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jueves, 28 de abril de 2011

Pampa y viento


En la Pampa inmensa;
en la Pampa que es campo y cielo.
Arenilla en la boca, en los pliegues del poncho,
en los bollos del sombrero;
arenilla en todo, arenilla hasta
en el ruido que hace el cuchillo
al salir de la vaina.
Y atrás, volando, el viento, borroneador de huellas;
el viento como un gran pájaro afónico
con alas invisibles y buche de nube de tierra.

Mi caballo al galope
va dejando una siembra de pisadas sin cuento;
pisadas para el pico,
pisadas para el buche,

¡Del viento!

miércoles, 27 de abril de 2011

Los potros

(Video de la película "Caballos Salvajes")Son cuatrocientos potros
trotando, trotando, trotando.
Van como una tormenta
hecha de un trueno largo
y de una nube parda;
los cuatrocientos potros -casi todos de pelos oscuros-
van como una tormenta
con relámpagos tordillos, blancos.

Jinetes en caballos ha tiempo arrocinados;
sacudiendo los ponchos de calientes colores,
mal doblados en pliegues y colgantes del brazo,
con silbidos y voces
los troperos los van azuzando.

Así marchan los potros trotando, trotando, trotando
cuando encuentran un río
lo vadean a nado,
y por unos momentos solamente se ven
las cabezas ansiosas a flor de agua boyando.
Al salir a la orilla,
jadeantes y empapados,
agachan las orejas, se sacuden las crines,
relinchan unos cuantos,
y en seguida, otra vez
son cuatrocientos potros trotando, trotando, trotando.

Cuando llegue la noche, cumplida la jornada,
-previendo una posible disparada de potros-
los troperos harán cuatro fuegos bien grandes
que arderán a la vez en las puntas del campo;
luego, mientras vigile quien se quede de ronda,
hombres y animales buscarán el descanso;

¡Y los potros salvajes dormirán sin saber
que su albedrío ha muerto, y que lo están velando!

Puñal

(Fotos: Ra Tor)
Puñal,
eres el arma
que prefieren los hombres que no temen
acercarse al peligro.

Tienes mucho de gaucho;
eres de la familia de la guitarra;
de los anchos sombreros con barbijo;
eres el compañero del mate amargo
y el aliado del poncho.

Mi diestra a cosa alguna
ha acariciado tanto como a ti,
porque tu empuñadura es el objeto
que se amolda mejor a una mano cerrada.

Tu hoja y mi conducta no conocen
otro camino que el camino recto;
nos entendemos y nos completamos,
si yo contigo nunca tuve miedo
tú conmigo tampoco la tuviste.

Puñal,
nos completamos:
tienes mucho de gaucho
como yo tengo mucho de mi abuelo.

Eres un arma hermosa;
si en tu puño de plata hay flores de oro,
tu hoja de acero
en la primavera de nuestra historia
ha dado muchas veces flores de sangre.

Encerrado en la vaina tal como en un estuche
pareces un juguete inofensivo;
pero si te desnudo tu vaina queda hueca
como una puñalada que no cerrará nunca...
Pero si te desnudo pareces una brújula
que tuviera por norte un corazón.

Ahora
estás en decadencia, ya pasó tu apogeo;
tú eres de otro tiempo;
del tiempo de los novios ausentes
y los jopos románticos;
del tiempo en que te usaban los caudillos
hasta con los dedos recién mojados
en agua bendita.
Entonces te salías de la vaina
por cualquier cosa, hasta por una cinta;
entonces la carne te atraía lo mismo que un pecado,
y al matar perdonabas;
eras un poco de arma y un poco de crucifijo.

Puñal,
la conquista te trajo hasta nosotros;
viniste con el León y con la Cruz;
eres un español que se hizo americano
y en la América india -donde todo era grande-
te agrandaste dos pamos llamándote facón.

viernes, 22 de abril de 2011

Milonga para todos

(Pintura: Pablo Uriburu)

Aquí me pongo a cantar
al compás de la guitarra;
no tiene cintas celestes
ni blancas ni coloradas,
no es guitarra con bandera
no es nada más que guitarra.

Tanto me puede escuchar
el criollo como el gringo,
y ninguno de los dos
se ha de sentir ofendido;
los aprecio por igual
y hacia los dos me dirijo.

Yo no necesito cintas
para cantar de adeveras;
me basta embrazar un palo,
un palo hueco y con cuerdas;
en las violas de tal palo
caben todas las banderas.

Y canto y he de cantar
aunque se apaguen las velas,
aunque ninguno me escuche,
aunque me pasen la cuenta,
aunque me niegen un trago,
aunque revienten las cuerdas.

Lo que tengo que decirles
a toditos interesa,
tanto al criollo como al gringo
basta que esté en esta tierra;
por dentro somos iguales
la diferencia espor fuera.

Pero esa diferencia
se ha de borrar a la larga;
el sol y el aire de América
ha de emparejar las caras;
cuanto a las almas hay una,
ni blanca ni negra: humana.

El que nació en este suelo
como el que vino de otro
y aquí vive y le va bien
y sus hijos nacen criollos,
es de aquí como el que más,
como un cardo o como un potro.

La ley acá es para todos;
la ley no mira el color;
para todos el trabajo,
el dulzor o el amargor;
cualquiera sale de pobre
con baquía y con sudor.

Yo soy gaucho y le abro cancha
al que quiera trabajar;
que venga de donde venga
ya dejó de interesar;
al que tenga buenos brazos
la puerta de par en par.

Pero un momento, paisanos,
eso sí, tengan en cuenta
que aquí tenemos relojes
para relojear conciencias;
traigan la bolsa vacía
pero tráigannos decencia.

Y ya está dicho, aparceros,
-que a todos doy este nombre-
sepan llevarlo con honra
y que nunca se les borre;
este es el canto de un gaucho,
este es el canto de un hombre.

El mate amargo


No sé qué tiene de rudo;
no sé qué tiene de áspero,
no sé qué tiene de macho,
el mate amargo.

El sirve para todo:
para lo bueno, para lo malo;
él lava los dolores del pecho a cada trago;
es el cúralo todo en la casa del gaucho;
alegra la alegría y destiñe la pena,
el mate amargo.

Él es contemporáneo de la bota de potro,
y de las nazarenas, y de la guitarra;
pero de la guitarra que usa cintas
-como las chinas-
cintas celestes o coloradas.

En el campo
no hay boca masculina que rehuse besarlo,
ni manos callosas que no le hagan un hueco
¡al mate amargo!

¡Cómo me siento suyo; cómo lo siento mío,
al mate amargo!
Yo lo llevo disuelto en la sangre
como un jugo americano.

No sé qué tiene de símbolo
el mate amargo;
por el pico plateado de la bombilla
canta de madrugada como un pájaro guacho.

sábado, 8 de enero de 2011

El poncho

(Pintura: Jorge Campos)
¡Pobre mi poncho viejo, ya lo estaba olvidando!
Para que se oreara lo he dejado
extendido en el cerco;
y luego de una noche a la intemperie
amaneció cubierto de rocío,
húmedo de alborada,
húmedo y estirado
como si el viento se lo hubiera puesto.

¡Pobre mi poncho viejo, vas perdiendo el color!
También, no es para menos
con las lluvias y las tormentas
que te han lavado,
con los soles y los veranos
que te han secado;
y aún te quedan abrojos prendidos en los flecos:
abrojos amarillos
que parecen semillas de recuerdo.

En el baúl causabas
impredión de abandono, pero ahora
que te ha dado la noche, y el cielo, y el sol,
eres casi el de antes, todavía conservas
sabor a crin de potro, y a campo, y a fogón.

Pero entonces tenías algo de heroico:
el invierno y el viento te ponían romántico;
con tus listas marrones y con tus listas claras
flameabas en mi cuerpo como una bandera
de la que yo era el asta;
entonces
eras una bandera y eras un aletazo.

¡Cómo estamos de unidos uno al otro!...
Hasta el mal cuarto de hora que los hombres tenemos
me lo recuerdas con las dos quemaduras
que te hizo aquella bala,
esas dos quemaduras que son como dos manchas.

Aún estás saturado de otro tiempo;
del tiempo en que mi vida se agitaba
debajo de tu gran cuadrilongo,
y las puntas de mi golilla
se abrían en el aire, enlazándome el cuello
como si fueran dos bracitos blancos.

Poncho: cuando te extiendo no cabes en el cuarto;
te pasa lo mismo que a mí me pasaba;
cuando vine del campo no cabía en el pueblo.
Poncho
que después de una noche a la intemperie
amanece cubierto de rocío,
húmedo de alborada,
húmedo y estirado
como si el viento se lo hubiera puesto.

Gaucho

(Pintura: Francisco Madero Marenco)
Gaucho:
Naciste en la juntura de dos razas
como en el tajo de dos piedras
nacen los talas.

Con un poco de tierra y otro poco de cielo,
amasaste el adobe para construir tu rancho
-mismo como el hornero-.
Por eso yo te veo ascendencia de pájaro.

Eras,
una mitad liada abajo y otra mitad hacia arriba;
una mitad de tierra y otra mitad de cielo;
un mitad de carne y otra mitad de alas;
carne tu forma física;
alón tu forma lírica;
y si eso no bastara para llamarte alado:
alas en tu caballo,
alas en tu sombrero,
alas todo tu poncho.
alas, a media espalda flameando en tu pañuelo;
y alas también llevabas fijas en los talones:
las agudas rodajas de tus espuelas.

Gaucho:
naciste en la juntura de dos razas
como nacen los talas
en el tajo de dos piedras.

lunes, 10 de mayo de 2010

Milonga del hijo'e naide


Aquí me pongo a cantar
bajo la noche serena
mi desgracia que no es poca,
voy embretando mi pena
entre un verso y una copa.

Poco tiene que contar
mi vida que se deshoja
igual que el árbol o el yuyo,
una vida sin baruyo
como freno sin coscoja.

Poco ruido hacen mis males,
pero declaro que hay uno
que resueya por la herida,
no se cura con bebida
ni con remedio ninguno.

Sé que me nombran "el guacho"
porque soy un hijo'e naide,
y yo pregunto, caracho,
¿de qué clavel, entre tantos,
es hijo un clavel del aire?

jueves, 15 de octubre de 2009

Alma en pena



Con el sombrero gacho puesto sobre los ojos,
por el campo, en la noche, sin saber hacia donde
voy andando, andando,
detrás de la estrellita roja de mi cigarro.

He pasado tres veces por el mismo sendero,
y tres veces me he herido en las mismas espinas,
andando, andando,
detrás de la estrellita roja de mi cigarro.

Mañana los vecinos dirán y con razón,
-prendiéndole a la Virgen un cabito de vela-
anoche por el campo anduvo una luz mala;
anoche por el campo anduvo un alma en pena!

Romance de los dos cuchillos


I
En un barco, desde Europa,
varios cuchillos vinieron
procedentes de una fábrica
renombrada por su acero,
y en la lujosa vidriera
de una casa de comercio
fueron mostrados con arte
junto con otros objetos.
Pasó un señor bien trajeado,
se detuvo un punto al verlos;
entrando, compróse uno
de los cuchillos del cuento,
y al capataz de su estancia
lo envió en el primer correo.

El otro también fue al campo
llevado por un pulpero,
y estando para su venta
en la pulpería expuesto,
fue a parar por unos pesos
a la cintura de un criollo
de ancha barba y pelo suelto.
Y ahora que ya tenemos
a los cuchillos con dueño,
vamos a ver cómo fue
que un día se conocieron.

II
Como formando una equis
se cruzaron los aceros,
y luego de unos segundos
esa letra deshicieron
para seguir, en su esgrima,
dibujando el alfabeto;
esgrima que el hombre hacía
entonces, desde pequeño,
y venía a constituir
uno de sus parcos juegos.

La esquina o la pulpería
con techos de paja o cielo
fueron las típicas canchas
para esta clase de duelos,
a los que "vistear" llamaban,
o "barajar", lo recuerdo,
cuando era para entrenarse
o para matar el tiempo.
Y como todas las cosas
de aquellos bárbaros medios,
lo que empezaba jugando
a veces concluía en serio,
ya que solía ser con sangre
el mencionado visteo,
y a la vista de la sangre
el instinto rompe el freno.
Así peleaban los hombres
esenciales de otro tiempo,
acero venciendo al fierro,
coraje venciendo al miedo.

Tras los labios apretados
se asfixiaban los denuestos,
con más filo y con más punta
aún que los mismos aceros.
En esgrima cimarrona
el poncho en el brazo envuelto
paraba las puñaladas
haciendo de escudo el pecho.
Abajo, dos paralelas
formaban los pies derechos
a una prudente distancia
asentados sobre el suelo,
"haciendo la pata ancha",
como dice el refranero,
que es un decir muy jugoso
y tiene sabor a pueblo.

Las vainas en las cinturas,
cual puñaladas de cuero,
aguaitaban sin premura
el retorno de sus dueños,
que a veces volvían con sangre
como trágico recuerdo,
y a veces nunca volvían,
que el viaje había sido eterno.

III
Pasó el tiempo, y los cuchillos
fueron a dar al museo,
sin saber una palabra
del destino de sus dueños.
El asombro de los tales
iba en continuo aumento
al observar cuánta gente
se paraba para verlos,
hasta que un día ¡por fin!
descifraron el secreto.

Lo que soñaron en vida,
o desearon ser, sus dueños,
los cuchillos en mensaje
misterioso recibieron
(permítanme esta mentira
por ser bella y ser en verso)
y así, escuchando la voz
que les venía desde lejos,
uno dijo con orgullo
respondiendo el compañero:
-"Yo fui de un tal Juan Moreira"
-"Y yo de un tal Martín Fierro".

Leyenda de la flor de ceibo


Me lo dijo un indio viejo y medio brujo
que se santiguaba y adoraba al sol:
los ceibos del tiempo en que yo era niño
no lucían flores rojas como hoy.

Pero una mañana sucedió un milagro,
-es algo tan bello que cuesta creer-
con la aurora vimos al ceibal de grana,
cual si por dos lados fuera a amanecer;

Y era que la moza más linda del pago,
esperando al novio, toda la velada,
por entretenerse se había pasado
la hoja de un ceibo por entre los labios.

Entonces los ceibos, como por encanto,
se fueron tiñendo de rojo color...

Tal lo que me dijo aquél indio viejo
que se santiguaba y adoraba al sol.

Romance de la tardecita


La tardecita se esconde
bajo el ala de los pájaros;
del sol sólo queda una
resonancia en colorado.
Se apagan las enramadas
tendidas en cuatro palos;
se iluminan las guitarras
con la llama de los cantos,
y en los lustrosos palenques
una fila de caballos
está mascando la plata
de una luna de verano.

Tema de romance


En el camino hay un rancho;
en el rancho, una ventana
por donde se asoma el día
de una lucesita blanca.

Dentro el rancho una pareja;
afuera un caballo negro;
el caballo atado a un árbol
por dos vueltas de cabestro,
y la moza con el mozo
abrochados en un beso.

La medianoche amanece
en el pico de los gallos;
silba en lo oscuro un chingolo
romántico,
de esos que entrada la noche
prenden la chispa de un canto.

Siguen pasando las horas,
y el alba grande del día
apaga el alba del rancho.

Romance al gaucho



Yo soy el gaucho, señores,
pa lo que gusten mandar;
carne color cardo seco
con alma de ñandubay.
Ojos negros o castaños
según mi raza -velay-:
negros, si me "tapa" el indio;
castaños, caso 'e faltar,
y si me sobra algún godo
allá por el despuntar
del árbol de mi progenie
jugoso de hispanidad,
puede que asome a mis "vistas"
un cacho de cielo, o mar.

Hablo fuerte por costumbre
de vivir en soledad;
hablo fuerte, pero, claro,
como el pampero, ¡caray!
a veces con un seseo
hijo del viento nomás;
siempre con la voz fresquita
a punta de madrugar,
y con esa altanería
propia de la libertad.

En paz me llamo: trabajo;
china, guitarra, cantar;
gusto de cruzar -jinete-
campos, porque sí nomás;
placer de enlazar un toro,
o de algún ñandú bolear;
gusto de amansar un potro
y echarle encima un platal,
mas después de todo eso,
de andar y de más andar,
gusto de entrar en la argolla
de dos brazos y ahí quedar.

En guerra me llamo chuza,
coraje, temeridad,
horror, sorpresa, atropello,
y una mezcla por igual
de algo de misericordia
con otro algo de crueldad;
y soy lo que no se espera,
lo que no estaba y está,
el mal que se llama bien,
el bien que se llama mal.

A veces me llamo clines
negras hasta el azular,
y otras veces pelo rubio
o barba 'e choclo candial;
y a veces me llamo mota,
la de imposible peinar;
y quien se olvide del negro
en esta oportunidad
se olvida de la lindura
que es en el cuerpo un lunar...

(Primera parte)

miércoles, 19 de agosto de 2009

El buey



Es pesado; es tardío; y hasta cuando está suelto
parece que llevara algo de arrastro.
Camina torpemente,
como si siempre fuera uncido a la carreta;
como si le estorbara
el pedazo de sexo que le falta.

Camina torpemente pero jamás tropieza,
y entre sus cuernos en forma de cuna
parece que al andar acunara al Progreso.

Su pelo, negro o blanco, es opaco y es sucio;
en cualquier estación tiene pelo de invierno.

Su vida está partida en dos mitades,
como de arriba abajo:
de ternero a buey;
por eso
sin haber sido padre tiene mucho de abuelo.

De mañana, de tarde, se aburre a toda hora;
pero cuando se aburre más que siempre
en ausencia del hijo que nunca tuvo
se acaricia a si mismo con dos palmos de lengua.

Es tan inofensivo como su sombra
y a su sombra buena
procrean las palomas y los pájaros mansos
como riéndose de él.

Es bueno, más que bueno;
no tiene ni un pecado y sin embargo
se castiga los lomos con la cola
como con un cilicio.

El arado es su perro y es el yugo su cruz.
La claridad del día lo sorprende en el campo,
soplando humo de aliento a lo largo del surco.
Es tan madrugador, que todas las mañanas
por entre sus cuernos se levanta el sol.

El rancho




Retobado de barro y paja brava;
insociable, huyendo del camino.
No se eleva, se agacha sobre la loma
como un pájaro grande con las alas caídas.

Gozando de estar solo,
y atado a la tranquera a ras de tierra
por el tiento torcido de un sendero,
se defiende del viento con el filo del techo.
Su amigo es el chingolo;
su centinela gaucho el terutero.

Por la boca pequeña de una ventana
apura el mediodía en un solo bostezo:
de mañana despierta con el canto de un gallo
y de noche se duerme con el llanto de un niño

Es creyente a la vez que fatalista:
a supersticioso nadie lo iguala:
se persigna al chistido de la lechuza
o se tapa los ojos por no ver la "luz mala".
Y se encorva de miedo cuando aúllan los perros
-con las cerdas del lomo despeinadas-
porque pasa la Muerte, chúcara e invisible,
montada en pelo
en la yegua sin freno de la leyenda.

Es torvo como el gaucho hasta en su mansedumbre;
como aspira tan poco, nunca sale de pobre;
y guarda con orgullo, como único tesoro,
-expuestas en un marco con alardes artísticos-
la estampa de un caudillo
y una divisa bordada en oro.

Ni altivo, ni bizarro; humilde, nada más;
ignorante a la gracia y al donaire,
adornan su mal gesto curtido de intemperie
un nido de hornero y un clavel del aire.

Es viejo ya, sus quinchas han visto tres patriadas;
agringarse los criollos, acriollarse los gringos;
si no le salen canas le nacen cicatrices,
y aceptando el destino de concluir en tapera,
mira pasar los años y crecer los "gurises",
echado boca abajo y con el lomo al sol.

En los atardeceres en que se pone triste
revisa sus recuerdos de un vistazo hacia adentro,
y encuentra cuatro fechas que lo hicieron vibrar;
cuatro fechas que son
los puntos cardinales de su emoción:
Una boda, un velorio, un nacimiento
y una revolución.

Cuando se quede solo, sin poder contra el viento,
y caiga de rodillas, será tan poca cosa,
su historia tan vulgar: un placer, una cuita,
que cabrá en las seis cuerdas de una guitarra
y en los seis suspiros de una vidalita.

martes, 8 de julio de 2008

Canción del árbol del olvido.




En mis pagos hay un árbol
que "del olvido" le llaman
donde van a despenarse,
los moribundos del alma.

Para no pensar en vos,
bajo el árbol del olvido,
me acosté una nochecita,
y me quedé bien dormido.

Al despertar de aquel sueño
pensaba en vos otra vez,
pues me olvidé de olvidarte,
en cuantito me acosté.

En blanco y negro


Tuve tropilla de un pelo
yo también como el mejor;
tropilla de pelo oscuro,
lo "mismito" como el dolor.
Oscuro como mis penas,
oscura como mi suerte;
en el pago la llamaban
"la tropilla de la Muerte".

Cuatro pingos todos negros,
justo como pa' un entierro;
cuatro pingos todos negros,
como pa' cinchar un muerto.
Mas todos en su negrura
tenían su pinta blanca,
como una estrella en la noche,
como el lucero en el alba.

Uno tenía "el pico blanco",
otro las manos "vendadas",
otro, una "estrella" en la frente
como manchao de esperanza,
otro, con un lunarejo
mesmo en el medio del anca,
como llevando pa' siempre
enancada una "luz mala".

Vos china, sos negra de alma,
negra como mis caballos;
bien oscurita por dentro
y con el cuerpo bien blanco...
Blanco tu cuerpo y oscura
como mis pingos, tu alma,
parecés de mi tropilla,
¡perdoná la "comparancia"!.