martes, 22 de febrero de 2011

Mirando el rancho

(Pintura: Fernando Romero Carranza)
En silencio lo contemplo
a mi rancho bien plantao,
y al meditar me he quedao
como apoyao en su ejemplo.
Sencillito como un templo
lo veo emponchao de humildá,
y en la inmensa soledá
desde el pasao al presente
ha sido un real exponente
de gaucha hospitalidá.

De aquí salí endomingao
en un tiempo de esplendor
luciendo como un primor
mi caballo y mi emprendao.
Luego al volver del poblao
-donde un placer se deshoja-
mi rancho, que ni hoy afloja,
parecía en sombras alzarse
queriendo desperezarse
al ruido de la coscoja.

Parece que a la mañana,
y a veces, a la oración,
saliera la tradición
a bichar por la ventana.
Allí sus trovas desgrana
el melodioso jilguero,
y en las puntas del alero
están como suspendidos
los ecos de unos silbidos
que le ha dejao el pampero.

A veces, se me hace un ruego,
y en otras, que son arrullos
cuando se suelta en murmullos
la pava arrimada al fuego.
Es que mi amor de andariego
allí se manió a una china,
y al calor de la cocina
dió flores mi alma campera
lo mismo que enredadera
trepando en la cinacina.

En su techo de totora
han de estar como dormidas
aquellas horas vividas
al nacer de cada aurora.
Alegrías de otra hora
que el tiempo las desmenuza
poncho gastao, sin pelusa,
con que cubiéndome estoy
como si esto fuera hoy...
y es un recuerdo el que cruza!

lunes, 21 de febrero de 2011

Décimas gauchas


Preludio:

Misturé en estas versadas,
historias de mi cosecha,
pocas más, no sé en qué fecha,
por quién ni dónde inventadas.
Serán mejor ricordadas
puestas, ansí, en verso llano,
y a todas podrá el paisano
cantarlas junto al jogón,
cuando pase el cimarrón,
en rueda, de mano en mano.

Le harán, entre una chupada
y otra que dé a la bombilla,
a ratos una cosquilla
o una alvertencia atinada,
pues quise con mi payada
ofertarle diversión
y, a más, con santa intención,
que espero sabrá apreciar,
darle algo para rumiar
y tocarle el corazón.

Pa hacerlo mejor he empleao,
en lugar de la sestina,
la décima que camina
sola sobre el encordao,
a la que siempre he almirao
por lo sonora y perfeta.
La otra es décima incompleta
que empieza con verso guacho,
porque le han quitao el cacho
de la primera cuarteta.

Y, sin más, voy a empezar
la relación de los casos
con los recursos escasos
que el Señor me quiso dar.
No todos pueden cantar
tan fácil como el jilguero,
porque hay que entonar, primero,
la garganta y el pulmón,
tener seso, corazón
y uñas de güen guitarrero.

La luz


La pucha con los inventos
el criollo más preparado
debe quedar azonzado
al ver cosas que al momento
parece que fueran cuento,
pero bien lo he comprobado,
jamás me hube imaginado
que al dar vuelta un botoncito
diera luz un vidriecito
que había en el techo colgado.

En un viaje realizado
que en cuyo hotel yo paré,
casi una caja gasté
de fósforos pa'encender
un vidrio que al parecer
forma de bolsa tenía
y yo realmente creía
que era fácil de prender.

Sobre una silla parado
para alcanzar donde estaba
los fósforos arrimaba
pero sin un resultado
hasta que por fin cansado
fui a llamar al hotelero
que se me vino ligero
y al oído me gritó:
-"Este botón tuerzalo
y tendrá luz, caballero".

Movió la jeta un poquito
tiró al suelo una patada
y largó una manotada
derecho p'al botoncito
esto hizo como un ruidito
en cuanto él lo hubo tocado,
yo me quedé atolondrado
sin saber lo que tenía
al ver que como de día
la pieza había quedado.

Yo dije entre mí en seguida,
"éste es un invento'e los grinos,
el hombre zonzo y tilingo
no la prenderá en su vida".
La luz estaba prendida
y dispuse de apagarla,
inútil me fui a soplarla
por más que estirara el cuello
quedándome sin resuello
y sin poder dominarla.

Cosa extraña parecía
prenderla con el botón
y lleno de turbación
ese instante me sentía.
Apagarla no sabía
hasta que le hube acertado
recién cuenta me hube dado
y el botoncito agarré
y al dar vuelta noté
que oscuro había quedado.

domingo, 20 de febrero de 2011

Los perros


Salí a recorrer el campo
y los perros que me vieron
enseguida me siguieron,
¿quién los hacía quedar?
y ande empecé a galopiar
por detrás mío salieron.

Y ya sobre el campo abierto
su alegría se desata,
y ande vían una mata,
en el momento oportuno,
iban pasando de a uno
para levantar la pata.

Y ande osaron los peludos
pa'comer una raíz,
hasta la cueva de cuis
la escarbaban y olían
y en todas partes metían
de curiosos la nariz.

Por allá salió una liebre,
y pa'qué, en cuanto la vieron,
por detrás de ella salieron
como potros desbocaos,
y ya toditos cortaos
a correrla se tendieron.

Como a los doscientos metros
se entraron a distanciar;
el cuzco empezó a quedar
por la loma'el diablo atrás
y al poquito andar nomás
la liebre entró a gambetiar.

Les volvió a sacar ventaja
al vandiar el cañadón
después tomó en dirección,
la liebre que las pelaba,
para el cuadro donde estaba
la majada en parición.

Cruzó el alambrao sin vista
y les buscó el cuestarriba,
y por donde quiera que iba
los perros iban dejando
ovejas cáidas balando,
corderos patas pa'arriba.

Cuando le dieron alcance
los tarascones le erraron,
y cuando al fin la rodiaron
se ganó una vizcachera,
y los perros en carrera
casi de largo pasaron.

Meterse adentro a sacarla
el perro grande quería,
pero qué, si no podía
meterse adentro'e la cueva;
y todos hacían la prueba
pero ninguno cabía.

Hasta que al fin llegó el cuzco
y hasta el fondo se metió.
Allá adentro le gruño
y la trajo a los tirones
y afirmao en los garrones
hasta ajuera la sacó.

Se la tuve que quitar,
no sin trabajo primero,
y el más grande y el overo
por matarla se peliaban
porque si la manotiaban
le iban a estropear el cuero.

Como el cuzco de mi cuento
también la liebre he corrido,
y aunque lejos la he tenido
nunca he perdido la fe,
y si aún no la alcancé,
entuavía no se me ha ido.

Rumbo

(Pintura: Alberto Güiraldes)
No hay luz. Una sombra ya
ha borrado el horizonte,
y en la cuchilla y el monte
la noche durmiendo está.
En vano la vista va
buscando extraño fulgor,
que al mirar en derredor,
todo el espacio apagado
parece un mundo enlutado
por implacable dolor.

Morales, el paisanito
de las costas del Tornero,
va en el lomo de su overo
caminando al trotecito.
Lleva el rumbo bien escrito
en su mente y en su tino,
que hasta la "Estancia del Pino",
conclusión de sus jornadas,
hay diez leguas acostadas
a lo largo del camino.

Y entre el monótono ruido
del trote lento y pesado,
y el barullo del recado
que se queja de oprimido
y entre el alegre silbido
y la marcha acompasada
de la coscoja bordada
que se entretiene rodando,
él va la noche escarbando
con golpes de su mirada.

Pisa lomas, cruza el llano,
pasa el arroyo y la sierra,
como arreglando la tierra
con la palma de su mano.
Y es tan seguro baqueano
aquel resuelto jinete,
que, cual si fuere un juguete,
abras, sendas y picadas
parece que están atadas
al cabresto de su flete.

Sigue el viaje, y olvidado
de estudiar el derrotero,
piensa un rato, placentero,
en la prenda de su agrado.
Un pañuelo que le ha dado,
lleva al cuello como seña
de su esperanza risueña
y con febriciente anhelo
besa agitado el pañuelo
como si fuese la dueña.

Corta campo, bien seguro
de no errar una pulgada
y la gramilla aplastada
gime sobre el suelo duro.
No demuestra gran apuro
de dar fin a su excursión
y con la firme intención
de pronto encontrar la Estancia,
mata el tiempo y la distancia
entonando un pericón.

En la larga travesía
recorre todo el pasado:
un recuerdo perfumado,
otro con melancolía;
y siempre atento a su guía,
se ve pintado en su ceño
que lucha con fiel empeño
para dejar derrotadas
las guerrillas avanzadas
del ejército del sueño.
..............................
..............................
Y cuando el sol despertaba
para alumbrar el camino,
en esa "Estancia del Pino"
Morales desensillaba.
Poco después se sentaba
con el mate y la caldera
dejando gruesa bajera
sobre el lomo del overo,
como recurso certero
de sabia higiene campera.

sábado, 19 de febrero de 2011

En viaje

(Dibujo: Luis J. Medrano "Pampa")

En el tren de la Frontera
iban de viaje solitos,
el inglés Guillermo Monis
y el gaucho Mariano Pitos.

Serio el inglés meditaba
sobre un negocio arriesgado,
de ganar viente mil libras
por prestar dos al Estado.

El gaucho se entretenía
en contemplar los paisajes
que asoman, llegan y pasan
en los carrileros viajes.

Y aburrido del silencio
de su mudo compañero,
a las seis horas le djo:
-"Güenas tardes, aparcero".

Con mirada de balazo
se miedieron los dos nenes,
y el inglés, casi entre dientes,
apenas respondió: -"Buenes".

-Usté, que ha de ser nación
-siguió charlando Mariano-
sabrá por qué ese alambrao
lo han hecho tan chabacano.

Con unos postes grandotes
y dos alambres en yunta,
asujetaos en un palo
bien cerquita de la punta.

De siguro que el patrón
de esta estancia tan mentada
quiere que en campos ajenos
engorde su animalada.

O tal vez este estanciero
es pueblero invernador,
y por lerdo y maturrango
lo pitó el alambrador.

- No siñor; eses alambres
están colocades bien,
son les hiles que se llame;
telegrafe de la tren.

- No me embrome, don nación,
¿y pa qué tanto trabajo?
si el tren refala muy lindo
sobre los fierros de abajo.

Y dispara y se asujeta,
y vuelve a salir armao,
sin precisar para nada
los alambres del costao.

-Usté, amigue, no comprende,
el alambre es por hablar
e decir: Ché, preparase,
la tren le voy a largar.

-¡Caray!... ¡a mí no me pita!
si ya me habían contao
que los naciones charlaban
gritando en ese alambrao.

Una vez mandé un peoncito
hasta el fondo de la estancia,
y yo me juí a una cuchilla
a dos leguas de distancia.

Y bien juntito al alambre,
cuasi en los fierros trenzao,
le grité, como diez veces:
Ciriaco, me has escuchao?

Pero el muchacho no oyó
ni palabra ni bufido,
y eso que se había ensartao
un alambre en cada oído.

Conque ansina ve, amigazo,
que su cuento es pura bola;
pensó echarla de coludo,
y yo le corté la cola.

-Dejáte de cecarear,
gauchiti moi compadrón,
orejes re galle vieje,
fache re chive rabón.

-No arrugue que no hay quien planche,
no cuelgue, que no es cencerro,
malacara mal lambido,
tuito afeitao a lo perro.

Y en ese mismo momento
llegaron a una Estación,
donde el inglés muy callado,
bajó con su balijón.

-Adiós, -le dijo Mariano-
no se me vaya enojao;
y si le ocurre algo grave
hable por el alambrao.

viernes, 18 de febrero de 2011

Un boliche de antes

(Fotos en blanco y negro: Ignacio Balmaceda)
(Fotos color: Martín Lucesole)Cerca del paso nivel
de aquella vieja estación,
que tuvo la pretensión
de ser pueblo en un papel,
está el caserón aquel
y, con blancuzco reflejo,
crece el pasto desparejo
en cornisas y ventanas,
como si fueran las canas
de aquel edificio viejo.

Vos fuiste un boliche de antes,
y hoy en tus horas de calma,
por ahí no pasa ni un alma,
reseros y caminantes.
Tus polvorientos estantes,
duemen un sueño profundo,
mientras yo, meditabundo,
pienso que fueron testigos
de mil reuniones de amigos
que ya no andan por el mundo.

Aún mi mente conserva
tu despacho al menudeo,
las barricas de fideos
y los cilindros de yerba,
y aún al evocarte observa
mi memoria en sus visiones,
tus maltratados cajones
con su cuchara violenta,
con harina, con pulenta
o el azúcar en terrones.

Vos llegaste a ser un centro
donde había, a más de las cartas,
dos trenzas que eran dos cuartas
que tiraban para adentro;
produciéndose el encuentro
de carruajes y de pingos,
de paisanos y de gringos
que venían por el camino,
como hacienda pa'l molino,
sobre todo los domingos.

Pero hoy ya no entra el mocito
de alpargatas y de blusa
ni llega en la chata rusa
don Jacobo al trotecito.
No está la "falta" en un grito
del truco de cuatro en cruz,
ni está de noche la luz
a kerosén y apocada,
ni está el órdago "sin nada"
en los finales del mus.

Ya no entra el caballerizo
con su sombrero de trapo,
y ya nadie juega al sapo,
que era de bronce macizo.
Ya no se habla de granizo
de la isoca o de la seca;
y el domador pierna chueca
con su inconfundible facha,
ya no dentra con la guacha
colgando de la muñeca.

La mortadela y el queso
en la fiambrera grandota
ya no está ni la chacota
de aquel muchacho travieso.
No se llena el cartón grueso
con fariña en la balanza,
ya el comedido no alcanza
la bolsa con cascarilla,
ni en el tiempo de la trilla
dentra el pión lleno de granza.

Ya no está más el barril
ni el jarro bajo el espiche,
ni está el olor a boliche,
ni el "despachemé un brasil";
ni el "tome algo", ni el mandil
entre ollas y cacerolas.
Ya no están palas y piolas,
sogas y aperos colgando,
ni el gallego comentando
las romerías españolas.

Ya no entra el poncho de ajuera
arrastrándole los flecos
ni se ve botas y zuecos
con la suela de madera.
La entrada de esa tapera
ya la espuela no la raya,
y cuando el día desmaya,
ya no entra el estibador
pa'reemplazar el sudor
que dejó sobre la playa.

Ya no entra el vasco tambero
luciendo su faja negra,
ni aquel paisanaje alegra
el paso de un guitarrero.
A las bochas y a potrero
ya nadie suele, al jugar,
con el rebenque tirar,
ni está el que sacó ventajas
con el chico entre las pajas
si era maula pa bochar.

Ya nadie pide una grapa,
ni con vino se chorrea
tu piso de pinotea
ni tu mostrador de chapa,
y ya no pide la yapa
el chico que venía en pelo
en su matungo chicuelo
por un mandao de la madre;
y con saludos pa'l padre
se llevaba un caramelo.

Ya ninguno pide un jarro
de café ni lleva grasa
envuelto en papel de estraza
ni aquel pimentón en tarro.
Ya no para más el carro
ni el manejante desata,
ni dentra a gastar su plata
saludando en su ademán,
y dejando de guardián
al perro junto a la chata.

Ya no llegan las mujeres
en sulki, de antemano,
ordeñaban más temprano
y apuraban los quehaceres.
Y adquirían sus alfileres
o alguna otra prenda fina
de intimidá'femenina,
y si había algún curioso
que miraba malicioso
pasaban pa'la cocina.

Y como en aquella vía
ya no pasa el tren de carga,
ya el linyera no se larga
como en un tiempo solía;
y pa'l negocio venía
transportando su maleta,
y aunque trayendo secreta
su condición de idealista,
llegaba el croto anarquista
a pedir yerba y galleta.

Se podía llevar de allí
pa'aquellas carniadas viejas,
desde tripas en madeja
hasta pimienta y ají.
"Hoy no fío, mañana sí",
decía un cartel sin sentido
que siempre era desmentido
por la libreta deshecha,
en la que pa'la derecha
las comas se habían corrido.

Si había remate en la zona,
al rato de terminarse,
no tardaba en asomarse
la bombacha de cambrona
con dureza de carona
y con manchas de corral;
o transponían el umbral,
bajándose del fortacho
el estancieron ricacho
que volvía del "especial".

En esa calle de enfrente
hubo cuadreras famosas,
y en esas tardes hermosas
se juntaba mucha gente.
Y después era frecuente
que se jugase a la taba,
o al monte, si se cuadraba,
como a los dados o al fico,
donde hasta el propio milico
algunas veces copaba.

Cuando se jugaba fuerte
se ponía el clima violento,
y no extrañen si les cuento
que una vez hubo una muerte:
calló un mozo que a la suerte
la ayudaba con sus mañas.
El efecto de unos cañas
se hizo furia en dos cuchillos;
y el que vació los bolsillos
pagó cara sus hazañas.

Aunque esa puerta hoy no se abra,
dejo a las almas que acudan,
y oigo a dos que se saludan
con una mala palabra.
Y como todo se labra
adentro de la cabeza
cuando uno a vivir empieza,
reuerdo la boca oscura
del sótano y su frescura
con cajones de cerveza.

Tu desgastada paré',
tu palenque y tu vereda,
es de lo poco que queda
de aquel pueblo que no fué.
Desde lejos se te vé
boliche viejo, callao,
porque en silencio has quedao
desde que se te cerrara
como a un pantión que guardara
el cadáver de un pasao.