell)
En un pingo escarceador,
pisando trébol y grama,
al cumpleaños de su mama
iba un gaucho payador.
Sin plata en el tirador
regalo no había comprao;
se le tendió su tostao
al cruzar un pajonal
y un zarpazo colosal
le tiró un tigre cebao.

Pegó un relincho estridente
y se le bolió el montao,
quedando el gaucho parao
con el tigre, frente a frente.
Pensó el paisano valiente:
"seré festín en los yuyos
pero soy gaucho y no huyo",
y mirando al tigre fiero
dijo: " has de cobrarme el cuero
o yo he de llevarme el tuyo".

Arrolló el poncho en el brazo
y en la derecha el facón,
sintió en el hombro un jirón
con el rigor del zarpazo,
esquivó el cuerpo y de paso
con una intuición certera,
sereno y sin más espera
a su facón como luz
lo sepultó hasta la cruz
en el cuerpo de la fiera.

Después que lo hubo cueriao
buscó a su flete querido
que respondió a su silbido
aunque estaba algo asustao.
Ya de nuevo enhorquetao
por suerte pudo llegar
y es fácil imaginar
que desde entonces su mama,
tiene cubierta su cama
con un cuero de jaguar.

viernes, 18 de septiembre de 2009

De los caballos de la Patria (payada)


El caballo que ha llegado
con Don Pedro de Mendoza
sobre la pampa grandiosa
luego se ha multiplicado.
Traía un zaino colorado
que cuando desembarcó
junto al Riachuelo montó,
y pienso que fue el primero,
que resollando el Pampero
estas praderas cruzó.

En el suelo paraguayo,
cuando Artigas se moría
"traigan mi moro", decía
"quiero morir de a caballo".
Argentinos y uruguayos
ya conocen el porqué
hay que estribar con mas fé
cuando ya el final se advierte
que a un buen gaucho, ni la muerte
debe encontrarlo de a pie.

A caballo por Suipacha
con los gauchos de Balcarce
que amagando replegarse
volvieron de punta y hacha.
Con esos criollos sin tacha,
que al alerta del clarín
desde el lejano confín
en un galope nos llega,
el tostao de Santos Vega
y el blanco de San Martín.

En el galope o el tranco,
el paseo o el sacrificio,
el Palomo de Aparicio
tuvo alas de poncho blanco,
y en el centro y en el flanco
de las pampas solariegas,
se toparon en refriegas
para el mal o para el bien,
el oscuro de Pincén
y los blancos de Villegas.

Un moro de buena laya
montó Guemes y al comienzo,
un bayito en San Lorenzo
cayó bajo la metralla.
En la guardia el monte talla
un colorao, sangre e' toro;
como diciendo, atesoro
aquel corvo soberano:
va el rocillo de Belgrano
y Martín Fierro en su moro.

Y sin dejar nombre alguno,
porque el paisano sencillo
lo nombró por el rocillo,
el gateao o el lobuno,
el pangaré y el cebruno,
los ensilla la memoria
con un apero de gloria
y con las señas del pelo;
como el gaucho de este suelo
fueron sin nombre a la historia.

jueves, 14 de mayo de 2009

Señuelo


Como no ato al pensamiento
la tropilla de mis versos,
siempre los tengo dispersos,
desparramaos al viento;
pero si en cualquier momento
la mente los imagina
y una milonga argentina
cruza la pampa y el cerro
vienen buscando el cencerro,
de mi guitarra madrina.

El nativo payador
entonces, para rodeo
y al son de su bordoneo
suelta el canto superior.
Un ruego de fe y de amor
aflora en su trova humana
y llega al alma paisana
su acento tradicional,
como el silbo del zorzal
al despertar la mañana.

Si canta trovas de amor,
engarzando mis delicias,
también fustiga injusticias
porque es del pueblo cantor.
Se adentra hasta el mismo albor
y en la historia, es un cencerro
que en el llano y en el cerro
se viene identificando;
es porque canta opinando
como cantó Martín Fierro.