1 El recuerdo “desenroya” historia de un viejo lazo, que fue bandera en mi brazo en ardua tarea “crioya”. “Presiya”, yapa y “argoya”, cuero crudo bien “sobao” el tiempo dejó “grabao” “meyas” de rudos eventos; fuerte cuerda de seis tientos con un prolijo “trenzao”. 2 Prenda de usanza campera, herramienta de trabajo, fiel servidor a destajo “hermanao” a la asidera. En la cancha de carrera fue sentencia de llegada, tensión en cada “pialada” potenciada en los revuelos, al encerrar dos brazuelos en el hueco de su armada. 3 En cada brazada quieta el tiempo desvira sueños, de futuros halagüeños y el vacío de esa meta: “pial de volcao”, de paleta, de revés, por sobre el anca, corto tiro de payanca invitando a echar verija, “P’a” que aprisione de fija las manos de una potranca. 4 El más indómito toro no pudo con sus tirones, cuando firme en los garrones un palenque fue mi moro. Lazo que tanto valoro por aguantar la exigencia, hoy lo guardo en mi querencia cual reliquia pa’ la suerte, hasta que corte la muerte los tientos de mi existencia.
Sobre el brocal que resguarda El viejo pozo aguatero, Con su percal dominguero La moza, sentada, aguarda. Se ve en lo inquieta que tarda Quién su cariño presiente; Porque llevando a la frente Una mano, explora alerta, La vieja huella desierta Donde no asoma el ausente.
Y mientras cada mirada, Tras de un suspiro va huyendo, Un clavel se va durmiendo Sobre una cálida almohada. Ya al sol la agreste lomada, Lo oculta, y ella abatida, Mira la flor prometida Mientras sus manos nerviosas, Torturan los moños rosas De sus trenzas renegridas.
Pero de pronto calmando Sus inquietudes divisa, A un jinete que de prisa Viene el camino acortando. Entonces, como soñando, Besa con ansia el clavel Y aunque ya, el instinto fiel Le confirma su ventura; Suspirando con ternura Se pregunta: ¡Será él?
Y lo demás para que Decirlo, si ya es sabido El reproche no ha existido Y la tristeza se fue. Sólo al mirarlo ya ve, Que no es posible el enojo, Hay tanto amor en sus ojos Que solo pierde terreno, Mientras temblando en su seno. Revive el clavel más rojo.
Cada uno tiene en la vida alguna debilidá, Y está su felicidá En la cosa más querida. Pal glotón es la comida, Pal avariento, la plata Y este cantor que desata Está décima sencilla Ha juntado una tropilla Como eligiendo 'e la pata.
Como goteando sonido Va el cencerro en el cogote De la madrina que al trote Puntea en el recorrido Al tranco, -como dormido- La va siguendo un “tobiano” Un “pangare”, un “ rabicano” Un “alazan”, un “tordillo” Un “zaino”, un “doradillo”, un “malacara” y un “ruano”.
Retozando un “colorado” Lindo flete, pa un apuro, Se arrima un “bayo”, un “oscuro” Y un “overito rosado” Un “cebruno” y un “gateao” Siguen sin hacerle caso. Un “rocillo” y un “picaso” Y un “moro” junto a un “bragao”, Van con un “blanco plateao” De aguante y de sobrepaso.
Un “azulejo”, un “tostado”, Un “pico blanco” y un “pampa”: Pingos de muy buena estampa Y al cual mejor diseñao, Siguen a un “bayo encerao” Que endereza pal potrero Y junto un “picaso overo” Redondo, como una bola Relincha formando cola Un peticito aguatero.
Pingos, hijos de mi tierra, guapos, y trabajadores. Son del mundo, los mejores en la paz, como en la guerra, cada uno en su pecho encierra, coraje, como sosiego. Tienen a su dueño apego pa dir a golpe de pata dende los Andes al Plata dende Jujuy a Tierra del Fuego!
No es ésta una canción para el atormentado madero que me acompaña, sino para la secreta guitarra que origina mi canto. Esa que, como el cardo, abre una flor azul y deja que el viento se la lleve en semillas.
I La hallé en el monte enredada por el cipó y las enviras pozo de tiempo, su boca conservaba todavía plumas que fueron de un nido, de alguna cabeza indígena, o de las alas de un canto que amaneció en agonía.
Fue casi al llegar al fondo de alguna senda perdida donde hasta la luz se agacha para cruzar fugitiva, y en lento desovillado la yarará se desliza.
Hoy más que nunca comprendo la tristeza que sentía. Mi raza siempre la tuvo sobre el pecho adormecida, la untó con barro de estrellas, la vistió de lunas finas, le dio púrpuras heroicas, y con seda en las clavijas le imaginaba cabellos para brindarle caricias.
Cuando la encontré esa tarde, como olvidada o perdida, la poblaba un gran silencio de pájaros con llovizna. (Es que el monte reposaba tras la última crecida, memorioso de naufragios, y sus vapores prendían, de las ramas muertas, formas deshilachadas y efímeras. No quedaba un solo nido, ni un solo piar se oía). Me corrió un frío de muerte por la sangre más antigua.
Con varios filos de lunas le fui cortando las fibras que apretaban entre sombras su largo cuello de niña, y le hallé un clavel del aire florecido en las clavijas.
Me la traje sol afuera.
Sobre un rezo de cuchilla donde crecen las auroras de mi pago, donde inicia su portada el arco iris cuando escampan las lloviznas, le escuché medroso el pecho, la abrigué con mis caricias, y el buen sol de aquél ocaso con su roja frase tibia la bañaba en el concepto luminoso de la vida.
II En la rueca de la luna hilé seis angustias mías; con ellas hice una escala luminosa de agua limpia para entrar a mi guitarra como una gruta perdida, y allí estaba el olvidado cielo de la gauchería; telaraña con rocío de estrellas adormecidas cerca de Dios en la noche donde la copla suspira; pago azul recuperado para el tropel de la cifra; para que el alma de España le cante a la raza india por las rejas de la lluvia con pena de vidalita; para que el gaucho no muera; para que nadie me diga que ha muerto hace mucho tiempo crucificado en la risa con un alambre de púas como corona de espinas.
Fuiste el viejo monturero de la estancia "La Victoria", centinela de la historia en "La Loma del Rodeo"; por eso, cuando te veo sin remedio derrotado, siento que se ha terminado con vos parte de mi vida, que arrastraste en tu caída lo mejor de mi pasado.
Aún adivino tu estampa recortando el horizonte en el ojo donde el monte se abre a la luz de la pampa... Ya no veré el sol que estampa besos de oro en tu costado, como cuando, ya cansado, me llegaba hasta tu alero como hasta un altar campero a ofrendarte mi recado.
Eras el templo sagrado guardián de pilchas camperas: riendas, matras, encimeras y cueros amontonados; al fondo, varios recados en el aire galopaban, y al entrar se destacaba, por su criolla distinción, el recado del patrón: mi abuelo, Don Jaime Achával.
Ya es una imagen perdida ver toda la caballada en tu palenque ensillada antes de la recorrida. Ya tu presencia extinguida cubrió el yuyo y la maleza, y me gana la certeza que a tu palenque olvidado quisiera morir atado con un cabresto 'e tristeza.
Lauro era rubio y ágil como el puma. Se lo dieron a mama. Lo crió ella. Los dos usamos una sola cuna. Los dos juimos en ancas a la escuela, nos arrastró a los dos una divisa, nos balaba a los dos una querencia... y el día que el amor nos puso alas, nos chamuscamos en la misma estrella!
Éramos carne y carne, Cruz y Fierro: un poncho, un mate amargo, una estribera... Amigos! esas dos manos que junta pa rezar un bendito, la cumbrera; el ñudo potriador de dos varones que cuanto más lo estiran, más se aprieta!
Pero el diablo no quiere cosas puras y nos enamoramos de una prienda que tenía los ojos pestañudos y dentradores como dos espuelas. Lauro la llamó Rosa, y yo, la Nazarena.
Me la quiso dejar, salió una noche... Se la quise dejar, gané la ausencia... Y no se pudo; peludió la yunta en el tembladeral de su tranquera! Nacidos pa querer a dos orgullos, dentramos a sufrir con dos bicheras y ansí se nos enanca un odio viejo, un odio de venao y de crucera.
No lo pude peliar: mama vivía. Y éramos uno pa esa criolla vieja... Sonréibamos los dos, mascando fuego, ataos, codo con codo, a la prudencia. Por el "puma" y por mí, gruñe el amargo...
Un día se nos arde la pacencia: hay un "venite"! un revoliar de ponchos, un rechinar de filos, una trenza...! Se nos cruza mi madre y con su llanto, nos apagó la brase de las crestas.
Dispués salimos con divisa y lanza; porque pa suerte, reventó la guerra. Vamo a jugar a cara o cruz la vida, en la primer pelea: uno se ha de quedar con los caranchos y otro con Nazarena.
En las noches azules de sereno, Lauro no duerme poro pensar en ella y yo, sobre el recao lleno de abrojos, voy pitando hasta el pucho, la pacencia... Un: Carguen! nos sacó del purgatorio a púa y a clarín, lanza y sotera. Yo deseo su muerte y él mi muerte. Y zambullimos en la polvareda... Volvimos unos pocos esa noche; pero el "puma" está allí, no duerme; piensa, mientras yo en el recao no enriedo el sueño por más que sigo dando güelta y güelta.
Y una tarde, nos sacan en redota, con los pingos charquiaos por las paletas. Vienen cerquita, errándonos trabuco. Apura, nos alcanzan, revolean... y los tres puños de las boleadoras zumban en el carpido de las güeyas.
En eso, rueda un flete: es el del "puma". Cae parao. Pa morir. Ni me doy güelta! Por fin, se va a quedar con los caranchos, y yo, con Nazarena...!
No se pudo! Algo toro, algo que sale del pecho de mi madre o de mi tierra, me hace sentar el flete en los garrones; y hundirlo en la tormenta! Golví pa cáir con él, en Cruz y Fierro, pa salir enancaos en una décima, pa mirar en los ojos a la guacha que rezó por los dos en mi tapera! Y lo saqué nomás!
Callaos y tristes nos vamos acercando a la tranquera de la mujer que Lauro llamó Rosa y yo, la Nazarena. Allí el "puma" me dijo de a caballo, cuasi al cerrar el alma y las espuelas: -Yo sigo con la vida que me diste, vos casate con ella.